“El Santo” (Crecimiento Cristiano 3 de 6)

reachingoutLectura Bíblica: Romanos 5:1.

INTRODUCCIÓN:

¿No nos hemos referido a veces a alguien, normalmente en tono irónico, llamándole “el santo”? A veces lo he hecho, y no estoy orgulloso de ello. Pero, quisiera reflexionar hoy con vosotros sobre este tópico. ¿Qué es para nosotros un santo? ¿Una imagen en una ermita? ¿Alguien que tiene unos aires casi exagerados de “espiritualidad”? ¿Podemos realmente llegar a ser santos? Si es así, ¿cómo se puede lograr? ¿Qué es ser santo? ¿Qué se necesita para ser santo? A esta última pregunta seguro que me contestáis: Hace falta la “santificación”. Y yo contesto con la misma pregunta, ¿y qué es la santificación? A preguntas que quizás no podríamos dar una respuesta exacta, respondemos con términos cuyo significado tampoco podríamos definir exactamente.

La Santificación.

La santificación viene del griego hágios, significa “Santo”, “separado por y para Dios”, “moralmente puro”. Santificación en griego es hagiasmós, y es “el proceso de hacer santa dedicación”, “santificación” en los siguientes sentidos: 1) La operación o acto en el que el Espíritu Santo hace Santo a alguien, o en la que el Espíritu de Dios hace que alguien pertenezca completamente a Dios (separado para Dios). También puede ser el comportamiento moral de una persona que demuestra o expresa la dedicación a Dios. En otras palabras, una forma pura de vivir, comportamiento justo, vida santa. El término hebreo para Santificación es qadóö, que significa “santificar”, “consagrar”, “lavar (las manos y los pies)”, “dedicar” en el sentido de “apartar para alguien”, en este caso, dedicar o apartar para Dios.
De todo esto, teniendo ahora una panorámica más completa del significado de Santificación podemos decir que es: “Apartar o dedicar una persona a Dios (por obra del Espíritu Santo), llevando a partir de ese momento una conducta moral cuyos frutos son los propios de un hijo de Dios”. Pero esto no es sólo un hecho, también es un proceso, porque el creyente va descubriendo nuevos aspectos de su vida que tiene que ir cambiando con la ayuda de Dios. Si Dios nos mostrase todo lo malo que hay en nuestra vida de una sola vez, nos hundiríamos y no seríamos capaces de soportar nuestra propia maldad. Por eso Dios nos va mostrando aspectos negativos de nuestra vida de forma progresiva. El perdón por los pecados pasados nos lo concede de una vez, y la santificación, la vida nueva va a mejor. Así lo dice el Sabio en Proverbios 4:18 “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto”. Pablo insiste en esta idea en 2 Corintios 3:18 “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. La senda de los justos va en aumento hasta que es “perfecta”, en ese proceso “somos transformados de gloria en gloria”, eso es la santificación.
La justificación y la santificación son, por lo tanto, distintas pero no independientes. Designan dos aspectos diferentes de la salvación. La justificación es lo que Dios hace por nosotros, y la santificación es lo que Dios hace en nosotros. Ni la justificación ni la santificación son el resultado de obras meritorias. Ninguno puede hacer nada por sí mismo para ganar la salvación, y del mismo modo, ninguno puede hacer nada por sí mismo (de forma perenne) para cambiar su vida o su comportamiento, a no ser que Dios produzca el cambio en esa persona. Ambas cosas se deben a la gracia y la justicia de Cristo. Hay quien dijo que la justificación es un billete que se nos regala para ir al cielo, y que la santificación es una transformación para que encajemos en el cielo.
La santificación, a su vez tiene tres fases también. ¿Cuáles son esas tres fases? Pues 1) un acto cumplido en el pasado del creyente; 2) un proceso en la experiencia presente del creyente; 3) el resultado final que el creyente experimentará cuando Cristo vuelva.
Vayamos por partes. Con referencia al pasado del pecador, cuando el creyente es justificado, es decir, se le perdonan los pecados pasados, el creyente también es santificado en el pasado. Así nos lo dice Pablo en 1 Corintios 6:11 “y esto erais algunos de vosotros, pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios”. Como hemos dicho antes, además de perdonados, se nos considera un pasado “santo”, porque la vida y los méritos de Cristo nos son acreditados. En este punto, el nuevo creyente es redimido, y pasa a pertenecer completamente a Dios.
¿Cuáles son los resultados de esto? Como resultado del llamado de Dios a ser santos (Romanos 1:7), los creyentes son llamados “santos”, por cuanto ahora estamos en Cristo. Así lo dice Pablo en Filipenses 1:1 “Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos”. Somos santos en Cristo. Fuera de él volvemos a ser nada. No logramos por nosotros mismos un estado de impecabilidad. La salvación es también una experiencia presente, afecta mi conducta de ahora, de ya. Dios nos aparta para un propósito santo. Como leímos anteriormente, somos transformados de gloria en gloria. O como dice Pablo en su epístola a Tito 3:5 “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo”. Dios nos regenera, a través de su Espíritu nos renueva para ir cambiando en el presente, y por supuesto, en el futuro se verán los resultados de este cambio en nuestra vida. Finalmente, cuando Cristo regrese a este mundo para buscarnos, sucederá algo interesante que Pablo describe en 1 Corintios 15:50–53 “Pero esto digo, hermanos: Que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. Os digo un misterio: No todos moriremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta, porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles y nosotros seremos transformados, pues es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción y que esto mortal se vista de inmortalidad”. Es entonces cuando finalmente, el pecado será completamente desechado de nuestro ser, de nuestra propia naturaleza. La santificación alcanza aquí un clímax. Es el resultado final, la erradicación completa del pecado y sus consecuencias en nosotros.

La adopción en la familia de Dios.

Al mismo tiempo, los creyentes reciben el “Espíritu de adopción”. Dios los ha adoptado como sus hijos, lo cual significa que los creyentes son hijos e hijas del Rey celestial. Nos ha transformado en “herederos de Dios y coherederos con Cristo”, como dice Romanos 8:15–17. Eso es un privilegio, ser realmente hijo del Dios Altísimo. Y no nos damos cuenta de quiénes somos realmente, ni nos damos cuenta de que eso debería afectar nuestro comportamiento y ser consecuentes con esa realidad. Debemos portarnos como lo que somos, hijos del Rey de reyes, del Dios del universo.

La Seguridad de la Salvación.

¿Podemos estar seguros de nuestra salvación? La justificación trae consigo la seguridad de que el creyente ha sido perdonado y aceptado por Dios. La relación con Dios ha sido restaurada en el momento. No importa cuán pecaminosos hayamos sido en nuestra vida pasada, Dios perdona todos nuestros pecados y ya no estamos bajo la condenación y maldición de la ley. La ley ya no nos acusa, no porque haya sido abolida, sino porque nuestros delitos han desaparecido por el perdón de Dios. La redención se ha convertido en una realidad. Como dice Pablo en Efesios 1:6, 7 “En el Amado… tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”.

El comienzo de una vida nueva y victoriosa.

Si hay un cambio en nuestra vida, eso quiere decir que comenzamos una vida nueva ¿no? El darnos cuenta de que la sangre del Salvador cubre nuestro pasado pecaminoso, trae salud al cuerpo, el alma y la mente. Podemos entonces abandonar nuestros sentimientos de culpabilidad porque en Cristo todo es perdonado. Ya vimos en otra ocasión que es necesario el sentimiento de culpa, para el arrepentimiento y la búsqueda del perdón. Pero preservarlo más allá del perdón no es sano ni necesario. Una vez perdonados en Cristo, todo llega a ser nuevo. Al impartirnos diariamente su gracia, Cristo comienza a transformarnos a la imagen de Dios, como vimos en el tema anterior. A medida que crece nuestra fe en Él, también progresa nuestra sanación y transformación, y recibimos de Cristo victorias crecientes sobre los poderes de las tinieblas. Cada vez resistimos más y mejor las tentaciones de Satanás y sus ángeles. Juan 16:33 recoge estas palabras de Jesús: “Yo he vencido al mundo”. El hecho de que Jesús venciese, quiere decir, que nos puede ayudar a que nosotros también venzamos al mundo, la tentación y todo aquello que antes nos arrastraba por donde no era bueno.

El don de la vida eterna.

Esta nueva relación con Cristo nos trae consigo el don de la vida eterna. Juan afirmó, en 1 Juan 5:12 “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida”. Ya se ha solucionado el problema que implicaba nuestro pasado pecaminoso. Por medio del Espíritu de Dios que trabaja en nosotros, ahora podemos gozar de las bendiciones de la salvación.

Resumen.

Hemos tratado de estudiar la santificación, y la hemos definido como “apartar o dedicar una persona a Dios (por obra del Espíritu Santo), llevando a partir de ese momento una conducta moral cuyos frutos son los propios de un hijo de Dios”. Esto es un proceso en el que vamos siendo transformados por obra del Espíritu Santo. La justificación es lo que Dios hace por nosotros, y la santificación es lo que Dios hace en nosotros. Nosotros no hacemos ningún mérito para ello, es simplemente la obra de Dios en nosotros, eso sí, si le damos permiso para ello.
También hemos visto que con la justificación y la santificación se recibe el Espíritu de adopción, lo que nos convierte en Hijos del Dios de los cielos, esto debería hacernos pensar en quiénes somos y cómo vivimos y nos comportamos.
Al cambiar nuestra vida, significa que comenzamos una vida nueva, tenemos un nuevo nacimiento. Debemos, entonces, empezar a prescindir del sentimiento de culpabilidad. Debemos empezar a disfrutar de lo que esperamos, el don de la vida eterna. 
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“Reclamando justicia” (Crecimiento Cristiano 2 de 6)


reachingoutLectura Bíblica: Romanos 5:1.

INTRODUCCIÓN:

Cuando nos equivocamos, deseamos emprender el camino de regreso, eso es arrepentimiento. Pero no basta sólo con decir “lo siento”. Muchas veces se hace demasiado fácil decir “lo siento”, incluso nos sabe a poco en ocasiones. Pero una cosa es cierta, el mal ya ha sido hecho, hemos herido a los que nos rodean, y más importante, hemos infringido una ley. ¿Basta al ladrón con decir “lo siento”? ¿Basta al asesino con decir “lo siento”? ¿Qué se espera que se haga? Las víctimas del agravio reclaman justicia, aunque en términos humanos más bien entendemos justicia como “venganza”.
Pero cuando hablamos del Tribunal Supremo del Universo, del Juez supremo, con la Constitución del Universo en diez artículos, ¿también se puede reclamar justicia? Acaso el propio delincuente, después de pedir perdón y decir “lo siento”, ¿también puede pedir justicia aún teniendo la culpa?

La justificación.

Una vez arrepentidos, ¿cómo somos justificados? Vamos a Abrir la Palabra de Dios donde seguro encontramos respuesta a todo esto. Según 2 Corintios 5:21, en su infinito amor y misericordia, “al que no conoció pecado [Cristo], por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Si confiamos en Jesús, es decir, si tenemos fe en Jesús, el corazón se nos llena de su Espíritu. Por medio de esa misma fe, que es un don de Dios, los pecadores arrepentidos recibimos la justificación. Lo dice en Romanos 3:28 “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley”. Dios ha dejado dicho que nos perdona y nos declara justos. ¿Confías en que Dios cumple su promesa? Esa es toda condición. Confiar, o lo que es lo mismo, tener fe.
El término “justificación” es una traducción del griego “dikaioma”, que significa “requisito recto, o “acta”, “reglamentación”, “sentencia judicial”, “acto de justicia” (hacer justicia). También es la traducción de otro término griego, “dikaiosis” significa “justificación”, “vindicación”, “absolución”. Hay un verbo griego relacionado, “dikaioô”, que significa “ser declarado recto o justo, y tratado como tal”, “ser absuelto”, “ser justificado”, “recibir la libertad” o “ser hecho puro”, “justificar”, “vindicar”, “hacer justicia”. Todo esto nos da una imagen más amplia de lo que realmente implica “justificación”. Así que podemos decir que “justificación” es el acto divino, por el cual Dios declara justo a un pecador que se arrepiente sinceramente, lo considera justo y lo trata como tal. La justificación es lo opuesto a la condenación.
¿Cuál es la base de esta justificación? Obviamente no está en nosotros, que somos culpables y condenados por el pecado. Nosotros no hemos sido obedientes para que se nos considere “justos”. La verdadera base de toda justificación está en la obediencia de Cristo. Su justicia nos es acreditada. Todo lo que hizo Cristo, nos es regalado o “imputado”, y Dios nos tiene en cuenta como si nosotros hubiésemos vivido la vida de Cristo, y nos trata como tales. Su muerte nos limpia el pecado, pero su vida, nos es acreditada, sustituyendo el vacío que queda tras borrar nuestros pecados. Pablo dice en Romanos 5:18, 19 “Así que, como por la trasgresión de uno, vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera, por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación que produce vida. Así como por la desobediencia de un hombre, muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, muchos serán constituidos justos”.
El Salvador concede esa obediencia a los creyentes que son “justificados gratuitamente por su gracia” (Romanos 3:24). Esto afecta nuestro pasado, es como si siempre hubiésemos obedecido a Dios. Pero también afecta nuestro presente, y nuestro futuro. Mientras estemos en contacto con el cielo, obedeceremos ahora y en adelante la perfecta ley de Dios.

El papel de la fe y las obras.

Si Dios nos regala esa vida de obediencia, sustituyendo nuestro pasado, y si la salvación es un don de Dios. ¿Por qué decimos que hay que guardar la ley de Dios? Muchos creen erróneamente que su papel delante de Dios depende de sus buenas o malas obras. Pablo, tratando este tema concreto, declaró algo interesante en Filipenses 3:8 y 9 “Estimo todas las cosas como pérdida… para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia… sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”. Pablo también recordó el ejemplo de Abraham en Romanos 4:3 donde dice: “Abraham, creyó… a Dios, y le fue contado por justicia”. Abraham fue justificado antes de la circuncisión, y no porque se circuncidase. La circuncisión era una señal externa que venía a ser símbolo precisamente de la justificación por fe en Dios.
¿Qué clase de fe tenía Abraham? Las Escrituras revelan que “por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció” a Dios, dejando su tierra natal, y viajando “sin saber a dónde iba” (Hebreos 11:8–10). Esto es confiar en Dios. Esta confianza o fe viva en Dios se demostró precisamente con su obediencia. Si confió en Dios, lógicamente, le obedeció en aquello que le pidiese. La fe es algo vivo, dinámico. La confianza se demuestra, la fe en Dios también.
El apóstol Santiago entra en esta línea de pensamiento sobre la fe. Nos amonesta acerca de una mala comprensión de la fe genuina, y por lo tanto, de una mala comprensión de la justificación por la fe. El apóstol dice claramente en Santiago 2:17 – 26 “Así también, la fe, si no tiene obras, está completamente muerta. (Es decir, si digo que confío en Dios, pero mis actos revelan lo contrario, mi fe está muerta). Pero alguno dirá (continúa diciendo) Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras y yo te mostraré mi fe por mis obras. (Es decir, hay quien dice que sólo hay que creer, y es cierto, pero el creer lleva a confiar en Dios, y esta confianza tiene que movernos a hacer cosas, no para ganarnos nada, sino porque realmente confío en Dios. [Ejemplo funambulista en Niagra]). Tú crees que Dios es uno, bien haces. También los demonios creen y tiemblan. (Lo cual demuestra que “creer” sin más, sin que nos lleve a la acción, no sirve de nada, como si alguien viniese anunciando que viene una avalancha de agua por el valle. Está bien, lo creemos. Si realmente lo creemos, empezaremos a correr. Eso es demostrar la fe con las obras. Si digo que le creo, pero me quedo donde estoy, creer en lo que me anuncian no sirve de nada, es una fe muerta, yo estaré muerto en minutos cuando llegue la avalancha). ¿Pero quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras está muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras y que la fe se perfeccionó (completó o demostró) por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe. Asimismo, Rahab la ramera, ¿no fue acaso justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, también la fe sin obras está muerta”.
Pablo y Santiago no se contradicen. Están plenamente de acuerdo en lo que es la justificación por la fe. Pero Santiago puntualiza que la justificación por la fe, tiene que basarse en algo. ¿Cómo saber quién tiene verdadera fe, como para ser justificado? Aquél que demuestra su fe o confianza en Dios con hechos. Los hechos en sí no tienen valor alguno, pero demuestran que hay una verdadera fe, y entonces sí que hay justificación.
Un texto muy mencionado es Gálatas 5:6, y a la vez es mal entendido. Vamos a leerlo “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni la incircuncisión”. Hasta aquí queda claro lo que Pablo dice, pero el quid viene en la siguiente frase, lo que realmente vale: “sino la fe que OBRA por el amor”. Ojo, la verdadera fe, OBRA, hace cosas, pero por amor, no para ganarse nada. Este es el equilibrio entre la fe y las obras. Por eso Jesús dijo, en Juan 14:15: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. El apóstol Juan nos dice en 1 Juan 2:3 y 4 “En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, pero no guarda sus mandamientos, el tal es un mentiroso y la verdad no está en él”. Más adelante dice el mismo apóstol, e 1 Juan 3:22–24 “Y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros como nos ha mandado. El que guarda sus mandamientos (plural) permanece en Dios, y Dios en él”. Otro texto de Juan, en 1 Juan 5:2, 3 “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos, pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos”. Otro texto es 2 Juan 1:6 “Y este es el amor; que andemos según sus mandamientos”. Si algún oyente quiere conocer cuáles son los mandamientos, están reflejados en Éxodo 20:3–17, sería bueno repasarlos, esto incluye guardar el sábado del cuarto mandamiento, versículos 8­–11, es el sábado semanal, que no tiene nada que ver con los sábados ceremoniales, que fueron abolidos al morir Jesús en la cruz, aunque de esto hablaremos en otro momento.

La experiencia de la justificación.

Lo principal es experimentar esa justificación. Lógicamente estamos explicando la teoría, hay que comprender bien cómo Dios nos justifica, nos perdona y nos da la vida eterna. Pero la teoría debe llevarnos a la práctica, a poder experimentar esa justificación. Recordemos que la justicia de la vida de Cristo nos es acreditada o “imputada”, como si fuese nuestra. Por lo tanto, estamos a bien con Dios, gracias a que Cristo nos sustituye, tanto en la pena de muerte, como en nuestra justicia. El texto de 2 Corintios 5:21 lo hemos leído varias veces, pero ahora quiero hacer énfasis en la segunda parte del texto. Dice así: “(Dios) al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”. Esto lo hemos leído y explicado varias veces. Pero fijémonos en lo que dice Pablo ahora: “Para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. La clave está en el “para que”. Como pecadores arrepentidos, experimentamos un perdón pleno, completo. Somos justos, aunque no sea nuestra esa justicia, nos es regalada, como si jamás hubiésemos pecado, lo que es lo mismo, como si nunca hubiésemos quebrantado la ley de Dios. ¡Estamos reconciliados con Dios!
El profeta Zacarías tuvo una visión interesante acerca del sumo sacerdote Josué. Esta visión ilustra el hecho de la justificación. Lo podemos encontrar en Zacarías 3. Josué estaba delante del Ángel del Señor, y estaba cubierto de vestiduras sucias. Estos vestidos sucios y raídos simbolizan nuestra vida manchada por el pecado. Debido a esta condición, en la visión aparece Satanás exigiendo la condenación de Josué, debido a su condición de pecador, con sus vestidos sucios. Josué merece ser condenado por su pecado, la evidencia está a la vista en sus ropas. Esa es la labor de Satanás, acusarnos. Pero Dios, en su misericordia divina, reprende a Satanás, diciendo: “¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?” (Zacarías 3:2). Dicho de otro modo: “¿No es éste mi posesión preciosa, que yo he reservado en forma especial?”
De inmediato Dios ordena que se le quiten a Josué las vestiduras sucias, y declara: “Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala” (Zacarías 3:4). Nuestro Dios amante y misericordioso echa a un lado las acusaciones de Satanás y justifica al tembloroso pecador, cubriéndolo con el manto de justicia de Cristo. Las vestiduras sucias de Josué representan la vida de pecado que hemos llevado hasta ahora, con acciones, pecados, que nos manchan, que ensucian nuestra vida. De igual modo, las vestiduras limpias representan la nueva experiencia del creyente en Cristo. En el proceso de la justificación, los pecados que han sido confesados y perdonados se transfieren al puro y santo Hijo de Dios, el Cordero que lleva el pecado en nuestro lugar.

Resumen.

Somos declarados justos, no por mérito alguno en nosotros, sino porque Dios quiere que así sea, si tenemos fe, si confiamos en que él hace efectivo ese perdón. No obstante, esa fe se tiene que hacer evidente en hechos, en acciones . Aunque sea redundar en la idea, debe quedar claro que el creyente arrepentido, si bien carece de toda culpa una vez perdonado, también carece de mérito alguno. Es vestido con la justicia de Cristo, su vida y su justicia le es imputada, al creyente, teniendo así pleno derecho al cielo. Así podríamos resumir la justificación.
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“CRUCE DE CAMINOS” (Crecimiento Cristiano 1 de 6)

reachingoutLectura Bíblica: Hechos 2:37 – 38.

INTRODUCCIÓN:

A menudo se satiriza a los cristianos, en especial a los predicadores dibujándolos como personas excéntricas, visionarias, incluso despeinadas, para terminar de empeorar la imagen.
Cuando nos encontramos con una de estas caricaturas, bien en una película, bien en la televisión, todos aparecen con un grito de guerra en común: “¡Arrepentíos!” ¿Habéis visto alguna vez esto? Esto tiene efectos perniciosos. Primero, la gente se insensibiliza cuando les quieres hablar de religión. En segundo lugar, y peor todavía, por este mal uso de la palabra, nos vemos afectados los cristianos. Se ha perdido el sentido de la palabra “arrepentimiento”. Ya no sabemos bien qué es arrepentirse. ¿Qué era lo que predicaba Juan el Bautista? ¿Qué era lo que predicaba Jesús?

El Arrepentimiento.

Poco antes de la crucifixión, Jesús prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, el cual revelaría al Salvador al convencer “al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). La primera labor es el ser convencido de pecado. Veamos un ejemplo. En el día del Pentecostés, Pedro comenzó a predicar a la multitud que había reunida en Jerusalén. Les habló de Jesús, de su muerte y de la responsabilidad del pueblo por consentir e incluso pedir su muerte. Leamos la reacción en Hechos 2:37–38 “Al oír esto, se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los apóstoles: Hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos”.
¿Qué es el arrepentimiento? El arrepentimiento es una traducción del hebreo naham. Este término aparece 110 veces en el Antiguo Testamento, Significa literalmente “sentir pesar”, “arrepentirse”. El equivalente griego, “metánoia”, aparece 29 veces en el Nuevo Testamento, significando “arrepentimiento, cambio de corazón”, y recoge la idea implícita del hebreo “cambio de corazón”, o “cambio de camino”. La mejor ilustración del arrepentimiento es un caminante, que yendo de viaje, llega a un cruce, y aunque sabe cuál es el camino correcto, decide ir por el otro, pensando que puede atajar (muchas veces queremos adelantarnos a Dios buscando “atajos”), o pensando que ese camino es más divertido o menos aburrido. Una vez avanzado el camino, tristemente reconocemos que nos hemos equivocado, no se dirige hacia nuestro destino, o incluso es peligroso. Esto produce pesar en la persona, y una reacción. Es entonces cuando retornamos sobre nuestros pasos buscando el primer camino que abandonamos. Cambiar de camino, es la idea fundamental en este concepto. Ahora tengamos algo más en cuenta. Para la mentalidad semita, “el camino”, es algo más que un sendero donde transitar. El “camino”, significa cómo vives, cómo te conduces por la vida, cuál es tu forma de pensar, de relacionarte con otros, cuál es tu forma de vivir. Así que naham, y metánoia, literalmente significan “cambiar de camino”, en el sentido pleno de la palabra para un semita. Cambia el “corazón” de una persona, no porque le hagan un transplante, sino que cambia su mente, su forma de pensar. Todo esto conlleva una subsiguiente corrección. El verdadero arrepentimiento no es simplemente decir “lo siento”. El verdadero arrepentimiento lleva un cambio en la persona, un volver del camino y corregir en la medida de lo posible, el mal hecho o el error cometido.
Esto también conlleva un cambio de actitud hacia Dios y hacia el pecado. El Espíritu de Dios convence de la gravedad del pecado a los que lo reciben, y produce en ellos un sentido de la justicia de Dios y de su propia condición perdida. Obviamente se siente o experimenta pesar y culpabilidad. Es entonces cuando deberíamos recordar las palabras del sabio en Proverbios 28:13 “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. En este punto es cuando confesamos nuestros pecados a Dios, de forma específica.
Nadie ha dicho en ningún momento que esto sea fácil. A nadie, o casi nadie, le gusta reconocer que se ha equivocado, y aquí entra en juego la voluntad. Ejerciendo la voluntad nos entregamos a Dios, y renunciamos a nuestra conducta pecaminosa. ¿Alguien dijo que no tendríamos ganas de volver en algún momento? Si estamos constantemente unidos a Dios, nunca volverán deseos de hacer lo que no es correcto. Pero probablemente tendremos que luchar con ello en más de una ocasión. De todos modos, éste es el punto que llamamos “conversión”, cuando el pecador cambia su camino y se vuelve hacia Dios. Conversión, en griego epistrofe literalmente significa “volverse en dirección a”.
Un ejemplo de arrepentimiento de los pecados de adulterio y asesinato lo tenemos en el rey David. Convencido por el Espíritu Santo, despreció su pecado y se lamentó de él, rogando que se le concediera pureza de nuevo. Fruto de ese arrepentimiento surgió el Salmo 51, donde dice, citando algunos versículos: “Reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos… ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia, conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones… crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”.
La experiencia posterior de David demuestra que la misericordia de Dios no sólo provee el perdón del pecado, sino que rescata de sus garras al pecador. Es cierto que el arrepentimiento precede al perdón, pero el pecador no puede por su arrepentimiento hacerse digno de obtener la bendición de Dios. De hecho, el pecador ni siquiera puede producir en sí mismo el arrepentimiento, porque es el don de Dios, como se puede leer en Hechos 5:31, o en Romanos 2:4, donde nos dice que Dios nos guía al arrepentimiento. Es el Espíritu Santo quien trae al pecador a Cristo, para ver las consecuencias de su pecado, contrastadas con el amor de Dios, y de ese modo, sentir profundo pesar por el pecado.

La motivación del arrepentimiento.

¿Cuál es la verdadera motivación del arrepentimiento? La respuesta la dio Jesús mismo. La podemos leer en Juan 12:32 “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. Esto lo dijo en referencia a su muerte en la cruz del Calvario. Nuestro corazón se compunge cuando nos damos realmente cuenta de que la muerte de Cristo nos justifica y nos libra de la pena de muerte. Imaginemos por un momento que nos ponemos en el lugar de un condenado a muerte, en las últimas horas antes de su ejecución. La preocupación, los sentimientos que debe experimentar, los pensamientos que deben pasar por su mente. De repente, llaman a la celda. El guardia está de pie delante de la puerta. El prisionero se exalta: “¿Ya ha pasado el tiempo? ¿Ya tengo que ir a la ejecución?” El carcelero dice: “No. Traigo un indulto. Te han perdonado la vida, y además quedas en libertad”. ¿Cómo se debe sentir en ese momento el prisionero? Así deberíamos sentirnos nosotros cuando comprendemos que Jesús nos regala el perdón y la vida eterna.
En Cristo, el pecador arrepentido no sólo recibe el perdón, sino que se lo declara inocente. Por supuesto que no merecemos un tratamiento así, y mucho menos podemos esperar el ganarlo con algún mérito. Según el apóstol Pablo, en Romanos 5:6 – 10, Cristo murió por nosotros, no esperando a que hayamos hecho algún mérito para siquiera ganar algo de su favor, murió por nosotros cuando aún éramos pecadores, débiles, impíos y enemigos de Dios. Realmente no hay nada en el mundo entero que pueda llegar a conmovernos tanto como comprender el amor perdonador de Cristo.
Debemos pasar tiempo contemplando el amor de Dios, leyendo su Palabra, contemplando especialmente las escenas finales del ministerio de Cristo, su sacrificio. Debería de ser un ejercicio diario, el repasar las escenas finales de la vida de Cristo en esta tierra. Contemplar este amor divino, mueve al pecador al verdadero arrepentimiento. Esta es la mejor y más poderosa motivación para el arrepentimiento del pecador. Es la bondad de Dios la que nos guía al arrepentimiento.

Resumen.

Resumiendo, conociendo nuestra “preferencia” por los “atajos” en la vida, queda más que claro. Nuestra vida es un camino, nuestra forma de ser es el camino, a menudo llegamos a un cruce de caminos, y escogemos erróneamente por dónde caminar, tomamos decisiones desafortunadas. Cuando nos damos cuenta de esta situación, tenemos dos opciones: Primera, seguir adelante por orgullosos, como si no pasara nada o intentando demostrar “fortaleza”. Y segunda: Desandar el camino recorrido, volviéndonos atrás, buscando de nuevo el cruce de caminos, para reanudar el correcto. Esta vez nos encontraremos una cruz en el cruce, donde confesar nuestros errores y encontrar una segunda oportunidad. Esto es conversión.
Lo que nos debe motivar a tragarnos el orgullo es la cruz. Ver qué hizo Jesús por nosotros. Somos como aquél prisionero condenado a muerte e indultado a última hora. Debemos pasar tiempo contemplando el amor de Dios, leyendo su Palabra, contemplando especialmente las escenas finales del ministerio de Cristo, su sacrificio. Debería de ser un ejercicio diario, el repasar las escenas finales de la vida de Cristo en esta tierra. Es la bondad de Dios la que nos guía al arrepentimiento.
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