Las Diez Promesas: ¿Qué significa la fidelidad para ti? (Primer Mandamiento)

En las próximas semanas publicaré aquí los temas predicados en Portugal en Marzo de 2016 durante la Semana de Oración de Jóvenes Adventistas del Distrito de Lisboa. Incluye vídeo de la predicación (con traducción simultánea al portugués), el texto a continuación y el enlace para descarga del PDF al final del texto.

INTRODUCCIÓN:

Queridos jóvenes, la visión que tenemos de Dios depende de cómo entendemos sus mensajes. ¿Quién o cómo es Dios para ti? A veces escribimos una carta, un mensaje, un correo electrónico intentando expresarnos lo mejor posible, y nos damos cuenta que cuando lo lee otra persona, Malos entendidos. lo ha podido entender completamente al revés, o de forma muy diferente a lo que teníamos en mente.
Dios nos ha escrito una carta maravillosa, la Biblia. De igual manera que a nosotros a veces nos entienden mal, y se pueden formar una idea equivocada de quiénes somos, o de cuáles son nuestras intenciones, también nos podemos formar una idea errónea de quién es Dios y cuáles son sus intenciones.
¿Cuántas veces habéis oído decir que los 10 mandamientos son el “resumen” del carácter de Dios, un resumen de la Biblia en sí? Os pido ser honestos y sinceros conmigo, sin vergüenza, ¿realmente veis reflejado el amor de Dios en los 10 mandamientos?
En 1 Juan 4:8 leemos “El que no ama, no ha conocido a Dios: porque Dios es amor”. Es un texto muy claro. Luego, hablando del amor de Dios, nos explica cómo se mostró ese amor, esencia misma de Dios: “Dios mostró su amor hacia nosotros al enviar a su Hijo único al mundo para que tengamos vida por él.” (1 Juan 4:9 DHH).
Después nos explica en qué consiste ese amor: “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que, ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados quedaran perdonados” (1 Juan 4:10 DHH). Es decir, el amor consiste en que Dios nos perdona, nos abraza de nuevo sin que nosotros lo merezcamos.
Hasta aquí vemos cómo Dios explica el amor desde la perspectiva de Dios: qué ES Dios, cómo muestra Dios el amor (cómo manifiesta su propia esencia), y en qué consiste ese amor (el sacrificio de Jesús tomando la iniciativa en primer lugar).
¿Cómo explicar el amor desde la perspectiva humana? ¿Cómo podemos entender textos como 1 Juan 5:3? “El amar a Dios consiste en obedecer sus mandamientos; y sus mandamientos no son una carga” (DHH). ¿Realmente es así? Tenemos múltiples explicaciones para este texto, y lo utilizamos para martillear a otros con la obligación de guardar el sábado, entre otras cosas. Pero, sed de nuevo honestos y sinceros, ¿realmente los 10 mandamientos NO son una carga?
Si los Diez Mandamientos son el resumen del carácter de Dios, y Dios es Amor, ¿entendemos los 10 Mandamientos como un “resumen del amor”? ¿Dónde está Jesús en ellos? ¿Dónde está el sacrificio de la cruz en ellos?
Reconozcamos que ver “el amor” en esas 10 órdenes, en esos 10 mandamientos, parece estar lejos de la idea de perdón, de la reconciliación. ¿No será porque, quizá, no estamos leyendo de forma correcta la Carta de Dios?

Entendiendo cómo se escribieron los 10 mandamientos.

Cuando se traduce una carta a otro idioma diferente al que la escribió, le quitamos al texto parte de su sentimiento, de su expresividad. Es prácticamente imposible traducir una poesía del español a otro idioma, pierde la rima, pierde el ritmo, pierde la intensidad que la cultura le da al contexto de cada palabra. No es lo mismo una barca para un pescador del litoral mediterráneo, que una barca para un aborigen del Amazonas. Aún utilizando palabras sinónimas en otro idioma, el que lee lo interpreta emocionalmente de forma distinta, se crea en su mente imágenes diferentes.
Con el texto bíblico sucede igual. La esencia del Evangelio siempre estará ahí, a pesar de la pérdida del colorido emocional y cultural en las traducciones y del cambio cultural con el paso de los siglos. No obstante, permitidme esta semana hacer un repaso de los 10 mandamientos con un filtro que está implícito en el texto original, pero no se ha sabido transmitir en las traducciones y se ha perdido. Entenderemos y veremos realmente la esencia de Dios, el Amor, en el resumen de su carácter, los 10 mandamientos.
En hebreo clásico, no existe el tiempo presente, sólo el pasado (perfecto) y el futuro (imperfecto), el “presente” se tiene que construir con partículas añadidas a los verbos. Lo que sí importaba a los antiguos hebreos son los modos (intensidades “emociones”), les importaba más el cómo se hacen las cosas que cuándo se hacen. En la Biblia se registran muchos imperativos, con órdenes directas, para un ejército, de un profeta a su siervo, etc. PERO, los 10 mandamientos de Éx. 20:2-17 están escritos en “futuro imperativo”.
En cualquier libro de sintaxis hebrea, (en este caso consulté, además de profesores de Hebreo de varias Universidades, entre ellos de la Complutense de Madrid, el libro Arnold, Bill T.; Choi, John H. (2003): A Guide to Biblica Hebrew Syntax. Cambridge University Press p. 63-64), el imperativo se entiende de tres formas:
1) Como un mandato. Ejemplos: Génesis 12:1 “Sal de tu tierra y de tu parentela”. Es una orden. Es un imperativo “presente”. Una orden. Otros ejemplos: Génesis 7:1 “Entra en el arca”. Éxodo 6:11 “Ve y di a Faraón”, etc.
2) Dar permiso para algo. El que habla otorga permiso para que alguien pueda hacer algo que desea, o ha solicitado. Ejemplos: Génesis 50:5-6 “Deja que vaya y entierre a mi padre” (la respuesta sería “ve y entierra”). Éxodo 4:18 “Deja que vuelva en paz” (la respuesta sería “vuelve”).
3) Promesa. Este caso es un imperativo de futuro claro. El que habla asegura al que se dirige que lo que le está diciendo va a ocurrir, aunque lo que sea que vaya a ocurrir esté fuera del alcance del interlocutor que recibe la “orden”. Ejemplo Isaías 37:30 “y el el tercer año sembrarás, cosecharás, plantarás...”. Lo harás, lo podrás hacer.
Es bajo esta tercera acepción por la que no estamos acostumbrados a leer los 10 mandamientos, y sin embargo, es aplicable, de modo que los 10 mandamientos se convierten automáticamente en 10 promesas. Dios resume su esencia, el Amor, en 10 maravillosas promesas. Ahora sí que resulta más fácil entender 1 Juan 5:3 “El amar a Dios consiste en obedecer (aceptar) sus mandamientos (promesas)”. Juan encontró gente que entendía los 10 mandamientos como una carga, y les tenía que recordar que, al contrario, son 10 maravillosas promesas (lo estaba escribiendo un hebreo), y por lo tanto, lejos están de ser una carga pesada.

Las 10 promesas.

El contexto en el que se dan los 10 mandamientos está en el capítulo previo, Éx. 19:4-6 “Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel...”.
Notemos la imagen del águila cuidando y educando a su polluelo, cómo es Dios quien nos trae hacia sí. Y menciona la palabra “pacto”. Un sinónimo es “compromiso”. Dios quiere hacer un compromiso con Israel. La palabra “pacto”, “compromiso”, implica la expresión de promesas, votos, y el respeto hacia esas promesas o votos. El capítulo 19 continúa explicando los preparativos, y deja el contenido de esos votos, promesas que Dios hace con Israel para el capítulo siguiente.  En Éxodo 20:1 se introducen así: “Y habló Dios todas estas palabras diciendo:”
Siguiente elemento: Justo antes de que Dios se comprometa (ofrecer promesas), se identifica al que hace el voto, como en una ceremonia matrimonial: “yo, fulano de tal, prometo amarte, honrarte, respetarte... etc.” Éxodo 20:2 identifica al “contrayente del compromiso (pacto), que realiza las promesas: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre”. Propongo sustituir la palabra “Dios” por “Esposo” en los 10 mandamientos, y entender el “pacto” como un matrimonio, y los 10 mandamientos como las 10 promesas de los votos matrimoniales. Lo que ocurrió en el Sinaí fue un “desposorio” (bodas) entre Dios y su pueblo.

Primera promesa

Éxodo 20:3 “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. En una boda, el primer voto es no tener otra mujer u otro hombre. Es una ceremonia matrimonial entre Dios y su pueblo, Dios le está diciendo: “Si me tomas por esposo (Dios), no tendrás necesidad de seguir buscando más dioses”.
Dios promete que no va a hacer falta tener multitud de “dioses”, uno para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la salud, etc. Dios es tan poderoso, que podrá suplir todas las necesidades de los contrayentes en este pacto.
Podríamos traducirlo por “A partir de ahora no te harán falta más dioses, conmigo es suficiente”. “Has encontrado al verdadero Dios, soy yo”. Jesús mismo te dice: “Yo soy el primero y el último” (Apocalipsis 1:11, 17; 22:13), el primero y el último en tu vida.
El primero en llegar, el primero que vas a ver por la mañana cuando te despiertes, y el último en salir, el que se queda contigo hasta que te duermes.
Ya no habrá otros en tu vida, te prometo, que desde hoy, ya “no tendrás otros dioses extraños antes que yo”, ni después.
Yo soy todo lo que necesitas, no tendrás que seguir buscando, se acabó la búsqueda, se acabó que te engañen, que te defrauden.
Confía en mi. Yo te prometo ser tu Dios, tu esposo, y no vendrá otro detrás, porque nunca te defraudaré.
Dios te promete ser FIEL, y te pide que le correspondas esa fidelidad. Dios te promete ser todo para ti, el “todo en uno”. Y promete también, por lo tanto, que para él eres lo más precioso, lo más bonito, el objeto de todo su amor.
No tendrás que buscar amor en ningún otro dios, el se compromete a cuidarte en todo tiempo.

CONCLUSIÓN

En resumen, los “10 mandamientos” son los 10 votos matrimoniales o promesas que Dios hace para establecer una relación (matrimonio) con su pueblo.
Tenemos un Dios maravilloso que está deseando que le descubras tal y como es, tal y como te ama. Un Dios que está enamorado de ti, y que desea ser el primero que veas cuando te despiertes, el último en darte las buenas noches.
Es un Dios que desea compartir toda tu vida con él, y como se le hace corto el tiempo (a los enamorados el tiempo se les pasa volando cuando están juntos), ha decidido que una vida es poco tiempo, y que desea compartir contigo toda SU vida, toda la Eternidad.
Te invito ahora, a que invites al “Novio” y le des el “Sí quiero” en este momento. Te invito a aceptar la maravillosa promesa, el ofrecimiento que Dios te hace, y que le entregues tu vida en este mismo momento.
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Seremos glorificados (Crecimiento Cristiano 6 de 6)

reachingoutLectura Bíblica: Romanos 5:2

INTRODUCCIÓN:

Una de las cosas que los seres humanos deberíamos hacer es pensar en lo que nos depara el futuro, me refiero a qué sucederá y cómo. Esto nos anima a perseverar en el esfuerzo que supone alcanzar ciertas metas. También nos ayuda a ver qué cosas pueden ser necesarias o cuáles otras hay que cambiar para alcanzar los objetivos que nos hemos propuesto. Hoy vamos a hablar de la glorificación, algo que nos acontecerá cuando Jesús regrese. Pero, ¿es algo “extra” o está relacionado con mi vida cristiana de hoy? ¿Quién nos glorifica, el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo? ¿Qué efectos tendrá en nosotros esa “glorificación”?

La experiencia de la Salvación en el Futuro.

Nuestra salvación se completa, o mejor dicho, se cumple de forma final cuando seamos glorificados en la resurrección, o trasladados al cielo. Por medio de la glorificación, Dios comparte con los redimidos su propia gloria radiante. Esa es la esperanza que todos nosotros anticipamos, anhelamos y deseamos como hijos de Dios. Pablo dice en Romanos 5:2 “Por Cristo gozamos el favor de Dios por medio de la fe, y estamos firmes y nos gloriamos de la esperanza de tener parte en la gloria de Dios”. Es en la ocasión de la segunda venida de Jesús, cuando Cristo aparezca para “salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:28).

Glorificación y Santificación.

¿Cómo se relaciona la glorificación con la santificación? Una condición para poder recibir la glorificación es haber vivido, y vivir en el presente continuo, la experiencia de la santificación. Cristo debe morar en nuestros corazones y ser así transformados. Pablo dice en Colosenses 1:27 “Cristo, que habita en vosotros, es la esperanza de la gloria que habéis de recibir”. En otras palabras, si Cristo no mora en nosotros, no tenemos esperanza de recibir gloria alguna. ¿Quién nos glorificará? La respuesta la da Pablo en Romanos 8:11 “Y si el Espíritu de aquél que resucitó a Jesús vive en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo dará nueva vida a vuestros cuerpos mortales por medio del Espíritu de Dios que vive en vosotros”. En otras palabras, si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús, si ese mismo Espíritu vive en nosotros, de igual manera que resucitó a Cristo, a nosotros, los que lo tenemos en nuestro interior viviendo y obrando en nosotros, seremos transformados por el mismo Espíritu, y nos dará una nueva vida, inmortal, con un cuerpo transformado, en gloria. Por lo tanto, si estamos en el proceso de santificación, tenemos la garantía de que el mismo Espíritu Santo que nos está transformando el carácter, llegará a transformar nuestro cuerpo en el momento oportuno. Y al contrario, si yo ahora no estoy aprovechando la oportunidad que Dios me da para caminar en santificación, no estoy dejando al Espíritu Santo que entre en mí, ni menos que me transforme el carácter. El peligro está en que si ahora no está ya operando cambios interiores, puede venir el momento de la glorificación, y yo no participar, por no tener el Espíritu de Dios en mi. Pablo vuelve a aclarar la idea en 2 Tesalonicenses 2:13 y 14 “Dios os escogió desde el principio para salvación, por medio del Espíritu que os santifica y de la verdad en la que habéis creído… para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo”. Esta gloria, además de la externa, incluye la gloria interna, es decir, la semejanza de carácter al de Dios. Mientras contemplemos a Jesús en nuestra devoción diaria, observemos su belleza, “vamos transformándonos en su misma imagen porque cada vez tenemos más de su gloria” (2 Corintios 3:18). Esta transformación, es la que nos prepara para recibir esa glorificación o transformación final, cuando Jesús regrese por segunda vez. Esto es lo que Jesús llama en Mateo 19:28 “la regeneración”, que comprende no sólo a las personas, sino a toda la creación en este mundo. Me gusta cómo dice Romanos 8:20 – 23 “Porque la creación perdió toda su razón de ser, no por propia voluntad, sino por aquél que así lo dispuso; pero le quedaba siempre la esperanza de ser liberada de la esclavitud y la destrucción, para alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que hasta ahora, la creación se queja y sufre como una mujer con dolores de parto. Y no sólo sufre la creación, sino también nosotros que ya tenemos el Espíritu como anticipo de lo que hemos de recibir. Sufrimos intensamente esperando el momento en que Dios nos adopte como hijos, con lo cual serán libertados nuestros cuerpos”.
Ahora convendría explicar una posición bíblica que los teólogos llaman el “ya, pero todavía no”. La Biblia nos enseña que ya somos salvos, que somos hechos hijos de Dios. Nuestra redención ya está cumplida, pero en otro sentido aún no se ha hecho real. ¿Cómo es esto posible? La respuesta la tenemos, como siempre, echando un vistazo panorámico a la Biblia. Pablo habla de nuestra salvación presente, el ya, el ahora, con la primera venida de Cristo. En la vida, en la muerte, en la resurrección y en el ministerio de Cristo en el Santuario Celestial, se asegura nuestra justificación y santificación de forma definitiva y para siempre. PERO, algunos aspectos quedan pendientes de completarse y otros de realizarse en el futuro, en la ocasión de la segunda venida de Cristo. Ejemplo de ello es la glorificación del cuerpo. Por eso Pablo puede decir que YA somos salvos en Cristo, y también puede decir que TODAVÍA no somos salvos, en lo que refiere a la redención completa, incluyendo nuestra transformación. Hacer énfasis en la salvación presente, separándola de la culminación en la segunda venida de Cristo es un error que lleva a confusión. Pongamos un ejemplo. Imaginemos un muchacho menor de edad, hijo de unos padres multimillonarios. Éstos, fallecen en un terrible accidente, dejando toda la fortuna en herencia al joven. Mientras no sea mayor de edad, no podrá disponer totalmente y en libertad de la fortuna que heredó. Quedará bajo la tutela de algún responsable. Eso no quiere decir que no sea rico. El muchacho es ya, ahora, rico. Pero no dispondrá de la fortuna de forma libre hasta la mayoría de edad, hasta que haya alcanzado la madurez suficiente. La salvación es nuestra, ya, ahora, pero aún tenemos que esperar el día de nuestra mayoría de edad en el momento del regreso del Señor Jesús para poder disfrutar de esa maravillosa herencia que Dios nos ha dejado, como hijos suyos que somos.

La glorificación y la perfección.

Hablando de la perfección, ya hemos visto que en lo que a lo humano se refiere, es relativa, según la esfera en la que nos desarrollamos y la etapa que vamos quemando en nuestra experiencia cristiana individual. ¿Afectará la glorificación a nuestra “perfección”? Algunos creen, de forma errónea, que la perfección “máxima” alcanzable ya está disponible para los seres humanos. Olvidan que la “perfección máxima” se alcanzará en la ocasión de la glorificación. Recordemos un texto de Pablo en Filipenses 3:12 – 15 “No que lo haya alcanzado ya, ni que sea perfecto; sino que prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos”. La santificación es un proceso que dura toda la vida. La perfección de ahora, de la que Pablo habla justo al final, es nuestra solamente gracias a Jesús, a que nos transforma y completa con su vida las deficiencias de la mía. Solamente en ocasión de la segunda venida de Jesús alcanzaremos esa perfección en todos los aspectos de nuestra vida, física, moral y espiritual. Seremos de nuevo, la imagen de Dios. Pero no antes de la aparición de Cristo en las nubes de los cielos.
Pablo nos amonesta con cariño en 1 Corintios 10:12 “Así pues, el que cree estar firme tenga cuidado de no caer”. Hay muchos ejemplos en la Biblia de personas que, habiendo sido honradas por Dios, posteriormente cometieron graves pecados. Sirva de ejemplo el rey David cuando tomó a Betsabé, o Salomón, con su vida disoluta después de haber sido el hombre más sabio que pisase la tierra, después de Jesús, claro está. No podemos decir en ningún momento que “ya lo he alcanzado”. Al menos, hasta que Jesús regrese, tenemos la posibilidad de echar a perder el trabajo hecho por Dios en nosotros hasta el momento. Cuando finalmente, el Espíritu de Dios restaure hasta el último ápice de la imagen de Dios en nosotros, cuando recibamos la inmortalidad, la incorruptibilidad, entonces sí podremos decir llenos de gozo que lo hemos conseguido de forma definitiva y para siempre.

La base de nuestra aceptación ante Dios.

Aunque estamos hablando de “perfección”, de “santificación”, de mejorar nuestra conducta día a día, ¿podemos pensar que esto “ayuda” a que seamos salvos?
Ni los rasgos de un carácter semejante al de Cristo ni la conducta impecable deben constituir la base de nuestra aceptación ante Dios. Dios no nos acepta por nada de eso. Es más, si algo de ello poseemos es precisamente porque Dios nos lo dio por su buena voluntad. El único Hombre que tuvo una conducta intachable fue Jesús, y es el Espíritu Santo quien nos trae eso a nuestra vida, reproduciéndola en nosotros. No nos podemos atribuir a nosotros algo que no es nuestro, sino que Dios nos lo regaló y el Espíritu Santo nos lo trajo. Sólo podemos recibir. Fuera de Jesús, como dice Pablo en Romanos 3:10 “No hay justo, ni aún uno”. Isaías 64:6 dice: “Todos nosotros somos como un hombre impuro y todas nuestras buenas obras como un trapo sucio”.
Yendo más allá, incluso lo que hacemos en respuesta al amor salvador de Cristo no puede formar la base de nuestra aceptación por parte de Dios. Esa aceptación se identifica simplemente con la obra de Cristo.
Y si estamos dispuestos a hilar más fino todavía, pregunto, el que Dios nos acepte, ¿se basa en lo que nos ha perdonado en el pasado (en la justificación), o en el cambio que va obrando día a día en nosotros (la santificación)?
La respuesta es: En ambas cosas. El ministerio de Cristo en nuestro favor, y su obra en nosotros y por nosotros, debe ser contemplada en su totalidad. De nada sirve si Dios me perdona pero no le permito que haga cambios en mi vida. Si no hace cambios, volveré a cometer los mismos pecados que perdonó antes, y vuelvo a estar condenado. Por otro lado, si supuestamente Dios fuese cambiando mi vida para no cometer los mismos errores que cometí en el pasado, pero no me perdonó mis pecados pasados, nunca dejé de ser un pecador. Al igual que el sol da luz y calor, y ambas cosas no se pueden separar, el perdón de Dios y la transformación que obra en nosotros, tampoco se pueden separar.

Resumen.

Hoy hemos visto que nuestra salvación se completa en la glorificación, con ocasión de la segunda venida de Cristo. Es el momento en que Dios comparte con nosotros, no sólo su carácter de forma plena, sino también su gloria radiante. No podemos participar de la glorificación si no participamos ya de la santificación, porque el Espíritu Santo que nos santifica, es el mismo que nos glorificará, y si no está para lo uno, tampoco estará para lo segundo. Por otro lado, hemos visto que Dios nos salva ya, ahora, pero esa restauración de la imagen de Dios no se hace de forma plena hasta que Jesús regrese por segunda vez. Entonces habremos alcanzado la “perfección máxima”, y no ahora, que aún somos susceptibles de caer de nuevo en pecado. Y aunque hayamos hablado de mejorar moralmente (santificación), y de ser “perfectos” a nuestra esfera, nada de esto constituye mérito alguno para que Dios nos acepte como hijos suyos. Sólo por gracia somos hechos hijos de Dios, y estas cosas son consecuencia de ello, y no al revés.
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“Don Perfecto” (Crecimiento Cristiano 5 de 6)

reachingoutLectura Bíblica: Mateo 5:48.

INTRODUCCIÓN:

A veces nos vemos tentados a hablar del hermano “Don Perfecto”, y cómo quiere que todos seamos igual de perfectos que él o ella. Pero eso sería criticar, y no de forma constructiva. Así que hoy mejor hacemos lo que correspondería en un caso así. Hablaremos de la perfección cristiana, desde el punto de vista bíblico. Veremos qué quiere decir la Biblia con ser “perfecto”. Quisiera recordar brevemente que la santificación abarca el participar de la naturaleza divina, y es algo progresivo. El carácter de cada uno de nosotros se compone de lo que “come y bebe” intelectualmente hablando. De igual modo, si alimentamos nuestra mente con el Pan de Vida, con las palabras de Cristo y estudiamos lo que hizo y enseñó, nos vamos transformando a su imagen. Entonces, ¿podemos ser perfectos aún estando en proceso de santificación?

La Perfección bíblica.

Las palabras “perfecto” y “perfección” son traducciones del hebreo “tam” o del plural “tamim”, que significan “completo”, “recto”, “pacífico”, “íntegro”, “saludable” o “intachable”. Por otro lado, el término griego equivalente es “teleios”, que significa “comlpeto”, “perfecto”, “completamente desarrollado” o “que ha logrado su propósito”.
En el Antiguo Testamento, cuando la palabra tam o tamim se usa en relación con algún ser humano, tiene un sentido relativo. Por ejemplo, en Génesis 6:9, podemos leer: “Noé, hombre justo, era perfecto entre los hombres de su tiempo, caminó Noé con Dios”. Otras versiones parafrásticas de la Biblia, como la Dios Habla Hoy, registran el sentido relativo de “perfección” de la siguiente manera: “Noé era un hombre justo y bueno, que siempre obedecía a Dios. Entre los hombres de su tiempo, tan sólo él vivía de acuerdo con la voluntad de Dios”. En esta traducción dinámica, vemos que “perfecto” es “vivir de acuerdo con la voluntad de Dios”. No se refiere a una “PERFECCIÓN” absoluta. El único perfecto es Dios. De hecho, Noé tenía defectos, como leemos en Génesis 9:21 “Un día Noé bebió vino y se emborrachó, y quedó tendido y desnudo en medio de su tienda de campaña”. La Biblia amonesta en muchos lugares acerca de las bebidas alcohólicas, nos insta a no probarlas. No hay que confundir el vino sin corromper (mosto) con el vino símbolo del pecado, el que tiene alcohol. Pero esto lo dejaremos para otro día. Noé se equivocó en esta ocasión, y probablemente en muchas otras de las que no tenemos registro. Si hubiese sido “perfecto” en el término absoluto, no habría podido cometer tal torpeza. Hay otros ejemplos, y se nos iría el tiempo de hoy sólo viendo los ejemplos, y no habríamos terminado. Abraham también se dice de él que era perfecto, lo podemos leer en Génesis 17:1 y 22:18. No obstante, Abraham mintió, era un mentiroso cuando dijo que su esposa Sara era su hermana. Job, es otro claro ejemplo. En Job 1:1 y 18 se dice que Job es varón perfecto delante de Dios, pero en Job 40:2 – 4 leemos una conversación que inicia Dios con Job: “¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? ¡Responda a esto el que disputa con Dios! Entonces respondió Job a Dios y dijo: Yo soy vil, ¿qué responderé? ¡Me tapo la boca con la mano!”.
En el Nuevo Testamento, la palabra “perfecto” a menudo describe a individuos maduros que vivieron de acuerdo con toda la luz de que disponían, y lograron desarrollar al máximo el potencial de sus poderes espirituales, mentales y físicos. Pablo nos da un indicio en Filipenses 3:12 – 15, donde, hablando de la resurrección y del día de la redención, dice lo siguiente: “No que lo haya alcanzado ya, ni que sea perfecto; sino que prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos”. ¿Se contradice Pablo tan sólo en tres versículos? En absoluto. Entonces, ¿qué quiere decir pablo con “ni que ya sea perfecto”, y luego con “todos los que somos perfectos”? Otras versiones de la Biblia vierten ese “todos los que somos perfectos” de otro modo. Dice: “Los que tenemos una fe madura”. En Hebreos 5:14 leemos “El alimento sólido es para los que han alcanzado la madurez”, aquí se recoge bien el sentido, aunque debería decir “es para los perfectos”.
Los creyentes debemos ser perfectos en nuestra esfera limitada, así como Dios es perfecto en su esfera infinita y absoluta. Mateo 5:48 recoge esas palabras de Jesús: “Sed, pues perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. ¿Acaso nos invita Jesús a ser iguales a Dios? Eso es imposible. Pero sí que podemos imitar a Dios, tener su carácter a nuestra esfera, a nuestro nivel. Ilustración: Si un niño cumple con las posibilidades académicas propias de su edad, no se le puede pedir más. No es lógico que un niño de 6 años (a no ser alguna excepción de la naturaleza) sepa hacer raíces cuadradas y menos derivar fórmulas complicadas de física y química. Pero sí que se le puede exigir el poder leer y escribir con cierta fluidez. El niño es “perfecto” en su esfera, en su nivel. Tampoco es lógico que una persona adulta, que vaya a la universidad, no rinda un examen de nivel de secundaria o primaria. Cada uno es “completo”, “perfecto” en la medida en que desarrolla sus facultades hasta sus posibilidades (dependiendo de la edad, medio social y cultural, etc.). Lo mismo sucede con la perfección espiritual. No se le puede exigir lo mismo a una persona que jamás pudo tener acceso a la Palabra de Dios, que a aquellos que la hemos tenido décadas acumulando polvo en la estantería. Nosotros hemos tenido oportunidad de aprender y desarrollar nuestro carácter por medio de la santificación. Tampoco es lo mismo una persona que hace unos días, semanas que conoció el Evangelio, que aquél que hace años lo conoce.
A la vista de Dios, un individuo perfecto es aquél cuyo corazón y vida se han rendido completamente a la adoración y el servicio de Dios, creciendo constantemente en el conocimiento de lo divino. Un individuo perfecto para Dios, es aquél que anda en toda la luz que ha recibido. Vive todo aquello que ha aprendido hasta el momento, en la Palabra de Dios.

La perfección completa en Cristo.

Ahora la pregunta es, ¿cómo podemos llegar a ser perfectos? A pesar de nuestros defectos. Esto es una frase hecha, pero que trataremos de explicar: “El Espíritu Santo nos trae la perfección de Cristo”. Efectivamente, por fe, confiando en que si Dios lo prometió, así será. Por fe, el carácter perfecto de Cristo llega a ser nuestro. Nadie podrá jamás pretender que tiene esa “perfección” por sí mismo. Necesitamos de Cristo para cambiar aquello negativo que tenemos en nuestras vidas, defectos de carácter, etc. Así es como podemos llegar a vivir toda la luz que estamos conociendo, y ser perfectos en nuestra esfera. La perfección, es alcanzable, pero sigue siendo un don de Dios. Recordemos que aparte de Dios, fuera de él, nosotros no tenemos capacidad de cambiar lo malo que hay en nosotros en algo bueno. Jesús dijo en Juan 15:5 “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí, nada podéis hacer”.

Avancemos hacia la perfección.

¿Qué papel nos toca desempeñar a nosotros como creyentes? Una vez que Cristo mora en nosotros, crecemos hacia la madurez espiritual, esto es, en perfección. Dios ha dado dones a su iglesia, pero con una finalidad, la encontramos en Efesios 4:13 en una versión parafraseada: “Hasta que todos lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios. De este modo alcanzaremos la edad y el desarrollo que corresponden a la plena madurez de Cristo”. Otras versiones, como la Reina Valera del 60, rinden: “…a un varón perfecto, a la medida de al estatura de la plenitud de Cristo”. Necesitamos crecer más allá de nuestra “niñez” espiritual. No se trata simplemente de recibir una serie de estudios bíblicos y luego bautizarse. El creyente debe continuar estudiando, investigando la Biblia por sí mismo, cada día. Al igual que un niño pasa de la leche a la papilla, luego a verdurita, y finalmente a alimento sólido, el creyente debe pasar por la misma experiencia en su alimentación espiritual. A eso se refiere Pablo en Hebreos 6:1 “Así que sigamos adelante hasta llegar a ser adultos, dejando atrás las primeras enseñanzas acerca de Cristo. No volvamos otra vez con asuntos elementales, como la conversión y el abandono de las obras que llevan a la muerte, como la fe en Dios, las enseñanzas sobre el bautismo, el imponer las manos a los creyentes, la resurrección de los muertos y el juicio eterno”. Dicho de otro modo, Pablo les dice: “¿Es que tenemos que volver a comenzar con los estudios bíblicos más básicos? ¡Progresemos, por favor!” Pablo expresa su deseo de otro modo en Filipenses 1:9 – 11: “Pido en oración que aumente más y más vuestro amor, y que alcancéis mucha sabiduría y entendimiento en todo, para saber escoger siempre lo mejor. Así podréis vivir una vida limpia y no habrá nada que reprocharos cuando Cristo regrese; pues entonces presentaréis una abundante cosecha de buenas acciones gracias a Jesucristo, para honra y gloria de Dios”.
Aún así, la vida santificada no se encuentra libre de obstáculos, aunque Pablo nos amonesta a ocuparnos con diligencia de nuestra salvación, en Filipenses 2:13 nos alienta con las siguientes palabras: “Dios es quien hace nacer en vosotros los buenos deseos y quien os ayuda a llevarlos a cabo, según su buena voluntad” (Dios pone en nosotros el querer, como el hacer). Para esto, la oración continua es indispensable si hemos de vivir una vida santificada que sea perfecta en cada etapa del desarrollo. Pablo oró así por los creyentes de Colosas. Leamos Colosenses 1:9, 10 “Por esta razón, nosotros, desde el día en que lo supimos, no hemos dejado de orar por vosotros y de pedir a Dios que os haga conocer plenamente su voluntad, y que os dé toda clase de sabiduría y entendimiento espiritual, así podréis portaros como deben hacerlo los que pertenecen al Señor, haciendo siempre lo que le agrada, dando frutos de toda clase de buenas obras y llegando a conocer mejor a Dios”.

Resumen.

Hoy hemos estudiado la “perfección” desde el punto de vista bíblico. El término, tanto en el Antiguo Testamento, como en el Nuevo Testamento, si se refiere a seres humanos, es un término relativo. Se refiere a la perfección dentro de la esfera posible de desarrollo de cada uno, así como no se puede exigir lo mismo a un niño de dos años que a un adulto. Perfecto es algo que cumple el objetivo para el que fue creado o diseñado. Hemos visto ejemplos de personas que fueron consideradas por Dios “perfectas”, a pesar de sus errores. Fueron perfectas porque aceptaron el perdón de Dios, y permitieron que les fuese transformando (santificando) a lo largo de sus vidas. Hermanos, así sí que todos podemos ser “perfectos”, la cuestión es que no dejemos de crecer como cristianos. Ese estancamiento implicaría dejar de ser “perfectos”. Sigamos creciendo. Sigamos estudiando con más interés la Biblia. No nos relajemos, porque el que no sube, empieza a bajar.
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