Aprendiendo sobre el “ágape”


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Buenas Nuevas de Jesús, con amor
Guía de estudio nº 5

Aprendiendo sobre el “ágape”

En el estudio anterior hemos comprendido nuestra profunda necesidad de amor:

(1) Nadie es capaz por sí mismo de amar a otro con ese tipo de amor que la Biblia presenta como el artículo genuino.

(2) Lo que poseemos en común con otras personas, incluidos los paganos, es la dotación natural del eros: el tipo de amor que ama a los demás porque nos resultan amables.

(3) La Biblia dice que “Dios es amor [ágape]”, el tipo de amor que ama a quien no es amable, incluso a sus enemigos.

(4) La Biblia dice que, a menos que poseamos el ágape, incluso aunque seamos capaces de hablar en lenguas angélicas, no somos más que címbalo que retiñe. Si “entendiera todos los misterios”, o si tuviera toda la fe, de tal manera que trasladara los montes, y no tengo amor (ágape), nada soy. Si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, de nada me sirve sin ese maravilloso don del amor ágape.

(5) El denominador común a todo ser humano es el temor, pero el ágape lo hace desaparecer en su totalidad. Eso nos lleva a reconocer que ¡no estamos sobrados de ágape!

(6) Nuestro amor común, lo que los griegos llamaban eros, depende del valor o belleza de lo que amamos. Pero el ágape es libre, es independiente y capaz de amar a quien es indigno de ese amor, incluso de amar a sus enemigos.

(7) El eros se funda en la noción de necesidad. El ágape, en contraste, no se funda en ella, ni se alimenta por deseo de recompensa alguno.

¿Cabe la felicidad sin el amor ágape?

1. A pesar de que no nos es algo natural, ¿cuán importante es el ágape? Juan 13:34

RESPUESTA:
“Un mandamiento nuevo os doy: que os ______ _____ __ ______; como yo os he amado, que también ___ ______ _____ __ ______.”

2. ¿Cuándo conocerá el mundo finalmente al verdadero pueblo de Dios? Juan 13:35
RESPUESTA: “En esto ___________ ______ que sois mis discípulos, si tenéis _____ los unos por los otros.”

3. Enumera siete características del ágape que te parezcan especialmente esenciales (de la lista que aparece en 1 Corintios 13:4-8)
TU LISTA: __________________________________________________________.

4. Si uno sigue a Cristo motivado por el aprecio que tiene por su amor [ágape], y no por el deseo egoísta de recompensa o de temor al castigo, ¿crees que prevalecerá? Relaciona 1 Corintios 13:8 con Juan 10:27-29
TU RESPUESTA: ___________________________________________________.

Nota: “No es el temor al castigo, o la esperanza de la recompensa eterna, lo que induce a los discípulos de Cristo a seguirle. Contemplan el amor incomparable del Salvador, revelado en su peregrinación en la tierra, desde el pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario, y la visión del Salvador atrae, enternece y subyuga el alma. El amor se despierta en el corazón de los que lo contemplan. Ellos oyen su voz, y le siguen.” (El Deseado de todas las gentes, p. 446).

Más contrastes entre el ágape y el eros

El eros es un tipo de amor que busca a Dios. Ese es el fundamento de la mayoría de las religiones. Es la razón para la existencia de templos y santuarios. Es una búsqueda noble en apariencia. Pero el ágape es diferente: no es el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien busca al hombre.

5. Lee Lucas 19:10 y observa la diferencia:
RESPUESTA: “El Hijo del hombre vino a _______ __ __ _______ lo que se había perdido.”

La mentalidad del eros nos hace imaginar a Dios como si jugara al escondite con nosotros, haciendo difícil que lo encontremos. Ir en su búsqueda se convierte en una ardua tarea, y nunca tenemos la seguridad de haberlo encontrado.

6. En contraste con lo anterior, ¿cuán cerca de cada uno de nosotros está Dios? Hechos 17:27; Juan 1:9
RESPUESTA:
“Ciertamente ___ _____ ______ de cada uno de nosotros.” Jesús era “la luz verdadera ____ ________ __ _____ _______.”

Nota: ¿Cuán cerca está Dios de ti? ¿Con cuánto fervor te está buscando? Está tan cerca como esa “palabra de fe” a la que se refiere Romanos 10:8 y 9, y que tu boca y tu corazón pueden pronunciar. Mediante esa palabra te ha encontrado ya. Está llamando a tu puerta en este momento (Apocalipsis 3:20).

7. Lejos de esconderse, ¿cuán cercano está de ti, desde el mismo nacimiento, aún sin que te dieras cuenta? Salmo 139:1-5, 7-13
RESPUESTA: “Todos mis caminos ___ ____ ___________... detrás y delante ___ __________ ... me guiará tu mano y ___ ______ ___ ________.”

Otro contraste: El eros es un amor que está subordinado al valor atribuido a lo que se ama. De forma natural, tratamos mejor al profesor que al basurero (sin embargo, nuestra situación se volvería insoportable sin el segundo). Nuestra sociedad “ama” a las personas que “valen”, y valor suele ser sinónimo de educación académica, inteligencia o riqueza. Pero el ágape es distinto: no está subordinado al valor de lo que se ama. Es soberano e independiente. No depende del valor de la persona amada, sino que al contrario, le confiere valor al amarla.

8. Lee Isaías 13:12 y observa el fruto del ágape.
RESPUESTA: “Haré más __________ que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir ___ ____ ________.”

Nota: Imagina una piedra cualquiera de un solar. No tiene ningún valor. Pero supón que tomando esa piedra en tus manos, y amándola como hace una madre con su bebé, fueses capaz de convertirla en oro puro. ¿Qué valor tendría ahora? Eso es lo que el Señor hace por ti y por mí con su amor “ágape”. Ese es el amor que podemos recibir de él, y aprender a ejercitarlo en favor de nuestro prójimo.

El eros procura escalar posiciones, subir más arriba. Desea promoción. Es fácilmente visible en la escuela, en la empresa, en la política... ¡hasta en la iglesia!

9. ¿En quién se dio ese amor eros que busca “lo suyo”? Isaías 14:12-14
RESPUESTA:
En _________.

10. Por contraste, ¿hasta dónde está dispuesto a descender el ágape? Filipenses 2:5-8
RESPUESTA: Encuentra en el texto siete pasos en la humillación de Jesús, por contraste con el deseo de exaltación de Lucifer:

(1) “Siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse”. El Hijo de Dios depuso su corona voluntariamente, motivado por el ágape, su propio carácter.

(2) “Se despojó a sí mismo”. Cuando Cristo se despojó a sí mismo, estaba sometiendo eterna y voluntariamente todo lo que le era valioso, algo que sólo puede realizar el ágape.

(3) “Tomó la forma de siervo” (o esclavo). A los ángeles se los llama siervos o “espíritus ministradores” enviados para velar por nosotros (Hebreos 1:14). Si Cristo se hubiese hecho como uno de ellos, eso habría significado una gran condescendencia para él, puesto que él era su Creador y Comandante. Pero descendió aún más:

(4) “Se hizo semejante a los hombres”. Ningún ser humano ha caído tan bajo como para que al Hijo de Dios le resulte imposible de alcanzar. Y una vez que permitimos que ese amor se abra paso en nuestro corazón, toda traza del orgulloso sentimiento de sentirse más santo que otros desaparece, y eso nos permite alcanzar también el corazón de los demás.

(5) Más aún, “hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo”. Su madre le dio a luz en un humilde pesebre, se vio obligada a abrigarlo con pobres e improvisados harapos, y a transportarlo de la forma más precaria y simple. La suya fue la vida de un obrero menesteroso. Pero eso no es todo:

(6) Fue “obediente hasta la muerte”. El tipo de muerte al que fue obediente no consistió en una evasión de las responsabilidades. Consistió en ir al oscuro pozo sin fondo, a la condenación consciente y vital de cada célula de su ser, bajo el sentimiento del desagrado de Dios. Su séptimo y último paso lo aclara aún más:

(7) “Y muerte de cruz”. En los días de Jesús, la muerte de cruz era la más humillante y desesperada de las muertes. No sólo era la más cruel de cuantas se hubieran inventado, no sólo la más vergonzante –ser amarrado desnudo ante la multitud burlona que contempla tu agonía con satisfacción. La muerte de cruz llevaba en sí misma un horror más profundo que todo eso: Significaba la maldición del Cielo. El tipo de muerte que murió Cristo fue la de los perdidos, quienes perecerán finalmente en la mayor desesperanza, aquello que Apocalipsis denomina la “segunda muerte”. Esa fue la muerte a la que Jesús se hizo “obediente”. Clamó angustiado: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Medita en ello con atención y reverencia. Tú y yo somos quienes debiéramos hab-er atravesado esa experiencia, de no ser porque él tomó nuestro lugar y murió nuestra segunda muerte.

La medida real de la agonía de Jesús en la cruz

Los sufrimientos de Jesús fueron incomparablemente mayores que el simple padecimiento del dolor físico, o que la tortura de cualquiera de los mártires. No hubo fingimiento o trampa alguna en la carga que lo aplastó. Dice la Escritura: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).

¿Qué produce el pecado? “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios y vuestros pecados han hecho que oculte de vosotros su rostro” (Isaías 59:2). La iniquidad separa de Dios, deja el alma en la más desesperante privación y soledad, destruye todo sentido de la seguridad. El Señor puso realmente sobre Cristo la iniquidad de todos nosotros. Eso significa que puso los mismos sentimientos de culpa, soledad, inseguridad y desesperación que tan bien conocemos. Fue eso lo que separó a Cristo de su Padre. Antes de comprender esa verdad, resulta difícil concebir que Cristo se hubiera sentido abandonado. La Biblia afirma que clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” ¿Fue la exclamación de un actor dramático que no sentía lo que decía, o fue el sincero clamor de un corazón quebrantado por la amargura y la congoja? Cristo no llevó esa carga como solemos llevar un fardo sobre nuestros hombros. La llevó dentro de sí, en su propio ser.

Pedro especifica que: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24). Fue en su propio sistema nervioso, en su mente y en su ser donde llevó esa mortífera carga. Pablo fue incluso más explícito: [El Padre] “por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21).

Cristo no fue un pecador, jamás pecó. Pero se hizo “maldición por nosotros (pues está escrito: ‘Maldito todo el que es colgado en un madero’)” (Gálatas 3:13). El pecado y la maldición son aquí equivalentes. La afirmación de Pablo implica que la identificación de Cristo con el pecado, en la cruz, fue algo terriblemente real. “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Si Cristo fue hecho pecado, hecho maldición por nosotros, está claro que debió igualmente sufrir la paga del pecado, la muerte. Cristo está muy cercano a nosotros “porque el que santifica [Cristo] y los que son santificados [los pecadores], de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11).

¿Qué es la muerte? ¿Qué es la paga del pecado que Cristo sufrió? La Escritura presenta dos clases de muerte: una llamada “sueño” (Juan 11:11 y 13), que es la muerte a la que normalmente nos referimos. La otra es la auténtica, la segunda muerte (Apocalipsis 2:11; 20:6; 21:8). Significa la eterna separación de Dios, adiós a la esperanza y a la vida para siempre.
Fue esa segunda muerte la que Jesús sufrió. “Para que por la gracia de Dios experimentara la muerte por todos” (Hebreos 2:9). Puesto que él la experimentó por cada ser humano, ese “sueño” al que ordinariamente llamamos muerte no puede constituir aquello que él experimentó, dado que la sufre por sí mismo todo ser humano hasta hoy. Sea lo que fuere lo que Cristo sufrió, lo fue para que no tuviéramos que sufrirlo nosotros.

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Si tiene alguna consulta, contacte a Pr. Pedro Torres.

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