Dios el Espíritu Santo (2 de 3)

Dios el Espíritu Santo (2).

Introducción

En el tema anterior iniciamos lo que sería la quinta creencia o enseñanza básica encontrada en la Biblia. Dios el Espíritu Santo. Vimos que la Biblia se refiere al Espíritu Santo con cualidades personales, capacidad de razonar, responder, decidir, aprobar, con voluntad propia. Tiene capacidad de actuar, bien glorificando, bien compartiendo cosas de Dios con los hombres. El Espíritu Santo lucha o contiende, enseña, convence, dirige, ayuda, intercede, inspira, santifica, etc. También comparte atributos divinos, pues es Dios, como el amor, la paciencia, ser la verdad, ser la vida, es omnipresente, omnisapiente. Hoy veremos el Espíritu prometido y el origen de su misión.

El Espíritu Santo prometido

El ser humano ha sido destinado para ser morada del Espíritu Santo. El apóstol Pablo, en 1 Corintios 3:16 hace una pregunta interesante: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” Efectivamente, nuestro cuerpo, nosotros, estamos destinados a ser la morada del Espíritu de Dios. ¿Por qué “destinados”? Esto no tiene nada que ver con la enseñanza de la predestinación, de la cual ya hemos hablado mostrando su falsa base bíblica. La cuestión es más sencilla. Cuando Adán y Eva pecaron en el jardín del Edén, fueron separados del jardín, pero eso no fue lo más grave. Lo peor fue su separación de Dios. De esto deducimos que el Espíritu de Dios ya moraba en ellos, pero a causa del pecado, se vio separado de Adán y Eva. Esa separación del Espíritu de Dios de los hombres continuó. Años antes del diluvio, Dios afirmó, en Génesis 6:3 “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre”. Vemos como el Espíritu de Dios “luchaba” con los seres humanos para que le dejasen entrar en ellos, pero éstos se negaban. Esto es lo que solemos llamar “conciencia”, de la que hablaremos más adelante. Esa separación continúa hoy día para muchos seres humanos. Por creación, fuimos “destinados” a ser morada del Espíritu de Dios, pero por el pecado, hemos dejado de ser morada del Espíritu Santo. Somos una casa “vacía”. Por eso, el ser humano tiene esa sensación de “vacío” cuando vive sin Dios. Pero aún se puede remediar. El Espíritu de Dios aún está deseando morar en el corazón de aquellos que se lo permitan.
En tiempos del Antiguo Testamento, el Espíritu Santo equipó a ciertos individuos, los capacitó para que pudiesen llevar a cabo ciertas tareas especiales. Profetas como Balaam y otros fueron receptores y recipientes del Espíritu Santo (cf. Números 24:2), o en ciertos momentos específicos y cruciales para el pueblo de Dios, alguien, como Gedeón en Jueces 6:34 recibieron el Espíritu Santo para hacer algo extraordinario (véase Saúl 1 Samuel 10:6).
En algunas ocasiones, en las Escrituras se nos presenta al Espíritu de Dios en ciertas personas. Así lo podemos leer en el caso de Bezaleel (orfebre para el santuario), en Éxodo 31:3. Se dice lo mismo de Moisés en Isaías 63:11 “ero se acordó de los días de la antigüedad, de Moisés su siervo. ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿Dónde está el que puso en él su Espíritu Santo?”
Los creyentes, a lo largo de la historia, han tenido un sentido de la presencia del Espíritu de Dios. Pero la profecía de Joel 2:28 nos anuncia un derramamiento del Espíritu de Dios sobre “toda carne”. Dice: “Sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones”. La época en que sucediese esto, inauguraría una “nueva era” para los creyentes.
El mundo ha permanecido en las manos de Lucifer. Ahora sigue controlando a la mayoría de la humanidad, sólo hay que ver un noticiero. Después de la muerte de Cristo en el calvario, se aseguró la victoria de Dios sobre Satanás. Desde ese momento, el Espíritu Divino fluye con mayor libertad. Es gracias a Jesús que podemos ser “bautizados”, es decir, sumergidos en el Espíritu Santo, llenos del Espíritu de Dios. Así lo decía Juan el Bautista en Mateo 3:11 “Yo a la verdad os bautizo con agua, pero, el que viene detrás de mí os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Esta afirmación es real, sin embargo, alguien podría hacer la siguiente observación: “Sí, pero en los evangelios no se ve a Jesús bautizando con el Espíritu Santo”. La pregunta entonces es: “¿Qué significado tiene?”
Cuando sólo faltaban unas pocas horas para la muerte de Cristo en la cruz, Jesús prometió a sus discípulos lo siguiente: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros” (Juan 14:16, 17).
Durante la muerte en la cruz, ¿descendió una paloma sobre los discípulos, como sucedió con Cristo en el momento de su Bautismo? No. Sólo había nubes negras, relámpagos, tristeza y desesperación por parte de los discípulos. No fue hasta después de la resurrección cuando Jesús “sopló” el Espíritu sobre sus discípulos. En Juan 20:22 tenemos este momento narrado: “Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. En Lucas 24:49 leemos: “Ciertamente, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”. Cuando se recibiese el Espíritu Santo, los creyentes recibirían “poder”, capacidad de ser testigos de Cristo hasta el último rincón de la tierra. Así lo leemos en Hechos 1:8 “Recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.
Todo esto no pudo ser una realidad hasta que el sacrificio de Cristo fuese aceptado por el Padre en el cielo. El apóstol Juan nos dice en Juan 7:39 “Pero Él [Cristo] decía esto del Espíritu, que los que habían creído en Él habían de recibir; porque el Espíritu no había sido dado todavía, pues Jesús aún no había sido glorificado”.
Por eso, esa “nueva era” de la que hablaba Joel, sólo puede venir después de la muerte de Cristo en la cruz. Sólo entonces podría venir el Espíritu Santo en su plenitud. El apóstol Pedro, en el momento del “Pentecostés” confirma lo mismo, como leemos en Hechos 2:33 “Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís”, sobre sus discípulos. Es en ese momento, en el Pentecostés, cincuenta días después de la muerte de Jesús en el Calvario, cuando la “nueva era” irrumpió en escena con el poder de la presencia del Espíritu Santo. Así se describe en Hechos 2:2―4 “De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde estaban sentados, y se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo”.
La misión de Cristo, y la misión del Espíritu Santo son interdependientes. Dependía la una de la otra. La plena presencia del Espíritu Santo no podía ser una realidad hasta que Jesús hubiese completado su misión. Por otro lado, Jesús fue concebido del Espíritu Santo. También fue bautizado con el Espíritu (Marcos 1:9, 10). Jesús fue guiado por el Espíritu (Lucas 4:1). Cristo realizó sus milagros por medio del Espíritu (Mateo 12:24―32). Jesús se ofreció a sí mismo en el Calvario por medio del Espíritu, como leemos en Hebreos 9:14 “¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” Con todo esto, vemos claramente que la primera parte también dependía del Espíritu.
Cristo, como humano, fue la primera persona que experimentó la plenitud del Espíritu Santo. Es una verdad y una realidad el hecho de que Dios está deseando derramar su Espíritu sobre todo aquél que lo desee.

La Misión del Espíritu Santo

La noche antes de la muerte de Jesús en la cruz, el anuncio de su partida entristeció y preocupó mucho a sus discípulos. De inmediato, Jesús les anunció que recibirían el Espíritu Santo como su representante personal. Jesús les dijo: “No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros”. Este es el origen de la misión del Espíritu Santo.

El origen de la misión

En el Nuevo Testamento, al Espíritu de Dios se le llama de varias maneras. En Gálatas 4:46 se le llama “el Espíritu del Hijo”. En Romanos 8:9 se le llama “el Espíritu de Dios” y “el Espíritu de Cristo”. En 1 Pedro 1:11 se le llama “el Espíritu de Cristo”. Ahora surge la pregunta: “¿Quién originó la misión del Espíritu Santo, el Padre o el Hijo?” El propio Jesucristo reveló el origen de la misión del Espíritu Santo. Cuando lo hizo, mencionó dos fuentes. Por un lado dijo, en Juan 14:16 “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”. En Juan 15:26 se nos afirma “Pero cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que yo os enviaré de parte del Padre, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí”. Según estos dos pasajes, es el Padre quien origina la misión, el envío del Espíritu Santo. El propio Jesús, en Hechos 1:4 afirma que la recepción del Espíritu Santo es una promesa del Padre.
Por otro lado, Cristo también hizo referencias a sí mismo. Leamos Juan 16:7 “Yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré”. De este modo, podemos afirmar que el Espíritu Santo procede tanto del Padre como del Hijo. No tenemos por qué ver en los versículos anteriores ninguna contradicción. El Padre es el que lo envía, efectivamente. Pero Cristo, en tanto que ruega al Padre para que lo envíe, también es el originador o causante de la misión del Espíritu Santo. Por eso puede decir “os lo enviaré”.

Resumen

Hemos sido creados para ser morada del Espíritu Santo, cuya presencia perdió la raza humana por naturaleza. Se nos prometió de nuevo la presencia, pero no pudo ser de forma plena hasta después de la muerte de Cristo en el Calvario, pudiendo ahora nacer de nuevo en el Espíritu, siendo nuevas criaturas. El próximo tema trataremos el Espíritu Santo y su misión a favor de los creyentes. ¡Feliz Sábado!
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