“Como Dios” (Crecimiento Cristiano 4 de 6)

reachingoutLectura Bíblica: 2 Pedro 1:4.

INTRODUCCIÓN:

Muchos hablamos de Dios, de su poder, de su bondad, de su amor, y de muchos otros atributos que le corresponden. Decimos que hay que ser como Jesús, hablar y actuar como él lo hizo. Pero quiero recordar algo, Jesús es Dios, y por lo tanto, estamos diciendo que debemos ser “como Dios”. ¿Es eso posible? ¿No fue el pecado de Lucifer? Si fuese posible, ¿cómo podemos lograrlo? ¿Es imprescindible?

Participamos de la naturaleza divina.

Comencemos leyendo 2 Pedro 1:4 “Nos ha dado (Dios) sus promesas, que son muy grandes y de mucho valor, y por las cuales, llegaréis a ser participantes de la naturaleza divina y escaparéis de la corrupción que los malos deseos han traído al mundo”. Aquí se nos promete que tendremos acceso al poder divino, podremos tener parte o participar del poder de Dios. Este poder es el que obra cambios en nosotros. Y entonces sucede lo que describe Pedro a continuación del versículo anterior, 2 Pedro 1:5 – 9: “Por eso debéis esforzaros por añadir a vuestra fe la buena conducta; a la buena conducta, el conocimiento; al conocimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la devoción; a la devoción, el afecto fraternal; y al afecto fraternal, el amor. Si poseéis estas cualidades y las desarrolláis, ni vuestra vida será inútil ni habréis conocido en vano a nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no las posee es como un ciego o corto de vista; ha olvidado que fue limpiado de sus pecados anteriores”.
¿Cómo podemos conseguir esto? Sólo por medio de Cristo. Lo que transforma a los seres humanos a la imagen de su Creador, es el acto de revestirse, o participar, del Señor Jesucristo. Pablo nos dice en Romanos 13:14 “Revestíos del Señor Jesucristo como de una armadura, y no busquéis satisfacer los malos deseos de la naturaleza humana”.
¿Cómo nos revestimos de Jesucristo? La respuesta nos la da Pablo en Gálatas 3:27 “Y por el bautismo habéis sido unidos a Cristo y habéis sido revestidos de él”. Por supuesto que este bautismo tiene que ser algo consciente, no el que se la hace a los niños recién nacidos, que dicho sea de paso, no tiene base bíblica. Si Jesús nos dio ejemplo en todo, él fue bautizado bien mayorcito. Aunque de esto hablaremos en próximos programas más a fondo.
Pero el bautismo es sólo el inicio. Como bien dice Pedro, que no se nos olvide el perdón de pecados, pero hay que continuar a partir del bautismo. Hebreos 3:14 nos indica cómo “Porque para tener parte con Cristo hemos de mantenernos firmes hasta el fin en la confianza que teníamos al principio”. Debemos seguir confiando en Dios, como el día de nuestro bautismo (al principio). Recordemos de nuevo Tito 3:5 “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo”. La versión “Dios Habla Hoy” de la Biblia, vierte este texto de la siguiente manera: “Y nos salvó, no porque nosotros hubiéramos hecho nada bueno, sino porque tuvo compasión de nosotros. Por medio del lavamiento nos ha hecho nacer de nuevo (regeneración); por medio del Espíritu Santo nos ha dado nueva vida (renovación, algo nuevo)”. Esto son los tres factores que nos enseñan que sólo por Cristo, uniéndonos a Él en el bautismo, manteniendo nuestra fe en él con el paso del tiempo y siendo renovados en Él, es como participamos de la naturaleza divina, participamos del poder de Dios.
Esto científicamente no se puede explicar. Son asuntos que trascienden nuestro conocimiento y entendimiento. Es un misterio similar al de la encarnación del Hijo de Dios. De igual manera que el Espíritu Santo hizo posible que Cristo Dios, participase de la naturaleza humana, por ende, puede hacer posible que nuestra nosotros participemos de los rasgos de carácter divinos. Esta apropiación de la naturaleza divina, renueva nuestro ser interior, haciendo que nos parezcamos a Cristo (no en lo físico, cada uno es como es, sino en el carácter). Hay que matizar una cosa. Cristo, siendo Dios se hizo hombre. Pero nosotros, los creyentes, aunque participemos del poder divino, no pasamos a ser divinos ni dioses. Lo que sí hacemos es desarrollar un carácter semejante al de Dios. Esto es restaurar la imagen de Dios en el hombre, perdida por el pecado. Satanás quiso ser Dios, nosotros sólo queremos ser “como Dios”, semejantes a él en carácter.
¿Sucede esto de una vez, se puede decir, “yo ya lo he alcanzado”? La santificación, que abarca el participar de la naturaleza divina, es algo progresivo. Por lo que podemos decir que no es algo instantáneo y completo. Por medio de la oración y el estudio de la Palabra de Dios, crecemos constantemente en comunión con Dios. Cuidado, no es suficiente con una mera comprensión intelectual del plan de salvación. Podemos conocer de memoria, por ejemplo, el plan de evacuación de emergencia de nuestro puesto de trabajo. Pero si llegado el momento no lo ponemos en práctica, de nada nos sirve. Podemos conocer recetas de memoria, pero si no cocinamos, no sirven de nada. De igual manera podemos tener un poderoso conocimiento intelectual de Dios y su plan para rescatarnos. Pero, como dijo Jesús en Juan 6:53 – 56 “Os aseguro que si no coméis el cuerpo del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día último. Porque mi cuerpo es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre vive unido a mí, y yo vivo unido a él”.
En otras palabras. Jesús está diciendo que tenemos que asimilar sus palabras, comer y beber de su propia esencia, de todo lo que dijo, enseñó e hizo. En Juan 6:63 leemos: “Las cosas que os he dicho son espíritu y son vida”. Otro texto muy conocido, y que también aclara el tema es Mateo 4:4 “Pero Jesús contestó: La escritura dice: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de los labios de Dios”.
El carácter de cada uno de nosotros se compone de lo que “come y bebe” intelectualmente hablando. Si vemos violencia, nos volvemos violentos. Si observamos con frecuencia promiscuidad, acabaremos consintiéndola o practicándola. Nuestros procesos mentales se amoldan a aquello que vemos y oímos, aunque no queramos, es algo involuntario (dime con quién andas y te diré quién eres). De igual modo, si alimentamos nuestra mente con el Pan de Vida, con las palabras de Cristo y estudiamos lo que hizo y enseñó, nos vamos transformando a su imagen.

Las dos transformaciones.

Hubo un año especial por dos hechos memorables. 1517 d.C. En ese año, Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittemberg, en Alemania. En ese mismo año, el pintor Rafael comenzó a pintar en Roma su famoso cuadro de la transfiguración. Ambos hechos tienen algo en común. Lo que hizo Lutero marcó el inicio de la Reforma Protestante. Por otro lado, el cuadro de Rafael, aunque probablemente no era su intención, simbolizaba el espíritu de la Reforma. Ese cuadro muestra a Cristo de pie en la montaña, y al endemoniado en el valle, mirando hacia Cristo con una expresión de esperanza en el rostro. El suceso reflejado en ese cuadro, lo encontramos en Marcos 9:2 – 29. Hay dos grupos de discípulos, unos arriba en el monte de la transfiguración con Jesús (Pedro, Santiago y Juan). Los otros discípulos estaban abajo en el valle, intentado sanar a un muchacho pero sin poder conseguirlo. Estos dos grupos de discípulos representan dos clases de cristianos. Los tres discípulos que estaban en el monte de la transfiguración con Jesús, deseaban permanecer con Cristo, aparentemente sin sentir preocupación por lo que sucede en el valle, donde está la muchedumbre. A lo largo de los siglos, muchos han construido “refugios” en las montañas, alejados de las necesidades del mundo. Su experiencia consiste en oraciones sin obras, una fe indemostrada.
Por otra parte, los discípulos que estaban en el valle trabajaron sin orar, y sus esfuerzos por echar fuera el demonio fracasaron. Hay multitudes que se han visto aprisionadas, ya sea en una trampa de trabajar a favor de otros careciendo de poder, o en la de orar mucho sin trabajar por los demás. Estas dos clases de cristianos necesitan que se restaure en ellos la imagen de Dios.
¿Cuál es, entonces, la verdadera transformación? Dios espera reproducir su imagen en los seres caídos, transformando sus voluntades, sus mentes, sus deseos y caracteres. Cuando el Espíritu Santo trabaja en nosotros, se produce un cambio de nuestro punto de vista respecto las cosas. Inexplicablemente, comenzamos a hacer lo que antes nos era difícil o imposible. Damos los frutos del Espíritu que se encuentran en Gálatas 5:22, 23 “En cambio el Espíritu da frutos de amor, alegría y paz; de paciencia, amabilidad y bondad; de fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene cosas como éstas”. Por eso termina diciendo en los versos siguientes “y los que son de Cristo Jesús, han crucificado ya la naturaleza del hombre pecador junto con sus pasiones y malos deseos. Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe”. Si dejamos que el Espíritu de Dios nos guíe, los frutos mencionados antes pasan a ser nuestro estilo de vida, aunque sigamos siendo mortales corruptibles hasta que Jesús regrese.
Si realmente no nos resistimos al Salvador, Jesús se identificará tanto con nuestros pensamientos y metas, y llegará a amoldar de tal manera nuestro corazón y mente a su voluntad, que cuando le obedezcamos, no lo haremos pensando en qué tenemos que hacer o dejar de hacer. Simplemente estaremos haciendo nuestra voluntad, que ya ha sido santificada. Entonces será una delicia servir a Dios.
Volviendo al cuadro de Rafael, el episodio de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Cristo en el monte se tranfiguró . El muchacho del valle, también estaba transfigurado por Satanás. Vemos un contraste, la voluntad de Dios de devolver la imagen divina en el ser humano, y por otro lado, contrasta la voluntad de Satanás de recrear su imagen perversa en la humanidad, como lo hizo en aquél niño.
La vida implica constantes cambios. No hay terreno neutral. Bien estamos siendo ennoblecidos por Dios, o bien estamos siendo degradados por Satanás. Como dice Pablo en Romanos 6:17 y 18, o somos esclavos del pecado, o somos siervos de justicia. El que ocupa nuestras mentes, nos ocupa a nosotros. Si Cristo por su Espíritu tiene lugar en nosotros, él nos llena con todo lo que implica. Pero si estamos sin Cristo, eso nos separa de la fuente de vida, y hace que nuestra destrucción sea inevitable. Por cierto, no hay términos medios. Cristo dijo: “Quien conmigo no junta, desparrama”.

Resumen.

Hoy hemos visto cómo participamos de la naturaleza divina, cómo podemos ser “como Dios”. Esto son los tres factores que nos enseñan que sólo por Cristo, uniéndonos a Él en el bautismo, manteniendo nuestra fe en él con el paso del tiempo y siendo renovados en Él, es como participamos de la naturaleza divina, participamos del poder de Dios. La santificación, que abarca el participar de la naturaleza divina, es algo progresivo. El carácter de cada uno de nosotros se compone de lo que “come y bebe” intelectualmente hablando. De igual modo, si alimentamos nuestra mente con el Pan de Vida, con las palabras de Cristo y estudiamos lo que hizo y enseñó, nos vamos transformando a su imagen. Cuando el Espíritu Santo trabaja en nosotros, se produce un cambio de nuestro punto de vista respecto las cosas. Si realmente no nos resistimos al Salvador, Jesús se identificará tanto con nuestros pensamientos y metas, y llegará a amoldar de tal manera nuestro corazón y mente a su voluntad, que cuando le obedezcamos, no lo haremos pensando en qué tenemos que hacer o dejar de hacer. Simplemente estaremos haciendo nuestra voluntad, que ya ha sido santificada. Entonces será una delicia servir a Dios. La vida implica constantes cambios. No hay terreno neutral. Bien estamos siendo ennoblecidos por Dios, o bien estamos siendo degradados por Satanás. Si Cristo por su Espíritu tiene lugar en nosotros, él nos llena con todo lo que implica.
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