Jesús el “Profesional” II - (Jesucristo 11 de 11)

Introducción.

En el tema anterior comenzamos a ver los oficios de Jesús. Como Profeta, por cuanto reveló la voluntad del Padre a los hombres, como sacerdote, en dos fases, su ministerio en la tierra y ministerio celestial. Hoy vamos a tratar el ministerio celestial de Cristo y su función como Rey.

El Sacerdocio celestial de Cristo.

Como ya hemos visto, el ministerio sacerdotal de Cristo comenzó en este mundo. Pero ese ministerio no acaba en la cruz, sino que continúa, la cruz sólo es una parte del plan. El ministerio se completa en el cielo. El hecho de que Cristo fuese humillado identificándose con la raza humana, lo cualificó para ser nuestro representante en los atrios celestiales. Jesucristo es el único Sumo Sacerdote o Sumo Pontífice. Así lo leemos en Hebreos 2:17 y 18 “Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo. Pues por cuanto Él mismo fue tentado en el sufrimiento, es poderoso para socorrer a los que son tentados”.
Un texto que ya hemos leído, es Zacarías 6:13 que dice: “Sí, Él reedificará el templo del SEÑOR, y Él llevará gloria y se sentará y gobernará en su trono. Será sacerdote sobre su trono y habrá consejo de paz entre los dos oficios”. En esta profecía de Zacarías se nos anuncia que el Mesías sería Sacerdote. Después de la humillación de la cruz, Cristo sería exaltado, “llevará gloria y se sentará en el trono”.
Un texto sumamente clarificador es Hebreos 8:1, 2 “Ahora bien, el punto principal de lo que se ha dicho es éste: tenemos tal sumo sacerdote, el cual se ha sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre”. Ahí es donde podemos encontrar a nuestro Salvador hoy día. Nuestros ruegos y súplicas en forma de oración, son presentados por Cristo delante del Padre.
Inmediatamente después de la ascensión al cielo, Cristo comenzó su obra intercesora. En el Santuario o Templo judío, hecho a imagen del Santuario celestial, una maqueta a escala del que hay en los cielos, tenía un altar para ofrecer incienso. La nube de humo de incienso que subía de ese altar, simbolizaban las oraciones, los méritos y la justicia de Cristo, agradables al Padre. Nuestras oraciones son mezcladas con los méritos de Cristo, y eso hace que sean aceptables delante de Dios.
En el Santuario que había en Palestina, el incienso tenía que ser quemado en el altar del incienso, sobre carbones encendidos. Estos carbones eran tomados del altar de los sacrificios que estaba a la entrada, en el exterior. De esta manera se ve la relación entre el sacrificio presentado y la intercesión. Esto es la simbología, pero la realidad es que Cristo tenía que ser sacrificado primero, para luego poder prestar servicio como intercesor.
Dicho de otro modo, al igual que las brasas del sacrificio servían de base para luego quemar el incienso dentro del santuario, el sacrificio de Cristo es la base para luego interceder en el santuario celestial.
Por otro lado, la intercesión de Cristo nos anima como pueblo. Cristo vive para siempre, por lo cual, jamás nos quedaremos sin intercesor delante del Padre. Como dice Hebreos 7:25 “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”.
Prueba de la efectividad de la obra intercesora de Cristo en el Santuario celestial la tenemos en 1 Juan 2:1 “hijitos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Y si alguno peca, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Cristo hace de abogado, ofreciendo su sacrificio en nuestro lugar. Por eso, las acusaciones que pueda hacer Satanás de nuestros pecados, si son confesados, no tiene efectividad. La condena ya ha sido aplicada y pagada. Cristo murió en lugar de aquél que confesó su pecado. En este sentido apunta la pregunta del apóstol Pablo en Romanos 8:34 “¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. Jesús, mientras aún estaba con sus discípulos, conociendo su próxima labor de Mediador, anunció a sus discípulos en Juan 16:23 “De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará”.

Cristo como Rey.

Para comenzar con Cristo como Rey, vamos a leer el Salmo 103:19 “El Señor ha establecido su trono en los cielos, y su reino domina sobre todo”. Cristo, como miembro de la Deidad, lógica y naturalmente comparte la soberanía y el gobierno sobre todo el universo.
Como Dios-hombre también ejerce autoridad, sobre aquellos que le han aceptado como Señor y Salvador. Cristo no obliga ni fuerza a nadie que no quiera aceptarlo voluntariamente. Satanás sí que no pide permiso a nadie para someter, obligar y forzar. Cristo es un caballero, Lucifer juega sucio. Este es el porqué de tanto sufrimiento en este mundo. Satanás es el causante de todo el dolor, y si además el ser humano no desea entregar su vida a Dios de forma voluntaria, la está entregando de forma involuntaria al dominio del ángel caído.
Aunque Cristo ha establecido lo que llamamos el Reino de Dios, que es su soberanía sobre los creyentes, no lo ha hecho sin lucha y gratuitamente. Dice Salmo 2:2 “Se levantan los reyes de la tierra, y los gobernantes traman unidos contra el Señor y contra su Ungido (Cristo)”. Su gobierno es único, porque además de rey es sumo sacerdote. El que aboga por nosotros es quien nos gobierna. ¿Qué más se puede pedir?
A la virgen María, Gabriel le anunció (Lucas 1:33) que su hijo “reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. Ahora quisiera entrar en dos facetas de su reinado. Se describe a Cristo con dos tronos (simbólicamente hablando). En Hebreos 4:16 se nos habla del “trono de la gracia”. Esto representa el “reino de gracia”. Mientras que en Mateo 25:31 se nos habla del “trono de gloria”, representando el reino de la gloria.

El reino de la Gracia

El reino de la gracia comenzó tan pronto pecó el primer ser humano. Vimos en temas anteriores que Adán y Eva debían haber caído fulminados en el momento en que pecaron. Pero Dios ya había establecido previamente un plan de emergencia, que entró en marcha tan pronto el pecado entró en este mundo. Es por gracia divina por lo que nuestros primeros padres no murieron instantáneamente. Desde entonces, todos los seres humanos, por fe podíamos ser ciudadanos del reino de gracia, es decir, entrar a disfrutar de las promesas divinas de resurrección y restauración. Todo estaba establecido provisionalmente hasta que Cristo vino y murió en la cruz, consolidando ese reino de gracia, confirmando el perdón y las promesas hechas a aquellos que vivieron antes de su muerte.
El reino de la gracia (perdón gratuito) se basa en la obra de la redención, el sacrificio de Cristo en nuestro lugar y la intercesión por nosotros. Para participar de ese reino es necesario el “nuevo nacimiento” del que habla Cristo en Juan 3:5 “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. Es decir, debemos entregar nuestra vida a Dios, y observaremos cómo irá cambiando, poco a poco seremos transformados, cambiará nuestro carácter a medida que vayamos estando más tiempo en comunión con Dios orando y leyendo su Palabra. Jesús comparó este desarrollo con el crecimiento de una semilla de mostaza. Al principio es algo diminuto, prácticamente insignificante, como un grano de mostaza. Tan sólo una decisión, la de seguir al Señor. Pero ese grano de mostaza, con buena tierra, y bien regado, crecerá hasta ser un arbusto de unos dos metros de altura. De una semilla que es como el punto de una i, no sale de la noche a la mañana una planta de 2 metros de altura. Pero llegará a serlo. Igual sucede con la vida del cristiano, al principio sólo es una decisión. Si tiene la tierra de las oraciones y el agua de la lectura de la Palabra de Dios, poco a poco brotará, e irá creciendo hasta tener un cristiano firme, de “2 metros de altura” en el reino de la gracia.

El Reino de Gloria.

En el monte de la transfiguración se representó el reino de gloria. Allí Cristo se presentó con su propia gloria. Dice Mateo 17:2 que “resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz”. Según el relato evangélico Moisés y Elías estaban allí, representando a los dos tipos de redimidos que estaremos en el reino celestial. Moisés, quien murió antes de que Israel entrase en Canaán, fue resucitado poco después y ascendido al cielo (así en Judas 1:9). Moisés representa a aquellos que estarán en el reino celestial tras haber sido resucitados. Elías fue ascendido al cielo sin ver la muerte. Elías representa a aquellos que estemos vivos cuando Jesucristo regrese por segunda vez a esta tierra, y pasemos a ser miembros de su reino sin haber conocido lo que es morir.
El reino de gloria se instalará en medio de grandes señales y acontecimientos, como se puede leer en Mateo 24. Después que Cristo haya terminado su labor como Intercesor en el cielo, vendrá a buscarnos, y a establecer el reino de gloria. Si aceptamos a Cristo como nuestro Salvador personal, podemos convertirnos hoy en ciudadanos de su reino de gracia, y participar del reino de la gloria cuando venga por segunda vez. Tenemos delante de nosotros una vida ilimitada. La vida que Cristo nos está ofreciendo ahora no es una vida llena de fracasos y esperanzas infundadas, o sueños por aquí y por allá. Cristo nos está ofreciendo una vida de continuo crecimiento, de éxito, de amor verdadero, de gozo, llena de paz. Una vida de fe, de bondad, de autocontrol, una vida tranquila. ¿Quién puede resistirse a una oferta como esta?

Resumen

Hemos repasado el sacerdocio celestial de Cristo, que es la continuación necesaria de la muerte en la cruz. Precisamente el sacrificio de la cruz capacitó a Cristo para la segunda parte de su labor, la intercesión, por comprendernos e identificarse con nosotros para poder representarnos.
En el santuario celestial, Cristo toma nuestros ruegos y súplicas y los presenta delante del Padre. Si pecamos, Cristo está allí presentando su sangre, su sacrificio en nuestro lugar, ofreciendo el perdón por nuestro pecado.
También hemos visto que Cristo, como rey, tiene gobierno y poder sobre toda la creación, el universo entero, ya que es Dios. Como Dios-Hombre, también tiene el gobierno sobre los creyentes, en dos fases: El reino de gracia, establecido desde que Adán y Eva pecaron; y el reino de Gloria, que será establecido cuando Jesucristo regrese por segunda vez a esta tierra. ¡Feliz Sábado!
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