La flor en ojo ajeno

soul's flower


LA FLOR EN OJO AJENO.

Lectura Bíblica: Gálatas 6:1―2.

Introducción.

(Basado en Ayuda para la vida cotidiana, EGW. pp. 34―39).

Todos conocemos el famoso refrán, que nuestro propio Señor mencionó. Vamos a leer Lucas 6:41―42: “¿Por qué miras la brizna de paja que está en el ojo de tu hermano pero dejas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que yo saque la brizna de tu ojo’, sin que mires la viga que está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás bien para sacar la brizna que está en el ojo de tu hermano”. Por regla general usamos este texto para hacer ver a los demás que no está bien criticar, ni sacar en falta los defectos de otros. Y eso es cierto, lo que pasa es que a veces ni siquiera se lo comentamos al interesado en sí. Jesús nos dice qué no debemos hacer, pero la Biblia en otro lugar nos dice qué sí debemos hacer.

Lo que hay que hacer.

En Proverbios 17:9 leemos algo interesante: “El que encubre la falta busca la amistad; el que la divulga, aparta al amigo”. En otra versión lo dice de forma más clara: “El que cubre una falta busca afecto, pero el que repite el asunto separa a los mejores amigos”. Esta es la otra cara de la moneda. No se trata de consentir en el pecado de otros, Jesús jamás actuó así. De hecho esto ya lo hemos tratado en otras ocasiones, el pecado de los “demás” y el de uno mismo, se habla en privado, con la/s persona/s afectadas, y así debe quedar, en secreto. A eso hace referencia el texto de Proverbios.

Lo que no debemos hacer es sacar la paja del ojo ajeno, “en público”, cuando a nosotros nos pueden sacar “una viga” del nuestro. Debemos practicar el hábito de hablar bien de los demás. Demasiado a menudo nos salen con más facilidad las críticas hacia otros que los elogios. Recordamos con frecuencia las palabras que dicen que Jesús acusaba el pecado, pero se nos olvidan las otras que dicen que Jesús jamás pronunció una palabra que fuese un peso para un alma apesadumbrada.

Hablar bien de los demás es algo que por desgracia va en contra de nuestra naturaleza, nos gusta chismorrear, nos gusta criticar, ¡para hacer justicia además! Pero nos cuesta mucho ser agradecidos y pronunciar palabras de elogio de forma más o menos constante. Por eso debemos trabajar para que esto sea un hábito, porque no lo suele ser en la mayoría de nosotros (¡y yo el primero!).

¿Cómo podemos conseguir hacer estas cosas siendo que estamos acostumbrados a lo contrario? El apóstol Pablo nos echa una valiosísima mano al respecto. Nos da la clave de lo que se llama AMP, Actitud Mental Positiva. ¿Dónde? En Efesios 4:8 “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad”. Si tuviésemos tiempo, haríamos un ejercicio muy importante e interesante. Nos pondríamos a pensar en aquellas personas que nos caen francamente mal. En ese momento habría que hacer un esfuerzo, y pensar en una cualidad positiva de esa persona, ¡seguro que encontramos alguna! Pues en eso es en lo que debemos meditar, lo que hay que comentar con otros (los “defectos” se comentan personalmente, recordemos Mateo 18), esas virtudes son las que hay que potenciar.

Sé que cuesta, pero debemos fijarnos lo menos posible en las faltas y errores de los que nos rodean (a no ser que sea para comentar bis a bis, y luego olvidar el asunto). El pecado es una enfermedad que nos plaga, nos contagia de todo lo malo. Muchas enfermedades necesitan una terapia que incluye el ejercicio de la voluntad. Este caso no es menos. Cuando sintamos deseos de “lamentarnos”, de “desahogarnos” con el vecino de al lado por lo malo que se nos ha hecho, por lo que se nos ha dicho, deberíamos sacar fuerzas, no para callar, que eso es lo que como mucho solemos hacer. Si callamos hemos “tapado” la válvula de escape, y la olla a presión aún se “hincha” más, con lo que la postrer fuga será más violenta, por habernos reprimido. Así no se soluciona. Deberíamos echar agua fría para bajar la presión, es decir, hacer lo contrario de lo que nos apetece. Deberíamos de tomar y hablar de aquello positivo que vemos en esa persona que estábamos a punto de criticar.

El agradecimiento.


Dice el refranero: “Es de bien nacido ser agradecido”. Sé de personas que de forma natural, con cualquier motivo encontraban excusa para orar a Dios dando gracias. No importa quién estuviese delante, creyente o no, contagiaba felicidad y gratitud, y del modo más natural decía: “Estoy tan feliz de haberte visto (o cualquier otra excusa) ¿qué te parece si le damos gracias a Dios?” Prácticamente nadie se niega a esta invitación. El agradecimiento a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros debe ser constante en nuestra mente. De este modo nos parecerán pequeñeces lo que los demás nos puedan “supuestamente” hacer.

Estar ocupados.


Otra herramienta para no caer en el error de la paja y la viga es no estar ociosos. Dice el refrán que cuando la vaca (o el burro) no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Nosotros, cuando nos sobra “tiempo”, matamos hermanos, compañeros y vecinos con la “sinhueso”. Si nos mantenemos ocupados con actividades, en el trabajo, en casa, en la iglesia, etc. buscaremos ayuda en los demás, en vez de buscar (y por supuesto encontrar) defectos. Hablar mal es una maldición doble, que recae de forma más pesada sobre el que la pronuncia que sobre el que la escucha. Ambas cosas están mal.

Hoy estoy muy refranero. Otro refrán dice: “El que siembra vientos, cosecha tempestades”. Pero eso mismo ya lo dice la Biblia. Dice Proverbios 22:8 “El que siembra iniquidad segará maldad, y la vara de su ira será destruida”. Otros pensamos que con nuestro razonamiento, nos justificamos para poder hablar sobre otros. Pero Pablo nos advierte en Gálatas 6:7 “No os engañéis; Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará”.

Cuando alguien se ejercita en buscar lo negativo, los defectos en los demás, se potencian malos rasgos en uno mismo (la crítica, la rigidez, la intolerancia, etc.) Pero si uno se ejercita en buscar los buenos rasgos o aspectos de los demás, sucede lo contrario. Somos lo que comemos. Nuestro carácter se alimenta de aquello en lo que meditamos y hablamos. Si busco la paja en el ojo ajeno, yo acabo teniendo una viga en el ojo propio. Si busco la flor en ojo ajeno, acabaré teniendo un jardín en mi vida.

Contemplar a Cristo.


Hermanos, cuántas veces se nos ha dicho que necesitamos meditar acerca de la vida de Jesús cada día. Incluso se ha afinado diciendo que deberíamos meditar cerca de una hora cada mañana. ¿Por qué? Pablo de nuevo tiene la respuesta en 2 Corintios 3:18 “Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor”. En la medida en la que contemplemos a Cristo, seremos transformados a su imagen. Debemos hacer lo mismo con los que nos rodean, contemplar las virtudes, “encubrir” el error, (repito que no es tolerarlo, sino hablarlo en privado, y luego enterrar el asunto sin que nadie más lo sepa). Si por el contrario, contemplamos otras cosas, seremos transformados a imagen de esas cosas que tanto ocupan nuestro pensamiento y conversación. Por este mismo motivo, Pablo un poco más adelante afirma en 2 Corintios 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Indiferencia.


Por demás, descubro que soy indiferente con los que me rodean. A menudo nos preocupamos tanto del agravio que nos han hecho a nosotros, de mi dolor, mi agravio, mi afrenta¸ y tenemos tantos deseos de que los demás lo sepan, que con frecuencia se nos olvida que los demás también necesitan palabras de ánimo como nosotros. Esto sucede en el puesto de trabajo, y en muchos otros lugares. Es nuestro deber hacer saber que tenemos simpatía por ellos, y que oramos por ellos, es más, deberíamos hacerles saber que oramos por ellos.

Es cierto que entre los profesos seguidores de Cristo hay quienes no son discípulos verdaderos. De sobra recordáis la parábola del trigo y la cizaña. ¡Y cuán a menudo la mencionamos entre nosotros! Pero se nos olvida la respuesta del Señor del campo en Mateo 13:29 y 30 cuando le pidieron permiso para arrancar la cizaña: ¡Dejad que crezcan juntos, no sea que arranquéis también el trigo! Hasta que Jesús regrese, habrá trigo y cizaña en la iglesia. No es nuestra labor separar lo uno de lo otro.

Jesús es nuestro ejemplo en todo ¿no es así? Jesús sabía desde el principio quién era Judas y lo que iba a hacer, sin embargo, no lo echó de su equipo de trabajo. ¿Debería ser causa de sorpresa o de desaliento el que haya hoy hipócritas entre los obreros de Cristo? Si Jesús sabía quién era Judas y lo que iba a hacer, y aún así le dio las mismas oportunidades que al resto de los discípulos, ¿por qué nosotros no vamos a hacer lo mismo con los que yerran? Tengamos presente que esos que “yerran”, los que nos equivocamos, ni siquiera llegamos a ser como Judas.

Seamos como Cristo.


El impetuoso Pedro, que estaba dispuesto a morir por su Maestro, seguro de sí mismo, aparentaba a menudo ser inferior a Judas. Es más, Jesús reprendió a Pedro más veces que a Judas. Sin embargo, ¿quién tuvo una vida de servicio y sacrificio? En la medida en la que nos sea posible, debemos ser para los demás como Jesús fue para sus discípulos mientras estuvo aquí en la tierra.
Considerémonos como misioneros, principalmente ante los compañeros de trabajo, que a fin de cuentas es con quienes pasamos más horas al cabo del día. A menudo cuesta mucho tiempo trabajar y ganar un alma para Cristo. Recordemos el texto de Lucas 15:7 “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”. ¿Pueden entonces los ángeles alegrarse cuando nos ven indiferentes ante los que nos rodean? Si Jesús nos tratara como nosotros nos tratamos los unos a los otros con frecuencia, ¿quién de nosotros sería salvo?

Debemos recordar que no podemos leer el corazón, mientras que Dios sí lo hace. No conocemos los motivos que llevan a las personas a hacer las cosas, que nos pueden parecer malas acciones. Hay muchos que somos toscos, secos en el trato con los demás, yo el primero, pero eso puede ser a causa de muchas circunstancias, la educación, la vida, etc. La gracia de Cristo ya está trabajando en nosotros para evitar estas cosas. A menudo pensamos “se merece que le digan esto y lo otro”. Y eso precisamente puede acabar de romper los ya estrechos lazos que unen a esa alma con la iglesia o con el Salvador, ¡menos mal que nuestras intenciones eran las mejores!

Dice la pluma inspirada: “La vida consecuente, la sufrida prudencia, el ánimo impasible bajo la provocación, son siempre los argumentos más decisivos y los más solemnes llamamientos”.

Cuando antiguamente se sellaba o lacraba una carta, se derretía un poco de cera o lacre en el sobre. Si se deseaba que el sello quedase bien grabado, legible, se oprimía suavemente y durante un tiempo, hasta que la cera se endurecía, y quedaba el sello marcado. Si se hacía de golpe, como hacemos hoy día con los “matasellos” o “tampones”, se estropeaba la cera, no quedaba la marca del sello de la forma deseada. Lo mismo sucede con las personas. No se trata de dar un “golpe seco”, una frase “supuestamente espetada en un momento oportuno”. Esto puede hacer más daño que otra cosa. El secreto del éxito que consigue un cristiano está en la influencia continuada, paciente, como el sello sobre la cera blanda. Eso es lo que hizo Cristo con sus discípulos durante tres años y medio.

Algunos dicen, y con razón que Jesús en algún momento se enojó, con “santa ira”. Pero no lo andaba haciendo día sí y día también. Precisamente porque era algo excepcional y muy puntual, es recogido en los evangelios. No nos da permiso para andar espetando nuestra opinión a los demás si quiera una vez al mes. Debemos influir para bien. Hablar lo desagradable a solas y con mucho cariño. Debemos exponer sincera y tranquilamente lo que hemos experimentado, para que nos aclaren el por qué. Esto nos hará ser una influencia positiva entre nuestros compañeros de trabajo.

Hasta que Jesús regrese, no sabremos cuánto influimos para bien o para mal en los que nos rodearon. Entonces nos llevaremos una sorpresa. Cuando nos agravian la reacción natural es expresar indignación. Y la persona que cometió la falta, se prepara para la reprimenda, se pone el “impermeable”. Pero, si vamos con otro talante, romperemos la barrera de hielo que se ha puesto por en medio. Dice Proverbios 15:1 “La respuesta suave aplaca la ira, pero la palabra áspera hace subir el furor”. Es más, lograremos que otros deseen seguir ese mismo tipo de conducta ejemplar, llena de paz que no se puede perturbar ni con una mala acción.

Conclusión.


Pablo nos resume de forma magistral el tema de hoy en Gálatas 6:1―2 “Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”.

Debemos recordar que como hijos e hijas de Dios, deberemos tratar con todo tipo de personas, toscas, refinadas, humildes, orgullosas, creyentes, escépticos, educados, ignorantes, ricos y pobres. Es imposible tratar a todos de la misma manera, con el mismo patrón, pero todos necesitan bondad y simpatía (que repito no son risitas ni hacerse el gracioso). Esta labor de paso nos refinará a nosotros mismos. Dependemos los unos de los otros para ir mejorando y alcanzar la idoneidad para el cielo. El mero hecho de convivir con los demás, de relacionarnos con los que nos rodean debería de ser un medio más para alcanzar almas y llevarlas a Cristo, si estamos santificados por el Espíritu Santo.

Observemos al Maestro, para aprender a fijarnos en lo bueno de los demás, y así cada vez ser más semejantes a nuestro Salvador. Busquemos la flor en el ojo ajeno, y tendremos un hermoso jardín en nuestra vida.

¡Amén! Feliz sábado.
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