Jesús el “Profesional” I - (Jesucristo 10 de 11)

Introducción.

Cristo tenía que ser humano para poder representar a la raza humana como Pontífice o Sumo Sacerdote. Por otro lado, al hacerse humano, podía alcanzar a aquellos que estamos separados de Dios por culpa del pecado, incluso los más degradados. Haciéndose humano, Cristo pudo morir y de ese modo, ofrecer su vida en lugar de la nuestra, y pagar por el pecado para liberarnos de la muerte eterna. Como hombre nos dejó ejemplo de cómo vivir. De no haber sido hombre, sería un ejemplo no válido por no estar en igualdad de condiciones. Hoy vamos a tratar más motivos por los que Cristo se hizo hombre, y qué oficios desempeñó entre nosotros.

Para velar la divinidad con la humanidad.

Cristo tuvo que velar, es decir, cubrir su divinidad con el ropaje de la humanidad, dejando a un lado su gloria y majestad celestial, con el fin de que los pecadores pudiesen existir en su presencia sin ser destruidos. En Éxodo 19:21 así instruyó Dios a Moisés: “Desciende, advierte al pueblo, no sean que crucen los límites para ver al Señor y perezcan muchos de ellos”. El mero hecho de estar en presencia de Dios, en nuestro actual estado pecaminoso, nos supondría la muerte inmediata, debido a la grandísima gloria de Dios. Por eso el Verbo tuvo que hacerse hombre, revestirse de humanidad, para que pudiésemos soportar su presencia. Por eso, aunque era igual a Dios, no lo estimó como algo a qué aferrarse. Tomó entonces forma de siervo semejante a los hombres.

Para vivir victoriosamente.

La humanidad de Cristo nunca habría podido resistir por sí sola los poderosos engaños de Satanás. Logró vencer el pecado debido a que en él “habitaba corporalmente toda la plenitud de la deidad” (Colosenses 2:9). El hecho de haber confiado completamente en su Padre, su “poder divino combinado con la humanidad obtuvo una victoria infinita a favor del hombre” (E.G.W. “Temptation of Christ” Review and Herald, 13 de Octubre 1874, p. 1).
La experiencia que Cristo adquirió en cuanto a la vida victoriosa no es privilegio exclusivo suyo. No ejerció ningún poder que la humanidad no pueda ejercer. Nosotros también podemos ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efe. 3:19). Como vimos en el tema anterior, podemos ser participantes de la naturaleza divina, tal como dice el apóstol Pedro en 2 Pedro 1:4. Participando de Cristo, nosotros participamos de su divinidad, y así del mismo poder que le ayudó a vencer el pecado.
La clave para poder vivir esta experiencia, es la fe en las “preciosas y grandísimas promesas” de Dios en su Palabra. Por medio de esas promesas podemos llegar a ser participantes de la naturaleza divina”. Si aceptamos esas promesas y confiamos en que Dios las va a cumplir, efectivamente, las cumplirá y las experimentaremos. Cristo nos ofrece el mismo poder por el cual él venció, de modo que todos podamos obedecer fielmente y gozar de una vida victoriosa.
Jesucristo nos hace una promesa en Apocalipsis 3:21: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”.

Los Oficios de Cristo Jesús.

Los oficios de profeta, sacerdote y rey eran exclusivos y requerían en general un servicio de consagración por medio de la unción. La palabra Mesías, significa Ungido. El Mesías del que se profetizó en el Antiguo Testamento, debía cumplir con los tres cargos, el de rey, profeta y sacerdote. Por eso se le llama el “Ungido” o Mesías.
Por un lado, Cristo realiza su obra como mediador entre Dios y nosotros, gracias a esa triple función de profeta, rey y sacerdote. Recordemos que Profeta es todo aquél que habla de parte de otra persona, como vimos en la primera creencia fundamental. Cristo como Profeta, proclamaba ante nosotros la voluntad de Dios, nos la daba a conocer. El sacerdote tiene la función representativa, es decir, representa a alguien frente a otra persona. Cristo es nuestro sacerdote, representándonos delante del Padre, y viceversa. Por último, Cristo como Rey, ejerce la bondadosa autoridad de Dios sobre su pueblo.

Cristo el Profeta.

Dios reveló a Moisés el carácter profético del Mesías venidero. Le anunció en Deuteronomio 18:18 “Les levantaré un profeta de entre sus hermanos, y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mande”. De hecho, los contemporáneos de Cristo reconocieron el cumplimiento de esta profecía, por ejemplo en Juan 6:14 “Entonces, cuando los hombres vieron la señal que Jesús había hecho, decían: --¡Verdaderamente, éste es el profeta que ha de venir al mundo!”. En Juan 7:40 vemos una afirmación parecida: “Entonces, cuando algunos de la multitud oyeron estas palabras, decían: "¡Verdaderamente, éste es el profeta!".
Jesús mismo se describió como profeta, lo podemos leer en Lucas 13:33 donde dice: “es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén”, haciendo referencia a sí mismo. Otra función de un profeta es revelar el futuro, y Cristo así lo hizo en Mateo 24, por ejemplo.
Antes de su encarnación, Cristo llenó a los escritores bíblicos de su Espíritu, y les dio profecías relativas a sus sufrimientos y las glorias que habían de venir. Esto lo podemos leer e 1 Pedro 1:11: “Ellos escudriñaban para ver qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, quien predijo las aflicciones que habían de venir a Cristo y las glorias después de ellas”. Aún después de la ascensión, continuó revelándose a su pueblo. Se mostró a Pablo, cuando le llamó, y años posteriores, le reveló a Juan el Apocalipsis. La escritura especifica que aún años muy posteriores, Dios tendría un pequeño pueblo, un resto o remanente que le sería fiel. Esto lo encontramos en Apocalipsis 12:17, donde leemos que el dragón, o Satanás, “se enfureció contra la mujer, y salió para hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús”. En lenguaje profético, “mujer” significa “iglesia”, así que en este texto estamos leyendo que el resto fiel de la iglesia tiene dos características, la primera es que guarda los mandamientos de Dios, y la segunda es que tiene el “testimonio de Jesús”. Según Apocalipsis 19:10 “el testimonio de Jesús es el Espíritu de la Profecía”. Cristo se ha estado revelando después de su ascensión a los cielos, aunque esto lo tocaremos más adelante.

Cristo el Sacerdote.

Otra función de Cristo es la de Sacerdote. El sacerdocio del Mesías había sido predicho con juramento divino. Lo podemos leer en Salmo 110:4: “El SEÑOR ha jurado y no se retractará: Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”. En lo que al sacerdocio se refiere, el oficio se heredaba de padres a hijos. Pero la misma decisión de que Aarón fuese sacerdote, la tomó Dios, al igual que Melquisedec, contemporáneo de Abraham. Sólo Dios estableció su sacerdocio. De igual manera, el Mesías sería sacerdote por mandato divino, y no por herencia alguna. A eso se refiere el texto de Hebreos 5:6 cuando afirma “tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”, esto es según la orden divina. Por otro lado, el sacerdocio de Cristo tenía dos fases, una terrenal y otra celestial.

El sacerdocio terrenal.

El oficio del sacerdote junto al altar de los sacrificios en el antiguo santuario, señalaba y mostraba cuál era el ministerio terrenal de Jesús. El Salvador cumplía perfectamente todos los requisitos necesarios para el oficio de sacerdote: Era hombre, perfectamente hombre, y además había sido “llamado por Dios”. Actuaba, “en lo que a Dios se refiere”, cumpliendo la tarea especial de ofrecer “ofrendas y sacrificios por los pecados” (Hebreos 5:1, 4, 10).
Dicho de otro modo, la tarea del sacerdote era reconciliar con Dios a los penitentes, a aquellos que se arrepentían de sus faltas, a través del sistema de sacrificios establecido en el templo. Todo ese sistema de sacrificios era una representación de algo que tenía que acontecer en el futuro, una provisión por todos nuestros pecados.
Los sacrificios se mantenían de forma continua y diaria, representando así la perenne disponibilidad del perdón. Todo aquello señalaba al sacrificio de Cristo, que ocurrió una única vez y para siempre, no obstante, el perdón está al alcance de todos de forma constante, y no sólo aquél día en que nuestro Salvador murió en el Calvario. Eso es lo que significa el sacrificio continuo.
Claro está que aquellos sacrificios no eran suficientes para perdonar realmente los pecados. Además de no quitar realmente la culpa, asunto que sólo cumple la muerte de Cristo, hay otro motivo más por el que no eran suficientes. Los sacrificios no podían perfeccionar al penitente, al que acudía arrepentido, ni tampoco podían producir una conciencia clara en la persona. Así lo leemos en Hebreos 1:1―2: “Nunca puede, por los mismos sacrificios que ellos ofrecen continuamente año tras año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera, ¿no habrían cesado de ofrecerse, ya que los adoradores, una vez purificados, no tendrían ya más conciencia de pecado?” Finalmente en el versículo 4 leemos: “Porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados”. Acertadamente en Hebreos 9:9 se nos explica el significado de todo esto: “Lo cual es un símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto en su conciencia al que practica ese culto”. Aunque en este texto se insiste en la idea de que no se puede perfeccionar una conciencia, es decir, calmarla, acallarla, se indica que el motivo es porque son símbolos del “tiempo presente”, habla un contemporáneo de Jesús. Es decir, no tiene efectividad porque sólo es una figura o sombra o símbolo de aquello que sí es realmente efectivo, el sacrificio de Cristo. Eran sombra de cosas mejores que estaban por venir. El Antiguo Testamento anunciaba que el Mesías debía tomar el lugar de esos sacrificios de animales, lo encontramos en Salmo 40:6―8, palabras que repite el autor de Hebreos, en Hebreos 10:5―9. Leemos el versículo 5 solamente: “Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo”. Todos estos sacrificios, entonces, señalaban a los sufrimientos de Cristo en nuestro lugar, así como su muerte por nosotros, al igual que aquellos animales morían simbólicamente en lugar del pecador arrepentido. Por eso el Mesías, Cristo, es nuestro Salvador, nos salva de lo que merecemos, poniéndose en nuestro lugar.
Durante su ministerio terrenal Jesús fue a la vez, Sacerdote y Ofrenda. Su muerte en la cruz fue parte de su obra sacerdotal, no la única. Después de su sacrificio en el Calvario, venía la segunda parte, su sacerdocio celestial. Pero esto lo veremos en el próximo tema.

Resumen.

Hoy hemos visto que Cristo se tuvo que encarnar para velar su divinidad, y así poder estar entre nosotros y preservar nuestra vida. Por otro lado, de haber dejado sola la humanidad de Cristo, no habría podido resistir las tentaciones y habría caído, por eso fue necesario que lo divino se vistiese de humano. Además, de ese mismo modo nos puede hacer a nosotros participantes de la naturaleza divina y vencer igualmente el pecado.
Hemos empezado a ver los oficios de Jesús. Como Profeta, por cuanto reveló la voluntad del Padre a los hombres, como sacerdote, en dos fases, su ministerio en la tierra y ministerio celestial.
El próximo tema veremos el ministerio celestial de Cristo y su función como Rey. ¡Feliz Sábado!
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La Unión (de naturalezas) hace la fuerza – Cristo Divino-Humano – (Jesucristo 9 de 11)

Introducción.

Jesús fue tentado en todo según nuestra semejanza, participando de nuestra naturaleza humana con la posibilidad de caer en pecado, al igual que Adán antes de pecar. Cuando la Biblia dice que fue tentado “en todo” no significa idéntico, sino si vamos a rendir nuestra voluntad a Dios o no. La victoria de Cristo sobre la tentación lo capacitó para simpatizar con las debilidades humanas. Cristo padeció mientras estuvo sujeto a la tentación, por tener que resistir a límites que nosotros nunca resistimos. Su naturaleza santa era extremadamente sensible. Cualquier contacto con el mal le causaba dolor. Debemos tener presente, que en estas condiciones, las tentaciones debieron ser más intensas y dolorosas para Jesús que para cualquiera de nosotros. Por otro lado, nosotros jamás podremos enfrentar una tentación que Jesús sí que afrontó, además, lo hizo de manera constante en cada momento de su vida. La de usar el poder divino en su propio beneficio. Por otro lado, la Biblia describe la humanidad de Jesús, llamándola santa, según Lucas 1:35. Era uno con la raza humana excepto en el pecado. Cuando se acercaba a su mayor prueba, dijo: “Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mi” (Juan 14:30). Jesús no poseía propensiones ni inclinaciones al mal, ni siquiera pasiones pecaminosas. Ninguna de las tentaciones que lo asaltaban como un alud, pudo quebrantar su inamovible lealtad a Dios. A diferencia de la humanidad caída, la “naturaleza espiritual” de Jesús es pura y santa, “libre de toda contaminación del pecado1. Ahora vamos a afrontar el tema sobre la necesidad de la encarnación.

La necesidad de que Cristo tomara la naturaleza humana.

En la Biblia encontramos varias razones por las que Cristo tenía que tomar sobre sí la naturaleza humana.

Para ser el sumo sacerdote de la raza humana.

La primera es para que Cristo representase a la raza humana, es decir, para que fuese el Sumo Sacerdote de entre los hombres. Jesús debía ocupar la posición de Mediador entre Dios y los hombres. Como dice el apóstol Pablo en 1ª Timoteo 2:5: “Porque hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. El profeta Zacarías ya profetizó acerca de esta función del Mesías (Zacarías 6:13) “Él reedificará el templo de Yavé, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado, y consejo de paz habrá entre ambos”. En Hebreos 4:14-16 encontramos una promesa preciosa: “Por tanto, teniendo un gran Pontífice (Sumo Sacerdote), que penetró en los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna”.
Para desempeñar esta función se precisa tener naturaleza humana, y Cristo cumplió con los requisitos. En primer lugar, podía ser “paciente con los ignorantes y extraviados”, porque “Él también está rodeado de debilidad” (Hebreos 5:2). En segundo lugar, “es Misericordioso y fiel”, porque fue hecho en todas las cosas “semejante a sus hermanos” (Hebreos 2:17). En tercer lugar, tiene la capacidad o el poder de socorrer a los que son tentados, porque él mismo sufrió cuando fue tentado (Hebreos 2:18). Y en cuarto lugar, Cristo simpatiza con nuestras debilidades, porque fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (Hebreos 4:15).

Para salvar aún a los más degradados.

Cristo necesitó encarnarse para poder salvar aún a los más degradados, para poder alcanzarlos allí donde se encuentran, se humilló a la misma altura que la de un siervo, como leímos en Filipenses 2:7, y rescatar aún a los que ofrecen menor esperanza.

Para dar su vida por los pecadores del mundo.

La naturaleza divina de Cristo no puede morir. Para poder morir Cristo debía poseer una naturaleza humana. Por eso se convirtió en hombre, y pagó la pena del pecado, la muerte. Como ser humano, experimentó la muerte por todos nosotros (Hebreos 2:9).

Para ser nuestro ejemplo.

Cristo es el ejemplo de todo ser humano. Cristo es nuestro ejemplo en cómo vivir, hablar, dirigirnos por la vida. Para poder ser un ejemplo, Cristo tenía que ser humano como nosotros, pero tener una vida sin pecado, no como la nuestra. De lo contrario, no sería mi ejemplo. En su función de “segundo Adán”, acabó con el mito de que el ser humano no puede obedecer la ley de Dios y vencer al pecado. Demostró que es posible que la humanidad sea fiel a la voluntad de Dios. En el punto donde el primer Adán fue vencido, donde cayó, el segundo Adán venció, obtuvo la victoria sobre el pecado y sobre Satanás. De este modo se convirtió en nuestro Salvador y en nuestro ejemplo. Si permanecemos en Cristo, esto es, si oramos y leemos la Palabra de Dios a diario, entonces podremos recibir fuerzas para vencer el pecado como él lo hizo.
Contemplando al Salvador “somos transformados de gloria en gloria, en la misma imagen” (2 Corintios 3:18). Muchos jóvenes y adultos admiran a personajes populares, estrellas del deporte, del cine, del espectáculo, etc. Sin darse cuenta, acaban imitando sus gestos, sus palabras, su peinado, su forma de vestir, etc. Es inevitable, acabamos pareciéndonos a aquél a quien admiramos y del cual leemos, vemos, oímos, etc. Si dedicásemos tanto tiempo y recursos a Cristo, cada vez nos pareceríamos más a él, aunque no sepamos a ciencia cierta cuál es su rostro. En Hebreos 12:1 ― 3 leemos: “Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…considerad a Aquél que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón”. Cristo padeció por nosotros dejándonos ejemplo, para que sigamos sus pisadas (1 Pedro 2:21).

La unión de las dos naturalezas.

Aunque se suele mencionar muy a menudo que Cristo posee dos naturalezas, una divina y una humana, esto es inexacto. Cristo en realidad posee una única naturaleza divino-humana. Es el Dios-Hombre. Debemos ver que cuando la encarnación se llevó a cabo, fue el Verbo eterno, el que tomó sobre sí la naturaleza humana. No fue Jesús el hombre quien adquirió una naturaleza divina, o la divinidad, como algunos pueden pretender. Gráficamente hablando, es Dios quien viene y se aproxima al hombre, y no el hombre hacia Dios. En Jesús esas “dos naturalezas” se funden en una sola, por eso decimos que tiene una única naturaleza, “divino-humana”. Un ejemplo de esto lo tenemos cuando Pablo describe a Jesús como el Hijo de Dios, haciendo clara referencia a su naturaleza divina; y en otro lugar se especifica que nació de mujer, como en Gálatas 4:4, haciendo referencia a su naturaleza humana. Aquí es donde cobra nueva luz el texto de Filipenses 2:6, 7 “el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres”. Como acabamos de decir, la naturaleza de Cristo no es el fruto de un ser humano influido por un poder divino abstracto. Dijo el apóstol Juan “Y aquél Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de Gracia y de Verdad (Juan 1:14)”.

La mezcla de las dos naturalezas.

En ciertas ocasiones, la Biblia describe al Hijo en términos que hacen referencia a su naturaleza humana. Cuando Cristo entró en el mundo, según Hebreos 10:5 “Por lo tanto, entrando en el mundo, él dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me preparaste un cuerpo”. Cuando Cristo tomó sobre sí la humanidad, su divinidad fue “revestida” de humanidad. Esto no se consiguió intercambiando su humanidad por divinidad, ni su divinidad por humanidad. Cristo no se despojó de su naturaleza divina, suya por excelencia e inherente para tomar otra naturaleza. Lo que hizo fue asumir la naturaleza humana, combinando así la que ya poseía con la nueva adquirida. No hay porcentajes, es todo en uno. En la encarnación, Cristo no dejó de ser Dios, ni se redujo su divinidad al nivel de la humanidad. Cada naturaleza mantuvo su nivel. En Colosenses 2:9 Pablo nos indica que “en Él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad”. En la cruz, fue la naturaleza humana la que murió, y no su divinidad, pues habría sido imposible que eso sucediera.

La necesidad de la unión de las dos naturalezas.

El hecho de comprender cómo se relacionan entre sí las dos naturalezas de Cristo, nos permite tener una buena perspectiva de la misión de Cristo, y de nuestra salvación. De este modo:
1. Se reconcilia con Dios a la humanidad. Solamente un Salvador que fuese a la vez divino y humano podría traer salvación. ¿Por qué? Porque cuando Cristo, siendo divino, se vistió de humanidad, nos hizo partícipes de la naturaleza divina. Dicho de otra manera. Nosotros nos apoderamos de los méritos de Cristo por fe. Al hacer esto, también estamos haciendo nuestra la naturaleza divina. Al recibir a Cristo en nuestra vida, junto con él y sus méritos, se nos hace partícipes de la naturaleza divina. No somos dioses, ni llegamos a serlo, ni mucho menos, pero sí que podemos beneficiarnos de esto. El apóstol Pedro nos dice en su segunda epístola, 1:3 y 4 “Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina”.
Tenemos una ilustración de esto en la famosa escalera de Jacob. Esa escalera simboliza a Cristo, y nos alcanza dondequiera que estemos, y nos pone en unión o conexión con el cielo. Cristo tomó sobre sí la naturaleza humana y venció al pecado, para que nosotros también podamos vencer si tomamos sobre nosotros su naturaleza por fe. Los brazos divinos de Cristo se aferran al trono de Dios, mientras que su humanidad nos abraza a nosotros, uniendo la tierra con el cielo.
Por otro lado, la naturaleza divino-humana hace que el sacrificio expiatorio sea realmente efectivo. La vida de cualquier ser creado no podía expiar los pecados de la raza humana. Como dice Ezequiel 18:20 “El hijo no llevará el pecado del padre ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo recaerá sobre él y la impiedad del impío recaerá sobre él”. Un ser creado, aunque Justo no puede darme su justicia. Sólo el mismo Creador, compartiendo la condición de ser humano puede ofrecer algo a los demás, en este caso al ser humano. Por eso la necesidad de que Dios se hiciese hombre, sin dejar de ser Dios, para tener algo mejor que brindarnos.

Resumen.

Hoy hemos visto que Cristo tenía que ser humano para poder representar a la raza humana como Pontífice o Sumo Sacerdote. Por otro lado, al hacerse humano, podía alcanzar a aquellos que estamos separados de Dios por culpa del pecado, incluso los más degradados. Haciéndose humano, Cristo pudo morir y de ese modo, ofrecer su vida en lugar de la nuestra, y pagar por el pecado para liberarnos de la muerte eterna. Como hombre nos dejó ejemplo de cómo vivir. De no haber sido hombre, sería un ejemplo no válido por no estar en igualdad de condiciones.
El próximo tema veremos más motivos por los que Cristo se hizo hombre, y qué oficios desempeñó entre nosotros. ¡Feliz Sábado!
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1 White, E. G. Op. Cit. “En el Getsemaní”...Véase White, E. G. DTG p. 231.
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El Ser más Humano – Humanidad de Cristo III – (Jesucristo 8 de 11)

Introducción.

En el tema anterior recordamos que Cristo tuvo características humanas como las nuestras, se entristecía, lloraba, tenía hambre y sed, se cansaba, etc. Al no estimar ser igual a Dios, se sometió al Padre, por eso vemos una dependencia de Cristo de la voluntad del Padre, tal cual nosotros deberíamos tener. Cuando Jesús resucitó, lo hizo como hombre, comió en presencia de los discípulos.
Jesús es llamado el segundo Adán, y para entender mejor esto tuvimos que explorar el significado de la expresión de Romanos 8:3 “semejanza de carne de pecado”. Vimos que la naturaleza divina le pertenecía desde antes de la encarnación, por supuesto que después también. Esto excluye toda supuesta inmoralidad o tendencia al mal. Pero, como ser humano, Jesús se vistió de la humanidad de su época, es decir, se puso el “traje” de hombre con las consecuencias inocentes del pecado como son el hambre, la sed, la tristeza, el cansancio, etc. A pesar de esto, Jesús nunca pecó, y su pureza está más allá de toda duda.
Cristo, aunque es llamado el segundo Adán, no es exactamente como Adán antes de pecar, ni tampoco como Adán después de pecar. Físicamente Jesús estaba en desventaja, y moralmente, estaba en la posición de Adán antes de pecar. Jesús tuvo que retomar la acción de Adán allí donde él perdió el control de este mundo, y pasar la prueba que Adán no pasó, pero en una situación aún más desfavorable que la que brindaba el Edén.
Jesús es, literalmente, uno de nosotros, pero sin pecado. Por eso tiene algo mejor que brindarnos. Si fuese tan exactamente igual a nosotros como algunos pretenden, me ofrecería algo igual a lo que ya tengo, y eso sabemos que no es así.
En el tema de hoy abordaremos las preguntas que se quedaron en el aire y las responderemos lo más a fondo que se pueda. Esas preguntas eran ¿cómo afectaron a Cristo las tentaciones? ¿Le era fácil o difícil resistirlas? La forma en que Jesús afrontó las tentaciones prueba que era verdaderamente humano. Así lo vamos a ver hoy.

Tentado en todo según nuestra semejanza.

El hecho de que Cristo fuese tentado en todo según nuestra semejanza, como dice Hebreos 4:15, demuestra que participaba de la naturaleza humana. Para Jesús, la tentación y la posibilidad de pecar eran reales. Si no hubiera podido pecar, no habría sido humano ni nos habría servido de ejemplo. Cristo tomó la naturaleza humana con todas las desventajas, incluyendo la posibilidad de ceder a la tentación. Recordemos que Adán, antes de pecar, también tenía esta posibilidad, cosa que sucedió.
La pregunta es, ¿cómo podría Jesús haber sido tentado en “todo”, así como somos nosotros tentados? Es obvio que la expresión “en todo” no significa que se encontró con tentaciones idénticas a las que afrontamos hoy. Jesús nunca se sintió tentado a ver programas de televisión inmorales, o a ignorar el límite de velocidad en una carretera. El punto básico que sirve de fundamento para todas las tentaciones, es nuestra decisión de si vamos a rendir nuestra voluntad a Dios o no.
En su encuentro con la tentación, Jesús siempre mantuvo su obediencia a Dios. Por medio de su continua dependencia del poder divino, resistió con éxito las más fieras tentaciones, aunque era humano.
La victoria de Cristo sobre la tentación lo capacitó para simpatizar con las debilidades humanas. Nuestra victoria sobre la tentación se logra al mantener nuestra dependencia de Él. Como leemos en 1 Corintios 10:13: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”.
Debemos reconocer que en última instancia, “el hecho de que Cristo pudiese ser tentado en todas las cosas como nosotros, y sin embargo mantenerse sin pecado, es un misterio que ha sido dejado sin explicación para los mortales”1.

Padeció siendo tentado.

Cristo padeció mientras estuvo sujeto a la tentación, como leemos en Hebreos 2:18 “es en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. Según Hebreos 2:10 fue perfeccionado por padecimientos. Por cuanto él mismo debió enfrentar el poder de la tentación, podemos tener la seguridad de que sabe cómo ayudar a cualquiera que es tentado. Fue uno con la humanidad en sufrir las tentaciones a las cuales la naturaleza humana se halla sujeta.
Otra pregunta oportuna sería ¿cómo sufrió Cristo bajo la tentación? A pesar de tener la “semejanza de carne de pecado”, sus facultades espirituales estaban libres de cualquier efecto o consecuencia de pecado. Como dijimos en la charla anterior, Jesús era el segundo Adán, antes de pecar moralmente hablando. Por lo tanto, su naturaleza santa era extremadamente sensible. Cualquier contacto con el mal le causaba dolor. Debemos tener presente, que en estas condiciones, las tentaciones debieron ser más intensas y dolorosas para Jesús que para cualquiera de nosotros. Jesús tuvo que sufrir mucho más que cualquiera de nosotros con las tentaciones2.
Entonces la pregunta siguiente sería ¿cuánto sufrió Cristo? Su experiencia en el desierto de la tentación, el Getsemaní y el Gólgota, revela que resistió hasta el punto de derramar su sangre. En Hebreos se nos exhorta de la siguiente manera: “Porque todavía, en vuestra lucha contra el pecado, no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre” (Hebreos 12:4).
Cristo no sólo sufrió más, en proporción a su santidad, sino que también debió enfrentar tentaciones más fuertes que las que nos asaltan a los seres humanos. Un autor, B. F. Wescott decía: “La simpatía con el pecador en sus tribulaciones no depende de haber experimentado el pecado, sino de haber experimentado la fortaleza de la tentación a pecar, la cual únicamente una persona justa puede conocer en toda su intensidad. El que cae, cede antes del último esfuerzo3.
Otro comentarista, F. F. Bruce está de acuerdo al declarar: “Sin embargo, Cristo soportó triunfante toda forma de prueba que el hombre podría experimentar, sin debilitar en lo más mínimo su fe en Dios, ni debilitar en lo más mínimo su obediencia a Él. Esta clase de aguante atrae sufrimiento más que humano, y no menos4
Además, nosotros jamás podremos enfrentar una tentación que Jesús sí que afrontó, además, lo hizo de manera constante en cada momento de su vida. La de usar el poder divino en su propio beneficio. E. G. White declara: “Cristo había recibido honor en las cortes celestiales, y estaba familiarizado con el poder absoluto. Le era tan difícil mantener el nivel de la humanidad, como lo es para los hombres levantarse por encima del bajo nivel de sus naturalezas depravadas, y ser participantes de la naturaleza divina5.

¿Podía pecar Cristo?

Los cristianos difieren en el punto de si Cristo podía pecar o no. Nosotros concordamos con el autor Philipp Schaff, quien dijo: “Si Cristo hubiera estado provisto de impecabilidad absoluta desde el comienzo, es decir, si le hubiera sido imposible pecar, no podría ser un verdadero hombre, ni nuestro modelo para imitar: su santidad, en vez de ser su propio acto autoadquirido y mérito inherente, sería un don accidental o externo, y sus tentaciones una apariencia sin realidad6.
Otro autor, Karl Ullmann añade: “La historia de la tentación, no importa cómo se la pueda explicar, no tendría significado; y la expresión que aparece en la epístola a los Hebreos ‘tentado en todo como nosotros’, carecería de significado7.

La Santidad de la naturaleza humana de Jesucristo.

Es evidente que la naturaleza divina de Jesús era santa. Pero ¿qué podemos decir de su naturaleza humana? La Biblia describe la humanidad de Jesús, llamándola santa. Su nacimiento fue sobrenatural; fue concebido del Espíritu Santo, como leemos en Mateo 1:20. Cuando aún no había nacido fue descrito, según Lucas 1:35, como “el Santo Ser”. Tomó la naturaleza del hombre en su estado caído, llenado las consecuencias (inocentes) del pecado, no su pecaminosidad. Era un con la raza humana excepto en el pecado.
Jesús fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (Hebreos 4:15; 7:26). Pablo escribió en 2 Corintios 5:21 que “Cristo no conoció pecado”. Pedro testificó en 1 Pedro 2:22 que Jesús “no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca”, y en 1 Pedro 1:19 lo comparó con “un Cordero sin mancha y sin contaminación”. El apóstol Juan declaró en 1 Juan 3:5―7 “No hay pecado en él… él es justo”.
Jesús tomó sobre sí mismo nuestra naturaleza con todas sus debilidades, pero se mantuvo libre de la corrupción hereditaria y de la depravación y la práctica del pecado. Ante sus oponentes, proclamó: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46). Y cuando se acercaba a su mayor prueba, dijo: “Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mi” (Juan 14:30). Jesús no poseía propensiones ni inclinaciones al mal, ni siquiera pasiones pecaminosas. Ninguna de las tentaciones que lo asaltaban como un alud, pudo quebrantar su inamovible lealtad a Dios.
Jesús nunca hizo confesión de pecado ni ofreció sacrificio. No oró: “Padre, perdóname”, sino “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34). Procurando siempre cumplir la voluntad de su Padre y no la suya propia, Jesús mantuvo constantemente su dependencia del Padre (véase Juan 5:30).
A diferencia de la humanidad caída, la “naturaleza espiritual” de Jesús es pura y santa, “libre de toda contaminación del pecado”8. Sería un error pensar que Cristo es “absolutamente humano” como nosotros. Es el segundo Adán, el único Hijo de Dios. Tampoco deberíamos considerarlo como un “hombre con la propensión a pecar”. Si bien su naturaleza humana fue tentada en todo lo que la naturaleza humana puede ser tentada, nunca cayó, jamás pecó. Nucna se halló en él ninguna inclinación al mal.
Un autor, Henry Melvill (escritor predilecto de EGW) escribió: “Pero si bien tomó la humanidad con sus debilidades inocentes, no la tomó con las propensiones pecaminosas [esto es, las inclinaciones al mal]. Aquí se interpuso la Deidad. El Espíritu Santo cubrió a la virgen con su sombra, y, permitiendo que de ella se derivara la debilidad, prohibió la maldad; y así causó que fuese generada una humanidad sufriente y capaz de sentir tristeza, pero accesible a la angustia, pero no dispuesta a ofender; aliada en forma estrictísima con la miseria producida, pero infinitamente separada de la causa productora9.
De hecho Jesús es el mayor y más santo ejemplo de la humanidad. Es santo, y todo lo que hizo demostró perfección. En verdad, él constituye el ejemplo perfecto de la humanidad sin pecado.
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1 White E. G. Carta 8, 1895, en CBA 5, 1102, 1003
2 Cf. White, E. G. “En el Getsemaní”. En: Signs, 9 dic. 1897 p. 3
3 Wescott, Brook F. The Epistle to the Hebrews. Grand Rapids, Mi. Eerdmans 1950 p. 59.
4 Bruce, F. F. Commentary on the Epistle to the Hebrews. Grand Rapids, Mi. Eerdmans, 1972, pp. 85, 86.
5 White, E. G. “The temptation of Christ” En: Review and Herald, 1 Abril 1875, p. 3.
6 Schaff, Philipp. The Person of Christ. New York, NY. George H. Doran, 1913. pp. 35, 36.
7 Ullmann, Karl. An Apologetic View of the Sinless Character of Jesus. The Biblical Cabinet; o Hermeneutical Exegetical, and Philological Library. (Edinbugh, Thomas Clark, 1842). Tomo 37, pág. 11.
8 White, E. G. Op. Cit. “En el Getsemaní”...Véase White, E. G. DTG p. 231.
9 Melvill, pág. 47.
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El Ser más Humano – Humanidad de Cristo II – (Jesucristo 7 de 11)

Introducción.

Resumiendo el tema anterior, vimos que el nacimiento de Jesús fue normal, como uno de nosotros, aunque su “concepción” es única, de ahí el término unigénito visto en temas anteriores, como único en su género, concepción única e irrepetible.
A Cristo le fue preparada una naturaleza humana, original pero semejante a la nuestra, tuvo que nacer, crecer y aprender por experiencia lo que es pasar por tentaciones y sufrimiento para poder ayudarnos comprendiéndonos mejor.
También fue llamado “Varón” e “Hijo del Hombre” haciendo referencia a su humanidad. Cristo se llamó a sí mismo “hombre”, refiriéndose a su naturaleza como la nuestra, identificándose con la raza humana.
Por otro lado, vimos que fue hecho poco menor que los ángeles, es decir, semejante a nosotros, y que en ese cuerpo que se le preparó, venían incluidas las consecuencias “inocentes” del pecado, como tener sed, cansarse, tener hambre, etc. Eso es consecuencia de la naturaleza caída del hombre, pero no es pecado en sí. Eso sí que lo compartió Cristo con nosotros.
En el tema de hoy tocaremos más a fondo hasta qué punto se identificó con la raza humana, veremos por qué a Jesús se le llama el segundo Adán, así como, si da tiempo, a ver cuál fue su experiencia con las tentaciones.

Sus características humanas (segunda parte).

Vamos a continuar con las características humanas de Jesús. Podemos verlas a través de su ministerio, cuando Cristo reveló compasión, en ocasiones santa ira, y tristeza también.1 En otros momentos se sintió turbado y triste, incluso lloró2. Oró al Padre con gemidos y lágrimas, en una ocasión llegó a sudar gotas de sangre.3 Jesús como hombre, dependía plenamente del Padre, así como nosotros también dependemos de él.4
Jesús experimentó la muerte por todos nosotros. Tres días más tarde resucitó, pero no lo hizo convertido en un espíritu, sino como hombre, con un cuerpo, así le dijo a Tomás, mete tu dedo en mi llaga, tu mano en mi costado. También comió con los discípulos, después de haber resucitado, como leemos en Lucas 24:42-43 “Entonces le dieron un trozo de pescado asado y un panal de miel. Y él tomó y comió delante de ellos”.

La extensión de su identificación humana.

La Biblia nos comenta la humanidad de Jesús, sufriendo nuestras consecuencias inocentes, es decir, el cansancio, el hambre, etc. Pero en la Biblia también encontramos que Jesús se le llama el segundo Adán. Leamos 1 Corintios 15:45 “Así también está escrito: "Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente"; el postrer Adán, espíritu que da vida.” Vemos que Jesús es identificado con Adán, pero se le llama el “postrer” o segundo Adán. En Romanos 8:3 se nos dice que Jesús vivió en semejanza de carne de pecado. La pregunta es, ¿hasta qué punto se identificó Cristo con la humanidad caída? Es importantísimo que se entienda de forma correcta la expresión “semejanza de carne de pecado”, que describe al ser humano pecador. Este aspecto, a lo largo de los siglos, ha traído desacuerdo dentro de la iglesia cristiana. Vayamos por partes.

1. Cristo adoptó la “semejanza de carne de pecado”.

La serpiente que fue levantada en el desierto, asunto que vimos tiempo atrás, ayuda a comprender la naturaleza humana de Jesús. Así como la serpiente de bronce era a semejanza de las serpientes de verdad y traía sanidad, el Hijo del Hombre tenía que ser hecho en semejanza de carne de pecado iba a convertirse en el Salvador del mundo.
Antes de la encarnación, Jesús era en forma de Dios, como leemos en Filipenses 2:6―8: “Existiendo en forma de Dios, él no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!”.
Vemos que, como consecuencia lógica, la naturaleza divina, le pertenecía desde el principio, como dice Juan 1:1 “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Al tomar “forma de siervo”, puso a un lado sus prerrogativas divinas. Es decir, no las depuso, seguían siendo suyas, pero digamos que las guardó aparte, no las utilizó mientras estuvo sobre esta tierra. Algunas sí que las siguió usando, como el poder de perdonar pecados, pero ninguna en beneficio propio, por muy legítimo que fuese. Entonces vemos que Jesús se hizo obediente, es decir, se convirtió en “Siervo del Padre”. En Isaías 42:1 leemos “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones”. Jesús no estimó “ser igual a Dios”, y dejando a un lado esos derechos, se hizo siervo del Padre para cumplir su voluntad. Esto mismo lo dijo Jesús en Juan 6:38 “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Prueba de ese “sometimiento” de Cristo está en la oración del Getsemaní, registrada en Mateo 26:39 y 42, donde leemos: “Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú … Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad”.
Jesús revistió su divinidad con la humanidad, es decir, fue hecho “en semejanza de carne de pecado”, de “naturaleza humana pecaminosa” (que sufre las consecuencias del pecado) o de “naturaleza humana caída”. Algunos han usado esta expresión de Romanos 8:3 para identificar a Jesús con la raza humana. Esto no implica que Jesús fuese pecaminoso, que tuviese una tendencia o inclinación hacia el mal. Siempre hemos de ver su pureza a pesar de ser semejante en lo físico a nosotros.
Jesús nunca pecó ni participó en actos o pensamientos pecaminosos. Si bien fue hecho en la forma o semejanza de carne de pecado, el Salvador jamás pecó, y su pureza perfecta está más allá de toda duda.

2. Cristo fue el segundo Adán.

La Biblia establece un paralelo entre Adán y Cristo, llamando a Adán “el primer hombre” y a Cristo “el postrer Adán” o “el segundo hombre”, como hemos leído antes en 1 Corintios 15:45 y 47. Sin embargo Adán tuvo ventajas sobre Cristo. ¿Por qué? Cuando Adán cayó en el pecado, vivía en el paraíso. Poseía una humanidad perfecta, y gozaba de pleno vigor físico y mental. Ese no fue el caso de Jesús. Estamos insistiendo en la idea de que Jesús adoptó la naturaleza humana, de su momento histórico, ya caída, con 4.000 años de historia de pecado. Humanamente, físicamente (afectando la mente por el cansancio, el sueño, el hambre, la sed, etc.) Jesús estaba en desventaja respecto Adán, pero a pesar de ello, Cristo lo hizo sin pecar, ni una sola vez. Cuando Cristo adoptó la naturaleza humana que evidenciaba las consecuencias del pecado, pasó a estar sujeto a las debilidades que todos experimentamos. Debemos distinguir estas debilidades con las propias tendencias o tentaciones internas que tenemos por nuestra propia maldad. Jesús no tenía esa maldad intrínseca que tenemos nosotros. En ese aspecto era el Segundo Adán, y como humano estuvo “rodeado de debilidad”5, y esa era la desventaja que tenía respecto el primer Adán.
Jesús sentía su debilidad, y por eso debió “ofrecer ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte” (Hebreos 5:7), identificándose de este modo con las necesidades y debilidades tan comunes en la humanidad.
Debe quedarnos claro, por lo visto hasta aquí, que aunque Cristo era el segundo Adán, no tuvo la misma naturaleza de Adán antes de caer en pecado. Tampoco fue la humanidad de Adán después de haber pecado, en todos sus aspectos. No podía ser la misma naturaleza original de Adán, porque Jesús sufría las consecuencias inocentes de los seres caídos. Tampoco era la humanidad caída, porque Jesús nuca había descendido a la impureza moral. Por lo tanto, era en el sentido más literal, nuestra humanidad pero sin pecado.
Buscando un ejemplo, si nuestro cuerpo fuese un traje, y el pecado una polilla, el pecado ha apolillado el traje del hombre. Todos tenemos el traje apolillado con la polilla incluida. Jesús se puso el traje apolillado de la humanidad, raído, con las consecuencias de la polilla, pero sin la polilla, es decir, sin pecado.
Ahora alguien podría decir que entonces Jesús no afrontó las tentaciones de la misma manera que yo las afronto, pues yo sí que estoy contaminado por el pecado. Para ello tenemos que ver cuál fue la experiencia de Cristo con las tentaciones. ¿Cómo afectaron a Cristo las tentaciones? ¿Le era fácil o difícil resistirlas? Entraremos en este interesantísimo tópico el próximo tema, sin olvidar lo visto hoy.

Resumen.

Hemos recordado hoy que Cristo tuvo características humanas como las nuestras, se entristecía, lloraba, tenía hambre y sed, se cansaba, etc. Al no estimar ser igual a Dios, se sometió al Padre, por eso vemos una dependencia de Cristo de la voluntad del Padre, tal cual nosotros deberíamos tener. Cuando Jesús resucitó, lo hizo como hombre, comió en presencia de los discípulos.
Jesús es llamado el segundo Adán, y para entender mejor esto hemos tenido que explorar el significado de la expresión de Romanos 8:3 “semejanza de carne de pecado”. Hemos visto que la naturaleza divina le pertenecía desde antes de la encarnación, por supuesto que después también. Esto excluye toda supuesta inmoralidad o tendencia al mal. Pero, como ser humano, Jesús se vistió de la humanidad de su época, es decir, se puso el “traje” de hombre con las consecuencias inocentes del pecado como son el hambre, la sed, la tristeza, el cansancio, etc. A pesar de esto, Jesús nunca pecó, y su pureza está más allá de toda duda.
Cristo, aunque es llamado el segundo Adán, no es exactamente como Adán antes de pecar, ni tampoco como Adán después de pecar. Físicamente Jesús estaba en desventaja, y moralmente, estaba en la posición de Adán antes de pecar. Jesús tuvo que retomar la acción de Adán allí donde él perdió el control de este mundo, y pasar la prueba que Adán no pasó, pero en una situación aún más desfavorable que la que brindaba el Edén.
Jesús es, literalmente, uno de nosotros, pero sin pecado. Por eso tiene algo mejor que brindarnos. Si fuese tan exactamente igual a nosotros como algunos pretenden, me ofrecería algo igual a lo que ya tengo, y eso sabemos que no es así.
El próximo tema abordaremos las preguntas que se han quedado en el aire y las responderemos lo más a fondo que se pueda.
¡Feliz Sábado!
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1 Mateo 9:36; Marcos 3:5.
2 Mateo 26:38; Juan 12:27; 11:33; Lucas 19:41.
3 Hebreos 5:7; Lucas 22:44.
44 Mateo 26:39―44; Marcos 1:35; 6:46; Lucas 5:16; 6:12.
5 Hebreo 5:2; Mateo 8:17; Isaías 53:4.
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