El Héroe prometido (Jesucristo 1 de 11)


Introducción.

Todos hablan de héroes, héroes del celuloide, héroes de papel y cartón héroes que son anunciados y que la gente está deseando ver en la gran pantalla. Héroes al fin y al cabo, pero de ficción. Hace miles de años no existía el cine ni la industria del entretenimiento como hoy, y los problemas eran mucho más reales y cotidianos. Necesitaban un Héroe que les ayudase en sus muchas dificultades diarias. Y fue prometido un Héroe (con mayúsculas) que actuaría más allá de las coordenadas Espacio-Tiempo, un auténtico Súper Héroe, uno de verdad.

Dios el Hijo.

Cuando Israel estaba peregrinando en el desierto, de repente se vieron plagados de serpientes por todas partes. Serpientes cuya mordedura era mortal. Imaginémonos las serpientes escondidas en cualquier rincón de la tienda de campaña, bajo los faldones de las telas de la tienda, debajo de las perolas, introduciéndose bajo las mantas, o entre los juguetes de los niños. Las mordeduras eran dolorosas, y lo peor, eran mortales. El que era mordido por una serpiente, sabía que iba a morir en breve, lo cual hacía más angustioso el momento.
El pueblo corrió a Moisés buscando ayuda. En Números 21:7 y 9 encontramos la solución a esa desesperada situación. Después de que Moisés orase por el pueblo, dice el texto bíblico que “Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre un asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce y vivía”.
En la Biblia, la serpiente es el símbolo de Lucifer, o Satanás, así lo vemos en Génesis 3 y Apocalipsis 12. Por lo tanto, entendemos que representa el pecado. Satanás se había introducido en el campamento, estaba haciendo de las suyas en medio del pueblo de Israel. Dios propone un remedio sorprendente. En vez de mirar a un cordero que estaba siendo sacrificado en el altar, símbolo del perdón por excelencia, indica a Moisés que sea una serpiente de bronce. ¡Qué raro que Dios quisiera representar a su Hijo en forma de serpiente! ¿No? La relación fue clarificada por el propio Jesucristo en Juan 3:14, cuando dijo: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”. El apóstol Pablo lo explica un poco más en Romanos 8:3, cuando nos indica que Jesús fue hecho “en semejanza de carne de pecado” para ser levantado en la cruz del calvario.
Es decir, Jesús se hizo pecado, tomando sobre sí mismo todos los pecados de todo ser que haya vivido o vivirá hasta la segunda venida de Cristo. Pablo nos dice en 2 Corintios 5:21 que “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Al mirar a la cruz, nosotros, la humanidad que ha sido mordida por la serpiente del pecado, podemos tener esperanza, podemos encontrar vida. Cuando en el antiguo Israel se sufría una mordedura de serpiente, por fe, confiando en Dios, se miraba a aquella serpiente de bronce, para que aquel mal no tuviese efecto en el que recibía la mordedura, sino que Otro ser recibía la consecuencia de esa mordedura. A tal punto, que se convertía en serpiente. De igual modo, nosotros que tenemos la mordedura del pecado, miramos a la cruz del calvario, y Otro Santo Ser, recibe las consecuencias de mi pecado, la muerte, y yo a cambio, recibo la vida, una nueva oportunidad, siempre, confiando en Dios.
Surgen varias preguntas. ¿Cómo podría traer salvación a la humanidad la encarnación? ¿Qué efecto tuvo sobre el Hijo? ¿Cómo pudo Dios convertirse en ser humano, y por qué fue necesario? Iremos dando respuesta a estas preguntas en los próximos temas.

La encarnación: Predicciones y cumplimiento.

El plan que Dios desarrolló para rescatar a aquellos que se apartaban de él demuestra su amor de forma más que convincente. En Juan 3:16 leemos “porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su único Hijo, para que todo aquél que en él cree no se pierda, sino que viva para siempre”. En ese plan elaborado por Dios, según 1 Pedro 1:20, su Hijo fue “ya destinado desde antes de la fundación del mundo” para que fuese el sacrificio por el pecado, y ser así la esperanza para la raza humana. Cristo nos haría volver a Dios, y proveería liberación del pecado. ¿Cómo? El pecado es obra del diablo, y en 1 Juan 3:8 leemos que “para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. Así que deshaciendo lo que el diablo hace, deshace su poder sobre nosotros.
El pecado separó a nuestros primeros padres de la Fuente de la vida, y debería haber provocado la muerte de Adán y Eva de forma inmediata y fulminante. Pero teniendo en cuenta el plan de emergencia que Dios estableció mucho antes de siquiera crear al mundo y el ser humano, el propio Dios, en la persona del Hijo, se interpuso entre Adán y Eva y la justicia divina. De este modo se salva el abismo que se acababa de abrir. Adán y Eva acababan de ser destituidos de la vida, acababan de perder contacto con la Fuente de la Vida; se habían separado de ella. La consecuencia era lógica, la muerte. Pero esa separación, ese abismo fue salvado gracias al Hijo, a Jesucristo, al Verbo del que habla Juan en su evangelio. Ya desde ese momento, la gracia de Dios, su buena voluntad impidió que la muerte fuese inmediata, y les aseguró la salvación. Pero no era lo único que tendría que hacer el Hijo. Tendría que llegar a ser hombre como nosotros para poder restaurarnos de forma plena, no sólo mantener “provisionalmente” las cosas.
Tan pronto como pecaron, Dios prometió poner enemistad entre nosotros y la serpiente, el mal. Esto se encuentra en Génesis 3:15, lo que se llama el “protoevangelio”, la primera profecía acerca del Mesías. En este texto, que dice “pondré enemistad entre ti (la serpiente) y la mujer, entre tu simiente y la simiente de ella”. La serpiente y su simiente hace una clara referencia a Satanás y sus seguidores. La mujer y su simiente simbolizan al pueblo de Dios y al Salvador del mundo. Además de ser la primera profecía acerca del Mesías, también indica la victoria del bien sobre el mal, cuando indica que la simiente de la mujer, es decir, su Descendiente, el Mesías, aplastará la cabeza de la serpiente, y que la serpiente no será capaz más que de herir el talón del Mesías. Es una victoria, pero dolorosa. Nadie saldrá sin daño del conflicto.
Desde ese mismo momento, ya existía esperanza. Los seres humanos ya aguardaban la venida de ese Mesías, del Prometido por Dios, el que Hageo llama en Hageo 2:7 “el Deseado de todas las Gentes”. Comienza la búsqueda y la identificación del Mesías, para saber quién es y cuándo vendría. En el Antiguo Testamento se dan suficientes profecías y datos que indican que cuando viniese, habría evidencia abundante que confirmaría su identidad.
Una dramatización profética de la salvación.
Inmediatamente después de la caída de Adán y Eva en pecado, Dios instituyó sacrificios de animales para que el hombre tuviese fresca en su mente la imagen cruenta de un Salvador que tendría que morir en su lugar. Además de ver la gravedad del pecado, estaba viendo de forma didáctica el medio que Dios usaría para eliminar el pecado del mundo.
La paga o la consecuencia del pecado es la muerte, así lo dice Pablo en Romanos 6:23. Así que la raza humana se vio en peligro de muerte y de extinción. La ley de Dios demanda la vida del pecador. Pero en su amor infinito Dios entregó a su Hijo “para que todo aquél que en el cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Esto es un acto de condescendencia por parte de Dios, e inmerecido por el ser humano. Eso es lo que en la Biblia se llama “Gracia divina”. Dios el Hijo pagó de forma vicaria, es decir, sustitutoria, la pena de muerte que recaía sobre el ser humano. Lo hizo por voluntad propia. De este modo proveía perdón para el ser humano, y una vez perdonado, poder ser reconciliado de nuevo con Dios.
Después del Éxodo en Egipto, los sacrificios se empezaron a realizar de forma sistemática en un santuario en forma de enorme tienda de campaña. Era un pacto entre Dios y su pueblo. A Moisés le fue mostrado un santuario que hay en los cielos, para que edificase uno a escala en este mundo. Esto está recogido en Éxodo 25:8, 9, 40. Pablo lo confirma en Hebreos 8:1 ― 5, donde leemos “Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Él es ministro del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre. Todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios, por lo cual es necesario que también este tenga algo que ofrecer. Así que, si estuviera sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo aún sacerdotes que presentan las ofrendas según la Ley. Estos sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el Tabernáculo, diciéndole: “Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte”.
Para recibir el perdón, el pecador arrepentido debía llevar un animal para sacrificarlo. Este animal debía ser perfecto, sin defecto alguno. Esto era así porque representaba al Salvador del mundo, quien está exento de pecado y defecto. El pecador entonces colocaba su mano sobre la cabeza del animal inocente y confesaba sus pecados. De este modo se simbolizaba la transferencia de los pecados del ser humano culpable sobre la víctima inocente. De este modo se veía claramente la naturaleza sustitutiva del sacrificio.
Yendo aún más allá. En Hebreos 9:22 leemos “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” o perdón de pecados. Así que para que el pecado fuese perdonado, el pecador mataba a continuación al animal, para que muriese en su lugar a causa de esos pecados confesados. Con esto se ponía en evidencia la naturaleza mortal del pecado. No cabe duda que es una forma triste de ilustrar la esperanza, una manera desagradable de esperar el perdón y la vida, pero era el único medio a través del cual el pecador podía confiar en Dios, entendiendo que vendría un Sustituto de verdad, a morir como moría aquel cordero en el altar.
Después de esto entraba en acción el sacerdote para cumplir una serie de rituales que ahora no vamos a ver. Una vez concluido el ritual, el pecador quedaba exento de culpabilidad y recibía el perdón de los pecados por su fe en la muerte sustitutiva del Redentor prometido. El Nuevo Testamento reconoce que Jesucristo, el Hijo de Dios, es el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Así lo pregonaba Juan el Bautista en Juan 1:29.
En 1 Pedro 1:18―19 leemos: “Pues ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (la cual recibisteis de vuestros padres) no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Es a través de la preciosa sangre de Cristo por lo que nosotros llegamos a tener redención del castigo eterno del pecado. Tenemos una nueva oportunidad.

Resumen.

Hoy hemos visto que el ser humano se metió en un gravísimo problema llamado pecado. De no haber sido porque Dios tenía un plan hecho desde antes de la creación, el ser humano habría perecido de forma inmediata. Pero gracias a ese plan de emergencia, Dios impidió esa muerte fulminante y eterna, dándole una nueva oportunidad al ser humano para que pudiese restaurar su relación con la Fuente de Vida, Dios mismo. Pero para ello debía alguien sustituir al hombre. Es ahí donde el Hijo de Dios se coloca en nuestro lugar, para sufrir lo que nosotros merecemos, y de ese modo nosotros seamos tratados como él merece. ¡Feliz sábado!
Descarga la predicación en PDF aquí.

“La Libertad Religiosa y la Iglesia”


A continuación ofrezco una predicación por el doctor Gaoune Diop, nuevo director mundial de la IRLA (International Religious Liberty Association) quien sustituye al doctor John Graz, recientemente jubilado.
Esta predicación trata la Libertad Religiosa en relación con la Iglesia y nuestra responsabilidad a la hora de promover y proteger este derecho fundamental.
En el vídeo acompaño al Dr. Diop como traductor del inglés al español y en calidad de Secretario General de la Asociación para la Defensa de la Libertad Religiosa (ADLR), representación en España de la IRLA y la AIDLR.

Josué 10:3 o “Por qué Dios destruyó 5 ciudades haciendo un milagro”


Leyendo en Josué capítulo 10 encontré algo que me llamó la atención. Este capítulo es muy conocido por ser el episodio en el que Dios paró el sol en lo alto con la famosa frase: “Sol, detente en Gabaón, y tú luna, en el valle de Ajalón” (Josué 10:12).
Esto es ampliamente comentado por muchas personas, pero a mi me ha llamado la atención un versículo de esos que se leen rápido y por encima, sin prestar atención. En concreto, Josué 10:3 donde se describe los 5 reyes y las 5 ciudades que hicieron pacto contra Josué.
El texto dice literalmente: “Por lo cual Adonisedec rey de Jerusalén envió a Hoham rey de Hebrón, a Piream rey de Jarmut, a Jafía rey de Laquis y a Debir rey de Eglón, diciendo” (Josué 10:3).
Los nombres de las personas en el idioma original tienen significado entendible para los que hablaban ese idioma, al igual que hoy en día se entiende perfectamente cuando alguien se llama (por ejemplo) Mercedes, Pilar, Dolores, Linda, Jacinto, Rosa, Margarita, etc. Son nombres con significado claro para el que habla ese idioma. Lo mismo ocurre con las ciudades de la Biblia, sus nombres tienen significados. Un ejemplo: Jerusalén (yirushalayim) significa literalmente “Ciudad de la Paz” o ciudad de las paces. Hoy en día, por ejemplo, Bolivia tiene una capital que podría llamarse perfectamente “Jerusalén” en hebreo, pues su capital se llama “La Paz”.
Dicho esto, he buscado los significados de los nombres de los reyes y de las ciudades que hicieron pacto contra Gabaón y contra Josué. El hallazgo ha sido llamativo.
Significado de los nombres de reyes:
Adonisedec (אֲדֹנִי־צֶ֫דֶקsignifica literalmente “Mi dios es próspero“, o “Mi señor es justo“. Evidentemente era un rey pagano, por lo que ese dios o señor no se refiere al Dios creador de la Biblia.
Hoham (הוֹהָ֣ם) no tiene traducción según los diccionarios y la concordancia Strong’s. Pero a juzgar por las consonantes, la waw (וֹ) es una mater lectionis que puede ser derivada de la yod (י), lo que deja ver una relación con el verbo “ser” hayah (היה). Podría decirse “El que es“.
Piream (פִּרְאָםliteralmente “Burro salvaje”. Alguien tozudo, y además indomable, incapaz de aprender o de aceptar órdenes.
Jafía (יָפִ֫יעַliteralmente “Deslumbrante”, o “briillante”. Alguien que ilumina a otros, de apariencias.
Debir (דְּבִירliteralmente “oráculo”, o “el que habla” o “El profeta”. Entendemos igualmente que sería “el profeta” de un dios pagano.
Significado de los nombres de las ciudades:
Jerusalén (יְרוּשָׁלַ֫םִliteralmente “fundación de la paz”, aunque la partícula “yir” significa literalmente ciudad, por lo que la mejor traducción es “Ciudad de la Paz”.
Hebrón (חֶבְרוֹןliteralmente “banda”, “asociación”, grupo de algo, y también significa “hechicero”, “encantador”. Por lo que la traducción sería “Grupo de hechiceros”.
Jarmut (יַרְמוּתliteralmente “alturas”, de la raíz rûm (רוּם) , que literalmente significa “ensalzada”, “exaltada”, “ser encumbrada”. Posiblemente la mejor traducción sería “Engreída“.
Laquis (לָכִישׁ) no hay una traducción cierta, aunque muchos le atribuyen “Invencible”.
Eglón (עֶגְלוֹן) literalmente “como un becerro”. El nombre de ciudad más apropiado sería “Becerra”.
Analizado esto, la traducción de este texto sería:
“Por lo cual “Mi dios es próspero” rey de “La Paz” envió a “El que es” rey de “Grupo de hechiceros”, a “Burro salvaje” rey de “Engreída“, a “Deslumbrante” rey de “Invencible” y a “el profeta” rey de “Becerra”, diciendo”…
Me hizo pensar que son 5 reyes y 5 ciudades. Esto distribuido en orden, nos muestra un patrón interesante:
1) “Mi dios es próspero” rey de “La Paz”
2) “El que es” rey de “Grupo de hechiceros”,
3) “Burro salvaje” rey de “Engreída”
4) “Deslumbrante” rey de “Invencible”
5) “el profeta” rey de “Becerra”
Es una estructura en quiasmo, típica de la literatura hebrea, donde los extremos coinciden y el centro muestra el corazón del motivo.
Las ciudades 1 y 5, así como sus reyes, reflejan un motivo religioso (dios y profeta) con sus medios (la paz y el becerro para los sacrificios de paz).
Las ciudades 2 y 4 muestran los motivos “el que es deslumbrante, e invencible con hechicería”, la raíz del poder de sus dioses paganos.
La ciudad 3 y su rey señalan el carácter que impulsa toda la maniobra, y el por qué Dios no tiene más remedio que finalmente actuar como se describe en el resto del capítulo 10 de Josué, incluso teniendo que llevar a cabo un milagro tan grande como detener el sol (la tierra en concreto) durante casi un día completo. Todos ellos son como un burro salvaje, engreídos, tozudos, no capaces de reconocer una orden, al contrario, se oponen tenaz y pertinazmente a todo lo impuesto desde el exterior.
Estos pueblos eran paganos, altivos, engreídos, entregados a la magia, hechicería, orgullosos, y en el fondo de todo, estaba el carácter indomable que imposibilitó que Dios pudiese obrar para que cambiasen de actitud.
Bien le dijo Dios a Abraham “Y en la cuarta generación volverán acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí.” (Génesis 15:16). Más de 400 años atrás Dios ya estaba trabajando con estos pueblos y ciudades para tratar de convertirlos al bien.
Jonás es un ejemplo de cómo Dios no escatima ningún esfuerzo en salvar a los que se pierden. Nínive se arrepintió y no fue destruida. Sin embargo, en Josué 10:3, un texto que pasa desapercibido, leyéndolo y entendiéndolo como lo haría un contemporáneo, nos muestra que Dios tuvo, no 40 días como con Nínive, sino 400 años de paciencia, y el nombre de los reyes y sus ciudades, que reflejan el carácter de las personas, continuaba demostrando la obstinación (tozudez) a ningún cambio ni arrepentimiento.
El resto del capítulo, ya lo conocen. Fueron destruidos, pero tras más de 4 siglos  de tremenda paciencia divina.
(Descarga esta predicación en PDF).

Las Diez Promesas (Los Diez Mandamientos) II.

INTRODUCCIÓN:

En el tema anterior vimos que la visión que tenemos de Dios depende de cómo entendemos sus mensajes. Sabemos que los 10 mandamientos son el “resumen” del carácter de Dios, un sumario de la Biblia en sí. Vimos que para entender los 10 mandamientos había que entender también cómo fueron escritos y que cuando se traduce una carta a otro idioma diferente al que la escribió, cercenamos el texto de su sentimiento, de su expresividad.
Recordamos ahora que en hebreo clásico, no existe el presente como tal, sólo el pasado (perfecto) y el futuro (imperfecto) y los 10 mandamientos de Éx. 20:2-17 están escritos en “futuro imperativo”.
El imperativo se entiende de tres formas:
1) Como un mandato. Una orden. 2) Dar permiso para algo. El que habla otorga permiso para que alguien pueda hacer algo que desea, o ha solicitado. 3) Promesa. El que habla asegura al que se dirige que lo que le está diciendo va a ocurrir, aunque lo que sea que vaya a ocurrir esté fuera del alcance del interlocutor que recibe la “orden”. Lo harás, lo podrás hacer.
Esta tercera acepción es perfectamente aplicable, de modo que los 10 mandamientos se convierten automáticamente en 10 promesas. Dios resume su esencia, el Amor, en 10 maravillosas promesas. Ahora sí que resulta más fácil entender 1 Jn. 5:3 “El amar a Dios consiste en obedecer (aceptar) sus mandamientos (promesas)”.

Las 10 promesas.

El contexto en el que se dan los 10 mandamientos es un pacto, una especie de “boda” entre Dios y su pueblo y en el que los mandamientos son los votos o las 10 promesas de los contrayentes.
La “Primera promesa” Éx. 20:3 “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Se podríamos traducirlo por “A partir de ahora no te harán falta más dioses, conmigo es suficiente”.
Segunda promesa Éx.20:4 “No te harás imagen, ni ninguna semejanza […] porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos… ”. Dios está prometiendo que no tendremos necesidad de colgar una foto suya en la pared para recordarle porque siempre estará con nosotros. Esta promesa además es doble, pues Dios se compromete a visitar como un médico la enfermedad del padre para curarla, y hacer un seguimiento sobre sus hijos, nietos y biznietos.
Tercera promesa. Éx. 20:7 “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano”. Cada vez que invoquemos el nombre de Dios, nunca será en vano. Dios siempre responderá a nuestra súplica, a nuestro llamado. La consecuencia (castigo) es natural, despreciar el consejo de Dios, su ayuda, su sabiduría, su ofrecimiento, siempre tendrá una consecuencia negativa para el ser humano.
Cuarta promesa. Éx. 20:8-11 “Acuérdate del sábado.” Dios promete tener una cita semanal especial con su esposa. Dios promete que será un momento de tanto gozo (si lo hacemos adecuadamente) que todo el que viva con nosotros disfrutará de esa fiesta.

Las 10 promesas (segunda parte)

Quinta promesa

Éx. 20:12 “Honrarás a tu padre y a tu madre, para que tu vida se alargue en la tierra que yo, el Señor tu Dios, te doy” (RV Contemporánea). Dios nos está prometiendo aquí que a partir de ahora seremos “hijos honrosos”.
Hay muchos textos en los que se nos advierte que nuestra conducta moral afecta a nuestra salvación personal, recordemos que en el segundo mandamiento, al contrario de lo que se ha transmitido tradicionalmente, el pecado de un padre no es castigado sobre los hijos, sino que Dios “visita” como un médico a su descendencia para evitar la propagación del mal y sanarlos. Esto siempre en el sentido “descendente”, a la descendencia.
En este mandamiento encontramos el sentido contrario, el “ascendente”. La conducta moral de un hijo afecta a su ascendencia, causando deshonra. Hay muchos textos al respecto, como Deut. 27:16Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre. Y dirá todo el pueblo: Amén”. Otra versión, la Biblia La Palabra en este texto dice “desprecie” en vez de “deshonre”.
Se entiende que los padres han buscado la mejor educación para sus hijos, y una mala conducta, sea de la naturaleza que sea, es un desprecio por los consejos, esfuerzo y dedicación que unos padres han dedicado a la crianza y desarrollo de su descendencia. Este mandamiento va mucho más allá de cuidar a los padres cuando son ancianos. Va mucho más allá de hablarles con cariño, amarles, etc. Este mandamiento nos dice que cualquier fallo o error moral por nuestra parte es una deshonra para nuestros padres. (Ver también Lev. 21:9).
Prov. 17:6 repite la idea de esta promesa “Corona de los viejos son los nietos, Y la honra de los hijos, sus padres”.
Dios nos promete que a partir de ahora, aceptándolo como Esposo, él será el “Jefe de la familia”, y con él a su lado, seremos capaces de honrar a nuestros padres. Siempre se ha dicho que es un mandamiento con promesa, y yo digo que es una promesa doble. Dios promete ayudarnos a honrar, y además, si cumplimos se añade la promesa de recibir la honra del propio Dios hacia su esposa (nosotros).
No es nuevo, en 1 Sam. 2:30 leemos: “Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.” Otros textos que repiten esta idea son Sal. 15:4;
La honra está ligada con el espíritu humilde, así lo dice Prov. 29:23 “La soberbia del hombre le abate; Pero al humilde de espíritu sustenta la honra”. Es decir, Dios nos promete dar un espíritu humilde. Este mandamiento tiene una cara más de la moneda, implica a los padres de forma activa. Si un hijo deshonrare a su familia, la familia debe hacer lo posible por restaurarlo. Isa. 48:11 nos muestra que Dios se empeña en darnos honra (de ahí la doble promesa de este mandamiento): “Por mí, por amor de mí mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi honra no la daré a otro”, y por ejemplo y precepto, los que somos padres debemos purificar a nuestros hijos como Dios lo hace con nosotros (ver. Isa. 48:10-12).
Es una promesa maravillosa. Dios promete ayudarte a comportarte de forma decente, moralmente correcta, de modo que honrarás a tus ancestros, y además, esa conducta tendrá una recompensa extra, Dios nos prolongará la vida en este mundo para ser ejemplo de conducta a los demás. Así lo leemos en Isa. 55:5 “He aquí, llamarás a gente que no conociste, y gentes que no te conocieron correrán a ti, por causa de Jehová tu Dios, y del Santo de Israel que te ha honrado”.
Como esposa de Jesús, se aplica a nosotros el texto de Prov. 11:16 “La mujer agraciada tendrá honra, Y los fuertes tendrán riquezas”.
Hay mucho más que decir de la honra a los padres, como Col. 3:20, 21 “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten”. (Mat. 15:1-9; Mr. 7:9-13).

La 5ª promesa es un “prólogo”.

Las 4 primeras promesas se dedican a la relación entre Dios y el hombre (vertical). ¿Por qué ésta es la primera promesa de las 6 dedicadas a las relaciones entre las personas (horizontal)? NO es casualidad, y por eso es un mandamiento también especial con doble recompensa. Pensemos que el resto son acciones bastante concretas (robar, matar, mentir, etc.) aunque con implicaciones muy amplias. Sin embargo, “Honrar” es algo muy general, muy abarcante.
Mal. 1:6 nos da la clave: “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre?”.
¿Cómo podemos deshonrar a Dios? O convirtiéndolo en algo positivo, ¿qué es honrar a Dios? ¿Cómo va a cumplir Dios su promesa de ayudarnos a honrar a nuestros padres y habilitarnos para que Él nos honre y nos ponga como ejemplo?
Esta promesa es el “prólogo” de la segunda parte de la Ley, las 10 Palabras. A continuación pasa a detallar el “cómo”.

Sexta promesa

A partir de ahora, tenemos que ver las promesas (mandamientos) restantes bajo el prisma de la primera parte de la Ley, un Dios Omnipotente, que se preocupa en extremo por nosotros y provee todo lo necesario, así como bajo el prisma de cumplir con una honra debida a los demás con la ayuda de ese Dios – Esposo y recibir así la promesa adicional.
Éxo. 20:13 es sencillo y corto: “No matarás”. No dice “no mates”, promete que a partir de ahora no tendrás que matar, ni para defenderte ni para conquistar. Dios no quería que su pueblo se tuviese que involucrar personalmente en despejar la tierra de Canaán.
Al igual que tampoco tuvieron que luchar contra el ejército de Faraón, ni contra los de Jericó, en Éxo. 23:27-28 leemos “Yo enviaré mi terror delante de ti, y consternaré a todo pueblo donde entres, y te daré la cerviz de todos tus enemigos. Enviaré delante de ti la avispa, que eche fuera al heveo, al cananeo y al heteo, de delante de ti”. (Cf. Deut. 7:20). Otra cosa es que por nuestra incapacidad de creer firmemente en Sus promesas, no disfrutemos de ellas…
Somos la Esposa, la “niña de sus ojos” y nuestro Esposo no permitirá que tengamos que pelearnos solos para sobrevivir. Es más, Dios quiere que otros se sumen a la boda, añadir más miembros a la familia. Eze. 18:32 nos dice: “Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis”. ¿Quién soy yo para juzgar quién debe morir o no? Dios está diciendo, “déjame a mi esa decisión, ya no tendrás que hacerlo tú”.

Séptima promesa

Éxo. 20:14 “No cometerás adulterio”. A partir de ahora, no tendrás necesidad de ser infiel, no solo a mi (primera promesa), sino también a tu esposo/a terrenal. Vas a honrar a toda tu familia, padres, y esposa, lo más íntimo que te regalo. Tu forma de vivir conmigo será tan original, auténtica y emocionante que no te aburrirás.
Bebe el agua de tu misma cisterna, Y los raudales de tu propio pozo. ¿Se derramarán tus fuentes por las calles, Y tus corrientes de aguas por las plazas? Sean para ti solo, Y no para los extraños contigo. Sea bendito tu manantial, Y alégrate con la mujer de tu juventud, Como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, Y en su amor recréate siempre” (Prov. 5:15-19).
Si eres capaz de ser fiel a tu Esposo, el invisible y del que no te hace falta una “fotografía” (imagen), ¿cómo no vas a ser feliz con el cónyuge al que sí ves? En la familia de Dios se restauran las relaciones disfuncionales. Dios promete restaurar todo “adulterio”, “alteración” de algo que jamás debió ser contaminado, algo tan esencial como la base de la sociedad misma: La familia.
Es curioso el orden de las promesas: Primero el prólogo (quinta doble promesa), a continuación, lo básico, el derecho a la vida, sin la cual el resto no sirve de nada. Luego viene la promesa de restauración y preservación de la base de la sociedad, la familia.

Octava promesa

Éxo. 20:15 “No hurtarás”. Una familia bien avenida y con un Cabeza de familia responsable, rico (dueño del mundo y lo que en él hay) no descuida las necesidades de sus miembros. Ya no te hará falta robar. No estás solo en la vida. Dios, el Esposo, suple todas tus necesidades. Sal. 37:25 “Joven fui, y he envejecido, Y no he visto justo desamparado, Ni su descendencia que mendigue pan”. Dios es quien “hizo los cielos y la tierra, El mar, y todo lo que en ellos hay” (Sal. 146:6).
Si desconfiamos de esta promesa, entonces es cuando “robamos”, sin tener necesidad de ello. El pecado en sí no es “robar” sino el motivo por el que hemos robado, hemos desconfiado de Dios y de su promesa. Es una “infidelidad” en toda regla.

Novena promesa

Éxo. 20:16 “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”. ¿Por qué miente la gente? O mejor, ¿para qué? No hay justificación. Puede ser para conseguir algo injustamente, para defenderse de una acusación, o cualquier otro objetivo.
Mentir para obtener algo implica la octava promesa. El Esposo nos dará lo que necesitamos, ¿para qué mentir? Si lo que queremos es “defendernos” de algo, es Dios quien nos defiende con justicia. Implica la sexta promesa. Por otro lado, donde más se miente es en dos ámbitos, los negocios y el matrimonial (cuando sucede, claro). Si Dios nos promete no tener que robar nunca más, y nos promete una familia saludable y feliz, entre otras cosas, ¿qué necesidad tendremos de mentir? ¡Ninguna!
Si estamos en un pleito con alguien porque nos ha tendido una trampa, cabe pensar que a la “mentira se la combate con la mentira”, pero no es el plan de Dios que esto se haga. Rom. 12:21 “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”.
Gál. 6:7 “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Este texto siempre lo aplicamos a nosotros de forma inquisitiva, lo que no está de más. Pero En el contexto de la promesa, también se puede entender diciendo: “No te engañes, no te “justifiques”, no tienes por qué mentir, porque si mienten contra ti, tendrán su recompensa. Dios se encargará de ello”. No caigas a su altura, en su mismo juego. Confía en Dios y no entres en la dinámica de “tú dijiste, yo dije, luego dijeron…”. Lo que cada uno siembre, eso cosechará. Tú, siembra verdad, y cosecha verdad. Dios es quien “guarda verdad para siempre” (Sal. 146:6), es el “Testigo Fiel y Verdadero” (Ap. 3:14) que en caso de pleito y desencuentro, nunca mentirá y sacará la verdad a relucir.

Décima promesa

Éxo. 20:17 “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”.
Repasemos el orden de las promesas: Primero el prólogo (quinta doble promesa), a continuación, lo básico, el derecho a la vida, sin la cual el resto no sirve de nada. Luego viene la promesa de restauración y preservación de la base de la sociedad, la familia. Después la “supervivencia”, obtener lo necesario para continuar viviendo. Dios promete que no tendrás que robar. En noveno lugar la supervivencia social o “reputación”, para vivir y hacerlo feliz entre los demás y en paz con los demás.
Hasta aquí, todo es externo, el derecho a la vida, el derecho a la familia, el derecho a mantener esa familia, y el derecho a la reputación. Pero el décimo punto no es tan “visible”, sino que tiene que ver ya con los pensamientos, con lo íntimo del ser. Aún queda algo para lograr la felicidad, y es estar conforme con lo que se tiene. Vivir en paz con uno mismo sin envidia. Hay quienes tienen todo lo anterior (una familia, vida, salud, reconocimiento, etc.) pero nunca son felices porque codician. Siempre hay más y mejor en casa del vecino. Es el cierre y la raíz de todos los problemas anteriores. Hay quien es infiel con la mujer del prójimo, hay quien mata por conseguir las posesiones de otro, hay quien simplemente “roba” el animal (o cartera) de otro, hay quien miente para conseguir algo que no es suyo… Todo ello deshonra a los padres terrenales y al Padre celestial.
Una vez vi por televisión el anuncio de una marca de televisores. Dos vecinos contiguos con casas idénticas. Uno compra un coche nuevo, el otro uno mejor. Otro compra un pequeño barco con remolque, el de al lado, uno más grande. Uno compra un televisor marca “X” el otro… compró DOS de esa marca (imposible de superar, salvo comprando dos).
Nosotros tenemos al Dios más grande del Universo, dueño y señor de toda la creación. Es imposible superarlo. Y tampoco podemos hacer como en el anuncio de televisión, porque hay un solo Dios, único. Es imposible que otros tengan algo que nosotros podamos codiciar en estas condiciones. Lo máximo que pueden aspirar a tener es formar parte de nuestra familia celestial.
Dios nos promete que jamás tendremos necesidad de estar intranquilos viendo la “prosperidad” de otros.
El Salmo 73 es una sana reflexión sobre esta promesa (v. 1-3; 15-17): “Ciertamente es bueno Dios para con Israel, Para con los limpios de corazón. En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; Por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, Viendo la prosperidad de los impíos […] Si dijera yo: Hablaré como ellos, He aquí, a la generación de tus hijos engañaría. Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí, Hasta que entrando en el santuario de Dios, Comprendí el fin de ellos”.
En Dios, la victoria no es como la entiende el mundo. Una aparente victoria puede ser una derrota (si se consigue por nuestros propios medios, mintiendo, robando, engañando…). Pero una aparente derrota con Dios se convierte en una Victoria. Jesús fue aparentemente derrotado en la cruz del Calvario, y su “derrota” fue nuestra victoria.

CONCLUSIÓN.

Con Dios nunca se pierde. La pérdida es ganancia en sus manos. Nos ha hecho 10 maravillosas promesas, las cuatro primeras son personales para ti, las siguientes seis son para ti y los tuyos, aunque honestamente, todas afectan al ser humano en su integridad.
Los votos matrimoniales de Dios con su pueblo son una serie de promesas maravillosas. El que vea en sus votos matrimoniales un yugo pesado de llevar, es porque no ama a su esposa o esposo. Lejos de ser una obligación, son una expresión de gozo y amor comprometido que evidentemente provoca (o debería provocar) una respuesta positiva en nosotros.
1 Jn. 5:3 “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos”. Ahora sí que se puede conciliar este texto con Éxodo 20. Este capítulo fue la celebración de los desposorios del Cordero con su Esposa, no nos olvidemos que la entrega del “certificado” de compromiso matrimonial no ocurrió hasta el capítulo 33 de Éxodo, cuando Moisés bajó del monte.
Aún queda pendiente la segunda parte de la boda. La del Cordero, recordemos que en aquella época se celebraban los “desposorios” y un año más tarde las “bodas” (ver Mt. 1:18-20). Pero en ese período de tiempo, a efectos legales la pareja estaba comprometida y si moría el novio, ella se consideraba viuda. Nuestro Esposo ya se “desposó” (comprometió) con nosotros, y confirmará sus votos (promesas/mandamientos) en la tan esperada Boda del Cordero que anhelamos con todo nuestro ser.
Por este motivo, los mandamientos son eternos, porque son promesas que ha hecho Dios, y en tanto que Él es Eterno, sus promesas se mantienen junto con su vida.
Disfrutad de las promesas de Dios, anticipo de lo que nos espera cuando se mude a vivir físicamente con nosotros en breve tras la boda.
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