Las Diez Promesas VIII–IX: Octava y Novena Promesa: Dios promete hacerse cargo de ti y promete defender tu causa y tu honor.

INTRODUCCIÓN:

Ya estamos en la recta final. Confío en que la percepción que teníais de Dios haya cambiado desde el primer día hasta hoy. Pero aún no hemos terminado, quedan más promesas por aprender y aprehender.
Dios celebró unos desposorios, una boda en el Sinaí, donde públicamente, ante todo el Universo manifestó diez grandes promesas en forma de votos matrimoniales. La primera promesa es serte fiel y, en consecuencia, le serás fiel, no te hará falta seguir “de flor en flor” buscando el amor verdadero o al Dios verdadero.
Promete no dejarte nunca solo/a, estar siempre a tu lado, ya no te hará falta ninguna foto suya. También promete cuidarte y de tu familia, como el médico visita a los enfermos para sanarlos.
También ha prometido escucharte siempre, con toda su atención cada vez que le llames en oración. No importa los errores que hayas cometido hasta ahora, siempre está dispuesto a escuchar y a ayudar dando una nueva oportunidad.
Dios ha prometido también apartar un tiempo cada semana para estar en familia. Un día especial cada semana, el sábado, para gozar juntos de todo lo que ha creado, incluso quiere que invites a las visitas y vecinos. Sólo te pide que recuerdes esa fiesta semanal.
Dios ha prometido ayudarte a ser un buen joven, un/a buen/a hijo/a. Y como garantía de que cumple su promesa, te dice que Él es el primer interesado en ayudarte a ser un/a buen/a hijo/a porque así todo el universo puede ver su amor y dedicación por ti.
Luego prometió ser tu defensor, el Fuerte y Celoso que siempre estará a tu lado para librarte del enemigo. No necesitarás matar a nadie, ni tan siquiera insultar. Dios te ayudará a respetar la vida de los demás.
Es más, te promete una familia feliz, si aceptas su ayuda y consejo. Promete una vida tan plena, que no tendrás la necesidad de buscar “emociones” fuera del matrimonio. Pide a Dios que te de la pareja ideal, o que reaviva tu matrimonio. Lo ha prometido.
Vamos ahora con la octava promesa.

Octava promesa: El “Padrino”

Octava promesa

Éxodo 20:15 “No hurtarás”. Esta parte de las promesas es bien sencilla, corta y al punto. Dios te está diciendo: “Si crees y aceptas todo lo que te estoy prometiendo, también cuidaré de tus necesidades. Haré provisión de todo lo que necesites. Si confías en mí como esposo, como tu Dios, si le dejas estar a tu lado constantemente, deja que me haga cargo de lo que necesites.”
Piensa que Dios quiere formar una familia contigo bien avenida, unida. La familia que Dios te está proponiendo tiene un Cabeza de familia responsable, muy rico, es el Dueño del mundo y todo lo que en él hay. Dios promete no descuidar las necesidades más sencillas de los miembros de su familia.
Ya no te hará falta robar, como quizás hayas hecho antes. Ya no estás solo en la vida. Dios, el Esposo, suple todas tus necesidades.
En Salmo 37:25 leemos: “Joven fui, y he envejecido, Y no he visto justo desamparado, Ni su descendencia que mendigue pan”. De nuevo vemos el mismo patrón, Dios se preocupa de sus hijos, de proveer lo necesario. Y aparece otra vez la idea de “visitar” la descendencia de aquellos que pasan por dificultades, para sanar y proveer lo necesario.
Recuerda el texto con el que se inicia el episodio de Sinaí, Éxodo 19:5 “vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra”. No te olvides que Dios es quien “hizo los cielos y la tierra, El mar, y todo lo que en ellos hay”, Salmo 146:6. Salmo 24:1 “De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan.” Salmo 89:11 “Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; El mundo y su plenitud, tú lo fundaste”. Hageo 2:8 “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos”.
Si desconfiamos de esta promesa, entonces es cuando “robamos”, sin tener necesidad de ello. El pecado en sí no es “robar” sino el motivo por el que hemos robado, hemos desconfiado de Dios y de su promesa. No hemos creído que realmente se vaya a hacer cargo de mis necesidades. Es una “infidelidad” en toda regla. ¿Os imagináis a una reina acompañada del rey, entrando en una tienda de ropa, y que se ponga a robar? ¿Qué necesidad tiene de robar? ¿No está el esposo, el rey, con ella para pagar?
Evidentemente, no quiere decir que Dios nos vaya a dar todos los caprichos que le pidamos, igual que a mis hijos tampoco les concedo todo lo que piden. Salmo 84:11 (LBLA) “el Señor; nada bueno niega a los que andan en integridad”. No se trata de esperar grandes riquezas, que podría ser también, sino de saber que nuestras necesidades básicas están aseguradas. Isaías 33:15-16 “El que camina en justicia y habla lo recto; el que aborrece la ganancia de violencias, el que sacude sus manos para no recibir cohecho, el que tapa sus oídos para no oír propuestas sanguinarias; el que cierra sus ojos para no ver cosa mala; éste habitará en las alturas; fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras”.
El Salmo que muchos se saben de memoria, es una promesa más dentro de esta gran promesa: Salmo 23:5 “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando”. En las peores circunstancias, cuando algunos pueden encontrar una “excusa” para justificar lo injustificable, Dios hace provisión. “Recuerda, si confías en mí, no robarás”. Eso sí, confórmate con lo que te doy...
Ya tenemos satisfechas las necesidades más básicas. 1) Derecho a la vida y el respeto a la de los demás. 2) Poder tener o formar una familia feliz. Y 3) Tener el sustento para esa familia asegurado, sabiendo que no hará falta robar.

Novena promesa

¿Qué promesa viene ahora? Éxodo 20:16 “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”. O la versión reducida: “No mentirás”. No se trata de una prohibición, aunque está evidentemente implícita si se acepta como promesa. Lo que Dios te está prometiendo aquí es: “Si me aceptas como esposo, te prometo que a partir de ahora no tendrás la necesidad de mentir, no será necesario que eches las culpas a los demás”, como hizo Adán con Eva y ella con la Serpiente.
¿Por qué miente la gente? O mejor, ¿para qué? No hay justificación. Puede ser para conseguir algo injustamente, para defenderse de una acusación, o cualquier otro motivo.
Mentir para obtener algo implica desconfiar la octava promesa (es robar). El Esposo nos dará lo que necesitamos, ¿para qué mentir entonces?
Si lo que queremos es “defendernos” de algo, de alguna acusación, es Dios quien nos defiende con justicia. Implica la sexta promesa, desconfiar de que Dios nos puede defender, y acabaríamos por defendernos hasta con armas (matar). El profeta Daniel ya vivió varias situaciones similares, pudo mentir para no ser echado en el foso de los leones, o en otras muchas ocasiones, pero no lo hizo. Al contrario, su costumbre era orar pidiendo ayuda a Dios. En Salmo 35:23-24 leemos:“Muévete y despierta para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa. Júzgame conforme a tu justicia, Jehová Dios mío, Y no se alegren de mí”.
Hay más textos, como Salmo 103:6 “Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia”. La violencia no sólo puede ser física, la hay verbal, emocional, social, de muchos tipos. Dios es quien te tiene que defender ante acusaciones falsas.
Por otro lado, donde más se miente suele ser en dos ámbitos, los negocios y el matrimonio, cuando algo malo sucede o cuando hay intenciones deshonestas, claro. Si Dios te promete no tener que robar nunca más, y te promete una familia saludable y feliz, entre otras cosas, entonces ¿qué necesidad tendremos de mentir? ¡Ninguna!
Si estamos en un pleito con alguien porque nos ha tendido una trampa, cabe pensar que a la “mentira se la combate con la mentira”, pero no es el plan de Dios que esto se haga. Pablo nos dice en Romanos 12:21 “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”. No es el único que afirma algo así, Pedro también nos da un consejo similar en 1 Pedro 3:9 “no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición”.
El propio Jesús nos dijo en Mateo 5:44 “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”.
El ser humano es especialista en cargarse de razones. Somos insuperables a la hora de justificar lo que hacemos, porque tenemos mil razones. Normalmente acabamos exagerando un poco... Pero, ¿os gusta que os vendan algo con el precio exagerado? Exagerar es mentir, cambiar la realidad por una imagen distorsionada, y acabamos engañando a los demás agravando la situación más de lo que realmente es, normalmente para poner al otro de nuestra parte y atacar o discriminar al que nos ha hecho el supuesto daño.
Pablo nos dice en Gálatas 6:7 “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Este texto siempre lo aplicamos a nosotros de forma inquisitiva, lo que no está de más.
Pero en el contexto de la novena promesa, también se puede entender diciendo: “No te engañes, no te “justifiques”, no tienes por qué mentir, porque si mienten contra ti, tendrán su recompensa. Dios se encargará de ello”. No caigas a su altura, no caigas en su  mismo juego. Confía en Dios y no entres en la dinámica de “tú dijiste, yo dije, luego dijeron...”.
Lo que cada uno siembre, eso cosechará. Tú, siembra verdad, y cosecharás verdad. En Salmo 146:6-7 se nos dice que Dios es quien “guarda verdad para siempre, que hace justicia a los agraviados, que da pan a los hambrientos”.
No te olvides que cuando hay un pleito y vas a juicio, Jesús es el “Testigo Fiel y Verdadero” (Ap. 3:14). En ese caso de litigio y desencuentro, Jesús nunca mentirá y sacará la verdad a relucir, y te hará justicia. A veces queremos echar una mano a Dios, con una pequeña mentira o exageración para justificar que tenemos razón (y no dudo que la tengas), pero al hacer eso, echamos por tierra la verdad, aunque esté de nuestro lado.
Dios te promete que te hará justicia, que no tendrás que mentir, ni exagerar. Sólo confía en su promesa y deja que Él haga. Deja a Dios que haga de Dios, de lo contrario, ocuparás su lugar y ese fue el pecado de Lucifer.

CONCLUSIÓN

Dios promete ayudarte a ser honrado y honroso. Eso es el prólogo en la quinta y doble promesa. A continuación promete defender el derecho a la vida, la tuya y la de los demás. Luego promete estructurar la vida en familias, prometiendo la restauración y preservación de la base de la sociedad, la familia y e matrimonio.
Luego promete proteger y sustentar la vida y la familia proveyendo todo lo necesario. No te olvides nunca que tienes al Ser más poderoso y rico del Universo viviendo constantemente a tu lado, deseando pasar cada minuto contigo, siempre dispuesto a escucharte, siempre dispuesto a cuidar de ti, haciendo planes semanales para hacer una fiesta familiar.
Y también está dispuesto a inmiscuirse en tus pleitos con los demás. Está dispuesto no solo a proteger la vida, la familia y el sostén de la familia, está dispuesto a arbitrar a favor de la convivencia con los demás. Ha prometido defender tu causa, para evitar que caigas en la tentación de mentir o exagerar en una discusión.
Te invito a que ahora acudas a ese Dios que está siempre presto a oírte. Habla con Él y expon en este momento tus más íntimas preocupaciones. Esos problemas que te agobian, esas luchas y discusiones en las que te han metido otros con mentiras, o que tú mismo has creado, y pídele que cumpla su promesa y que te ayude a salir de esos problemas. Pídele que te sostenga, exponle tus necesidades y reclámale sus promesas de sostén y justicia.
Ora con la seguridad de que te escucha. Agradécele por querer ayudarte a ser un buen hijo y no olvides que, aunque no te sientas digno, el primer interesado en ayudarte es Dios mismo. Te invito a orar.
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