El trato con los demás


Lectura Bíblica: Santiago 4:11

El tema de hoy está basado en un capítulo del libro Ministerio de Curación con el mismo título: “El trato con los demás”. Ya que la iglesia en sí no es un edificio, sino un colectivo de personas, es decir nosotros, es lógico que de vez en cuando surjan roces entre hermanos. El que diga lógico no quiere decir que esté justificado. El hecho de convivir con personas requiere el ejercicio del dominio propio. También es necesario desarrollar la tolerancia y la simpatía. Cuando digo simpatía no me refiero a “sonreír” simplemente. La auténtica simpatía significa identificarse con los sentimientos y/o situaciones que vive o experimenta el que tengo a mi lado. Esto no siempre resulta fácil, por el mero hecho de ser personas diferentes. No todos tenemos la misma disposición para hacer las mismas cosas. También tenemos hábitos distintos, y probablemente ambos sean legítimos. Por otro lado todos no hemos recibido la misma educación ni en las mismas circunstancias. Los hábitos, la educación, la disposición, los gustos, los intereses personales difieren entre una persona y otra. Esto hace que tengamos una perspectiva distinta de la realidad, que juzguemos los asuntos desde ópticas diferentes. Tenemos conceptos distintos de cómo hay que comportarse en la vida. En definitiva, nunca jamás encontraremos dos personas que tengan un concepto exacto de la vida en todo aspecto. Ni tampoco hallaremos dos personas que hayan tenido experiencias idénticas en todo momento.

Las pruebas que uno puede soportar con cierta facilidad pueden ser horribles para otro, y en cualquier caso, nunca serán las mismas pruebas. Los deberes que a uno le parecen fáciles de realizar, para otro puede suponer una gran dificultad, incluso llegar a la perplejidad. El ejercicio de la comprensión con los demás no resulta fácil. Por otro lado, tampoco cabe excusarse alegremente en este pensamiento, si hacemos caso a Pablo según lo que escribió en 1 Corintios 10:13: “No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportarla”. Si viene una prueba, una situación, debemos tener la tranquilidad de saber que Dios no lo habría permitido si no estuviésemos en condiciones de poder soportarla. Además debemos tener la seguridad de que Dios proveerá la salida para tal prueba.

LA CONDICIÓN DE LA NATURALEZA HUMANA.

Esto se debe aplicar a uno mismo. Nuestra propia naturaleza es tan frágil, somos tan ignorantes respecto las circunstancias de los demás, y tenemos tal propensión (involuntaria, claro está) a equivocarnos, que cada cual, yo el primero, debe ser prudente a la hora de valorar al prójimo. A la hora de valorar sus actos, sus motivos, sus circunstancias, etc.

Conocí la historia de dos personas que iban caminando por el campo. Se desplazaban de una población a otra. Era avanzado el verano, la época de la siega. A lo lejos vieron algo curioso. Atisbaron en medio de las espigas maduras a un hombre que estaba segando. La cabeza apenas sobresalía de las espigas, pero efectivamente estaba segando. Ambos caminantes comenzaron a criticar la actitud de este labriego: “¡Fíjate! ¡El colmo de la vagancia! ¡Está segando sentado! Así va a tardar siglos en segar el campo.” Entre una frase y otra del mismo calibre, poco a poco fueron llegando a la altura donde estaba este segador tan peculiar. Lógicamente, para no ser oídos por el sujeto criticado, fueron acallando sus voces conforme se acercaban. ¡Cuál fue su sorpresa y su vergüenza, cuando descubrieron que aquel supuesto vago campesino, estaba sentado sencillamente porque le faltaban ambas piernas! Y aún así, cumplía su deber en sus circunstancias. Aquellos dos caminantes aprendieron una buena lección.

Lo que nosotros hacemos o decimos puede parecernos de poca importancia, un comentario aquí o allá. Dice la pluma inspirada: “Si pudiésemos abrir los ojos, veríamos que de ello dependen importantísimos resultados para el bien o el mal”.1

MIRANDO POR QUIENES LLEVAN CARGAS.

Puede suceder, y sucede con frecuencia, que hemos llevado tan pocas cargas respecto los demás, la iglesia, etc. y sucede también que a veces nuestro corazón ha experimentado tan poca angustia verdadera y poca preocupación por el prójimo, que no podemos comprender lo que es llevar “cargas”. A mí personalmente me ha sucedido, y entiendo aún me sucede. No tenía ni idea de lo que era ser padre hasta que lo he sido. No tenía ni idea de lo que es ser pastor, hasta que lo he empezado a ser, y soy consciente de que apenas he comenzado a vislumbrar la verdadera responsabilidad que supone el ministerio. Antes me preguntaba qué hacían los pastores entre semana, ahora me pregunto ¿de dónde sacan el tiempo?

A veces no somos más capaces, y yo el primero, de comprender a quien lleva cargas (que a menudo ignoramos) de lo que un niño puede comprender lo que son las cargas del padre de familia. El niño pregunta: “¿Y por qué tienes que ir a trabajar? ¡Quédate conmigo a jugar!” A los niños les es extraño los temores y las preocupaciones de los padres, no las entienden. Es más, con lo bien que se lo pasa uno jugando, ¡qué tontería preocuparse así! Pero cuando pasan los años, empiezan poco a poco a llevar su propia carga. Entonces se empieza a comprender lo que hicieron los padres por nosotros, lo que hicieron por nosotros los que nos precedieron en la fe. Sólo con la experiencia propia, con el “mojarse” en los platos, se puede y se sabe comprender a los demás.

Por desgracia, pocos son los pintores cuyas obras se cotizan mientras están vivos. Por lo general, los cuadros de los pintores suelen revalorizarse después de haber muerto. De igual manera, con frecuencia no solemos valorar la labor de otras personas hasta que no están entre nosotros para seguir desempeñando su función. Es en ese momento, cuando hay que buscar un sustituto del tesorero, del anciano, del diácono, del cabeza de familia, etc. cuando uno se da cuenta del valor del trabajo que realizó el anterior. Sólo la persona que le sustituye comprende las dificultades que el anterior responsable arrostró. En ese momento nos toca pasar por la escuela de la vida, aprendiendo a base de errores, cuando podríamos haber aprendido al lado del que tiene experiencia, mientras aún podía desempeñar su función.

JÓVENES: Tarde o temprano tendréis que tomar vosotros responsabilidades en la iglesia, en el hogar, en la sociedad. Sé que lo sabéis, y también sé que eso os parece “lejano en el futuro”. Cuanto más tardéis en interesaros por estos asuntos, más duro será el momento de tomar responsabilidades.

Cuando nos toca ponernos las sandalias de otro, entonces veremos cuánto daño le hacían o si le apretaban o no. Entonces empezaremos a comprender muchos asuntos que antes criticábamos incluso alegremente. Dice la pluma inspirada: “Dios permite que los hombres ocupen puestos de responsabilidad. Cuando se equivocan, tiene poder parar corregirlos o para deponerlos. Cuidémonos de no juzgar, porque es obra que pertenece a Dios”.2

EL EJEMPLO DE DAVID. 

El rey David nos dejó ejemplo de cómo actuar en ciertos casos. Y probablemente nunca nos toque a muchos de nosotros enfrentar una situación tan grave como la que David tuvo que hacer frente. Conocemos la historia de Saúl. Saúl fue ungido rey sobre Israel por mandato divino, eso sí, escogió el rey “según el corazón del pueblo”.3 Saúl era muy alto, sobresalía de hombros para arriba del resto del pueblo.4 Era, según los cánones humanos, un candidato para ser rey. Ya conocéis la desobediencia de Saúl, y la consecuencia de la misma: el reino le sería quitado. David fue ungido nuevo rey por Samuel, estando aún vivo Saúl. David sabía que él sería el nuevo rey, de acuerdo a la voluntad divina. No obstante, David trató de forma cariñosa, cortés y prudente al rey Saúl. Cuando Saúl trató de quitarle la vida, David tenía excusa perfecta para dar un golpe de estado, y con el “respaldo divino” ocupar el trono. David no actuó así, es más, cuando David y sus hombres estaban escondidos en una cueva, Saúl entró en esa misma cueva para “aliviarse”. Los hombres de David citaron un texto: “Entrego tu enemigo en tus manos, y harás con él como te pareciere”. La cuestión es cómo interpretaron ellos ese “te pareciere”. David efectivamente actuó como le pareció, y les dijo en 1 Samuel 24:6 “Dios me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Dios. ¡No levantaré mi mano contra él, porque es el ungido del Señor!” David dejó todo juicio a Dios. Jesús mismo nos dijo en Mateo 7:1 y 2 “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir”.

EL JUICIO.

¿Qué sucedió el 22 de Octubre de 1844? Comenzó el juicio investigador según la profecía de Daniel 9. En ese juicio se está revisando los casos de todos aquellos profesos seguidores de Cristo. No sabemos cuándo pasará nuestro caso a juicio. Debemos recordar lo que nos dice Pablo en Romanos 2:1 “Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas”.

Dice la mensajera del Señor: “No nos conviene dejarnos llevar del enojo con motivo de algún agravio real o supuesto que se nos haya hecho. El enemigo a quien más hemos de temer es el yo”.5

Nosotros somos nuestro peor enemigo. Probablemente no tengamos “vicios” que sean mal vistos por los demás, somos “adventistas” y además muy sanos. Pero no debemos olvidar que nosotros mismos, si permitimos dar rienda suelta a los chismes, los cotilleos, las críticas entre nosotros acerca de terceras personas (el hermano tal o el vecino cual, o el pastor de más allá fíjate lo que hace o de lo que me he enterado), hacer eso es aún peor para nuestro carácter que cualquier otro vicio que se pueda tener. Como dice la pluma inspirada en la misma página: “Ninguna victoria que podamos ganar es tan preciosa como la victoria sobre nosotros mismos”. Hermanos, sería bueno repasar de vez en cuando, y poner en práctica el consejo dado por nuestro Señor en Mateo 18, de lo cual quizá hablemos en profundidad en otro momento. Pero sin duda alguna, si acudimos a hablar claramente con alguien que nos ha ofendido (o al menos eso entendemos) y solucionar directamente el mal entendido sin intermediarios, ganaremos tiempo y salud. Y probablemente nos ayude a comprender asuntos que antes ignorábamos. Hacer esto en nuestras vidas, nos ayudará a ser útiles a los demás, y a poco a poco, ser más idóneos para la obra del Señor en cualquier área que nos toque servir.

CONCLUSIÓN.

Es mi oración que nuestro Dios nos ayude a vivir de acuerdo con su Palabra, y que de esta manera podamos ayudarnos unos a otros en vez de, sin querer, ponernos pequeñas piedras en el camino. Hagamos caso al apóstol Santiago (4:11) “Hermanos, no habléis mal los unos de los otros. El que habla mal de su hermano o juzga a su hermano habla mal de la ley y juzga a la ley. Y si tú juzgas a la ley, entonces no eres hacedor de la ley, sino juez”. ¿Quién soy yo para ponerme como juez siendo que Dios dio todo juicio al Hijo (Juan 5:22)?

1 Ministerio Curación Pág. 384.
2 MC Pág. 385.
3 De David se dice fue elegido según el corazón de Dios (1 Samuel 13:14) contrastando con la elección de Saúl.
4 Véase 1 Samuel 9.
5 MC Pág. 386.

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