Los orígenes (La Creación 4 de 5)

shoreIntroducción

Hoy hablaremos de las implicaciones de la creación, como son la verdadera adoración, el monumento de la creación, instituciones hechas en la creación y una muy importante, la autoestima, entre otras más.

El fundamento de la verdadera adoración.

Nuestro culto a Dios comienza por el mismo hecho de la creación. Dios, después de crear al ser humano, a Adán y Eva, puso un día especial para conmemorar el acto de la creación, el Sábado. Era un día especial en el que Adán y Eva podían tener una comunión especial con Dios, de alabanza y gratitud por haberlos creado. Esa es la invitación que se hace para adorar a Dios, como dice Salmo 95:6 “Venid, adoremos y postrémonos, doblemos la rodilla ante Yavé nuestro Hacedor”. Este hecho es muy importante, el de reconocer a Dios como Creador de todo. Prueba de ello tenemos en Apocalipsis 14:7 un mensaje que ha de ser predicado a todo el mundo antes de que Cristo regrese por segunda vez: “Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. El hecho de reconocer a Dios como Creador, antes del regreso de Cristo, será muy importante, de ello dependerá el formar parte del reino de los cielos o no.

El Sábado, monumento de la Creación.

Como ya hemos adelantado antes, Dios estableció el día de sábado, el séptimo día de la semana de la creación, a fin de que pudiésemos recordar de forma semanal que él es nuestro Creador, y nosotros sus criaturas, que tenemos vida gracias a que él quiso compartir la suya. El sábado es un día, no para recordar lo mucho que nosotros hacemos o lo buenos que somos, sino para recordar lo mucho que Dios ha hecho, para empezar, crearnos a nosotros y lo que nos rodea. Bien es cierto que lo creó en óptimas condiciones y que nosotros lo hemos echado a perder y lo continuamos haciendo.
Dios bendijo el sábado de forma muy especial, y lo santificó. Quisiera recordar de nuevo lo que significa santificar, literalmente “poner aparte”. Es decir, Dios aparta un día en su agenda, cada semana, para poder estar de forma especial con nosotros. Dios nos dedica un día entero para nosotros, de forma exclusiva. Bien es cierto que se dedica a nosotros todos los días, pero ese día es especial. En ese día también espera que nosotros apartemos el tiempo para dedicárselo a él, y de esa manera ser correspondido con nuestra compañía. Es un día establecido para que nunca olvidásemos que la vida, además de trabajo, también es comunión, relación con nuestro Creador. Para eso nos creó Dios, para tener una relación con él. Es un día de descanso, para hacer un alto en el camino y celebrar todo lo que Dios ha creado, hecho y sigue haciendo por nosotros.
El día de sábado es tan importante para Dios, que lo colocó en el centro de su ley, de la ley moral. Si lo leemos tal cual está en la Palabra de Dios, en Éxodo 20:3―17, nos daremos cuenta de que es el cuarto mandamiento, en el centro de la ley. Observar este mandamiento, guardar el día de sábado con su sentido, nos permite recordar de forma semana, quiénes somos, de dónde venimos y quién nos ha creado, así como su enorme poder para crear. Así lo leemos también en Ezequiel 20:20 “Santificad mis sábados, y que sean una señal entre yo y vosotros, para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios”.

El matrimonio, una institución divina.

Durante la semana de la creación, Dios estableció el matrimonio como una institución divina. Se proponía que esta unión sagrada entre dos personas fuese indisoluble: El hombre “se unirá a su mujer”, y debían llegar a ser “una sola carne”, así lo leemos en Génesis 2:24. Jesús mismo ratificó esto como voluntad divina, lo podemos leer en Marcos 10:7―9 “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirán a su mujer; y los dos serán una sola carne. Así que ya no son más dos, sino una carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Dios no sólo creó al ser humano, también creó la familia, comenzando por el matrimonio.

La base de la verdadera estimación propia.

El relato de la creación declara que fuimos hechos a imagen de Dios. Comprender este hecho provee cuánto valemos, el verdadero valor del ser humano. Si entendemos que Dios nos quiso hacer a su imagen y semejanza, que en la misma creación se tomó “la molestia” de agacharse para moldear al primer hombre, debiéramos entender lo valiosísimos que somos a sus ojos. Esto nos ayudaría a tener mejor estima propia, a superar algunas o muchas depresiones. No deberíamos tener complejos de inferioridad, somos la corona de la creación, lo mejor de toda ella. De hecho, el privilegio de tener una comunicación inteligente con el creador, es privilegio sólo de la especie humana en este mundo. Incluso después del pecado, con la degeneración todo lo que hay en este planeta, aún así, es privilegio nuestro el recuperar esa imagen de Dios casi perdida en el ser humano, y de parecernos de nuevo cada vez más a Él.

La base del verdadero compañerismo.

La dignidad creadora de Dios establece su paternidad. El mero hecho de reconocer a Dios como nuestro creador, es decir nuestro Padre, nos recuerda que todos los seres humanos somos hijos de Dios, por lo tanto hermanos. Leemos en Malaquías 2:10 “¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué nos portamos deslealmente unos con otros, profanando el pacto de nuestros padres?” Esto no establece diferencias basadas en raza, sexo, color, educación o posición social, debemos recordar que todos hemos sido creados a la imagen de Dios. Si comprendiésemos realmente esto, y lo pusiésemos en práctica, no habría racismo, ni intolerancia ni cualquier otra forma de discriminación.

Mayordomía personal.

Ya que Dios nos creó, hay que reconocer que somos de su propiedad. Esto a veces cuesta de reconocer, pero es la realidad. Cualquiera sí que reconoce como suyo aquello que ha hecho y construido. Cuanto más valioso sea, más autoridad reclamamos sobre esa cosa hecha por nosotros. Algo más perfecto que un ser humano, con todo lo que conlleva el mero hecho del organismo físico, y aún más, la capacidad de pensar, de tener libre albedrío, no puede ser creado sino por Dios. Tiene todo el derecho de reclamarnos como su propiedad. Pero aún así, no nos fuerza a aceptarlo como lo que es, nuestro creador, respeta nuestra libertad. Eso aún nos debiera llevar a aceptar a Dios, no sólo por su derecho como creador, además, por su grandísimo amor por nosotros, por respetar esa libertad, y darnos la oportunidad de corresponderle libremente, no por obligación.
Entonces, reconociendo esa pertenencia a Dios por partida doble, debemos concluir que no somos nuestros, que somos mayordomos de nosotros mismos. Es decir, lo que soy, el cuerpo que tengo, pertenece a Dios, y yo debo de cuidar lo que Dios me ha dado, mi propio ser. Debo cuidarme de tener las mejores facultades físicas, mentales y espirituales. No reconocer que pertenecemos a Dios, es un acto de ingratitud, nos apropiamos de lo que no es nuestro.

Responsabilidad del ambiente.

Del mismo modo que debemos cuidar del cuerpo, además de por interés propio, porque pertenece a Dios, también Dios nos hizo mayordomos del medio ambiente que nos rodea. En Génesis 1:28 “Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”. La tierra, como planeta, su contenido, animales y plantas, dependen de nosotros. De hecho, cada año se extinguen cantidad de especies, de las que a menudo ni siquiera somos conscientes. Es responsabilidad nuestra, tanto el que se extingan, como el que se preserven. Aunque ya lo he dicho, un cristiano sincero, por el hecho de aceptar al Dios creador, le hace más ecologista que los propios ecologistas, que a menudo ni siquiera creen en Dios. Dios nos hizo responsables de nuestro mundo.

La dignidad del trabajo.

El Creador le dio instrucciones a Adán para que “labrara” y “guardase” el huerto del Edén. Así lo leemos en Génesis 2:15 “Entonces el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara”. Fue el mismo Dios quien encargó a Adán hacer trabajo manual, físico. El trabajar de forma manual, es de lo más digno. El propio Jesús fue carpintero, aun siendo Dios, trabajó en un taller de carpintería.

El valor del universo físico.

Después de cada paso de la creación, Dios declaró que lo que había hecho era “bueno en gran manera”, literalmente “muy bueno”. Dicho de otro modo, Dios vio que era útil, funcional y hermoso. De esto deducimos que todo lo que Dios creó no es malo en sí, sino bueno, y muy bueno además. Otra cosa es qué hacemos nosotros como responsables de toda esa materia, con ella. Dios creó el plomo, pero no creó balas para matar a nadie. Dios creó el hierro, pero no los tanques que hay en las guerras.

Resumen.

Hoy hemos visto que el reconocer a Dios como Creador es la base para comenzar toda adoración sincera. De hecho, para perpetuar ese recuerdo, Dios estableció un día especial lo colocó aparte para que no se nos olvidase, aún más, para festejar conjuntamente con él el hecho de habernos traído a la existencia. Ese día es tan importante para Dios que lo colocó en el corazón de su Ley. En la semana de la creación Dios no sólo creó al ser humano, además creó el marco en el que debía de desarrollarse, esto es, la familia. El matrimonio, es por tanto, una institución divina, Jesús así lo ratificó.
Comprender que Dios es nuestro Creador, nos dignifica, nos hace hijos de todo un Rey, el Rey del Universo. Dios puso mucha atención y cuidado en la creación del hombre, esto nos habla de nuestro valor a los ojos de Dios. Aún más, el acto que aún más nos habla de nuestro valor a los ojos de Dios es la Cruz. Dios muriendo en la Cruz para salvar a su criatura. Somos muy valiosos para Dios, no tenemos derecho de menospreciarnos a nosotros mismos ni al que tenemos al lado. El hecho de que Dios sea nuestro creador, le otorga “derechos de Autor”. Aún así, sigue respetando nuestra libertad, que también nos la dio. Pero por esos derechos que tiene sobre nosotros, debemos reconocer que debemos cuidar aquello que no es nuestro, como el cuerpo, la vida, todo lo que somos y tenemos. Por último, hemos visto que Dios nos hizo mayordomos de la creación, del ambiente que nos rodea, y somos responsables de cuidarlo. El próximo tema, continuaremos con las implicaciones.
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