El Ser más Humano – Humanidad de Cristo I – (Jesucristo 6 de 11)

Introducción.

Hoy vamos a tocar la naturaleza humana de Cristo, su nacimiento humano, su desarrollo como ser humano, sus características humanas.

Jesucristo es verdaderamente hombre.

La Biblia testifica que además de su naturaleza divina, Cristo posee una naturaleza humana. El que se entienda bien esta enseñanza es de máxima importancia. Recordemos el ejemplo del primer tema, una creencia no es un monolito, si se comprende parcialmente o de forma incompleta, puede llevarnos a una cadena de consecuencias que acabarán con la fe minada, y una comprensión errónea de quién es Dios. Cristo vino a revelar a Dios, para que podamos relacionarnos plenamente con él. Esto también forma parte de la revelación.
Todo aquél que “confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios”, y todo aquél que no lo hace, “no es de Dios” (1 Juan 4:2, 3). El nacimiento humano de Cristo, su desarrollo, sus características y su testimonio personal, proveen abundantes evidencias de su humanidad. Esto es necesario para evitar, por un lado el arrianismo, enseñanza que no hace de Cristo uno con Dios, así como del gnosticismo y otros, que hacían de Cristo un ser no humano, del que se llegó a decir que cuando pisaba el polvo, no dejaba huellas, y que no parpadeaba.

Su nacimiento humano.

En el evangelio de Juan 1:14 leemos que “Aquél Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. En este caso, por “carne” debemos de entender “naturaleza humana”, es decir, que Cristo se hizo de carne como nosotros somos. O de otro modo, que Cristo pasó a tener otro cuerpo diferente, como el nuestro, y distinto al de su naturaleza divina. Sin dejar de ser Dios, Cristo se “encarnó”, se hizo hombre, un ser humano como nosotros.
Pablo dice en Gálatas 4:4 que “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”. Este texto de Pablo corrobora el cumplimiento de la primera profecía mesiánica de toda la Biblia, que encontramos en el mismo jardín del Edén. En Génesis 3:15, donde Dios promete que de la descendencia de Eva, de la mujer, nacería el que aplastaría la cabeza de la Serpiente. Así que efectivamente, Cristo nació de una mujer, María.
Luego en Filipenses 2:7, 8 se nos aclara que Cristo “tomó forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo”. Cristo se humilló por el mero hecho de dejar su gloria celestial para venir a ser como uno de nosotros. Esto ya es una humillación, que el Creador venga a ser como sus propias criaturas. Esta manifestación de Dios en la naturaleza humana es del todo incomprensible para nosotros. Esto jamás lo terminaremos de comprender, por mucho que nos esforcemos, trasciende todo conocimiento humano y nuestra capacidad intelectual. Por eso pablo lo llama en 1 Timoteo 3:16 “el misterio de la piedad”. No deja de ser un misterio todo esto, pero eso sí, debido a la Piedad que Dios ha mostrado por el ser humano.
En la genealogía de Cristo, en Mateo 1:1, se hace referencia a él como el “Hijo de David”, así como “Hijo de Abraham”. Vimos en el tema de las profecías mesiánicas, que el Salvador prometido por Dios, debía ser descendiente de Abraham, así como descendiente del rey David. Siguiendo la línea de ascendencia, Cristo era del “linaje de David, según la carne”. No debemos de obviar que Jesús era Hijo de María, como todo niño nace de una mujer. La diferencia está en que ella era virgen, y este niño fue concebido de forma única y exclusiva. Fue por el Espíritu Santo que el Verbo vino al vientre de María. Hablamos de concepción, no de “engendramiento” en términos fisiológicamente humanos. Es decir, por obra del Espíritu Santo, el Verbo, que ya existía, tomó nueva forma de vida dentro del vientre de María, haciendo que ella “concibiese”, es decir, quedando en gestación desde ese momento con Aquél Santo Ser que ahora estaba dentro de ella. Cristo, gracias a María, desde el mismo principio de la encarnación, obtuvo verdadera humanidad, fue gestado y dado a luz como cualquiera de nosotros, pero no concebido como cualquiera de nosotros, pues ya existía de antes.

Su desarrollo humano.

Jesús estuvo sujeto a las leyes del desarrollo humano. Del registro bíblico de Lucas 2:40, 52 leemos que “el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría” y deducimos que tuvo un proceso de crecimiento común a todos los seres humanos. Eso sí, con el privilegio de tener una madre entregada a Dios, que lo educó de la mejor manera posible.
A la edad de los 12 años, que es la mayoría de edad religiosa para los judíos, (porque a partir de ese momento son responsables delante de Dios de leer y estudiar la Torah), en ese momento dio la primera evidencia de comprender su misión divina. Esto lo encontramos en Lucas 2:46-49, donde leemos: “Y aconteció que después de tres días le hallaron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que le oían estaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas. Cuando sus padres le vieron, se quedaron maravillados; y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has tratado de esta manera? Mira, tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia. Entonces Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de mi Padre?”
A pesar de esa madurez, de esa mayoría de edad religiosa, Jesús seguía siendo un niño sujeto a sus padres, como dice en el versículo 51 del mismo capítulo: “Y descendió con ellos y vino a Nazaret, y continuó sujeto a ellos. Y su madre atesoraba todas estas cosas en su corazón”.
Jesús tuvo que andar desde su nacimiento el camino que le llevaba a la cruz. Ese camino era en aumento de sufrimientos. Esto jugó un papel importante en el desarrollo de Jesús como ser humano, como dice en Hebreos 5:8 y 9 “Y, aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que lo obedecen”.
Ahora puede surgir una pregunta. ¿Podía Cristo ser sujeto a perfeccionamiento? Eso implicaría entonces que no era perfecto ¿no? Bueno, no exactamente así. El concepto de “perfección” en la Biblia tiene que ver más con idoneidad o capacitación para algo que con el atributo divino absoluto. Por supuesto el único perfecto es Dios. Y Cristo en tanto que Dios era perfecto. Pero en tanto que humano tenía algo que aprender.
¿En qué pudo ser perfeccionado entonces? Pues en comprender al ser humano en sus sufrimientos. Sólo así, pasando por las pruebas por las que nosotros pasamos, pero sin fallar ni caer en ellas, podría conocer de primera mano lo que sufrimos, lo que pensamos, lo que sentimos, y entonces, estar preparado, capacitado, perfeccionado, para poder ayudarnos. Como dice Hebreos 2:10: “Porque le convenía a Dios --por causa de quien y por medio de quien todas las cosas existen-- perfeccionar al Autor de la salvación de ellos, por medio de los padecimientos, para conducir a muchos hijos a la gloria”. Y en Hebreos 2:18 leemos: “Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”.
Este texto también nos confirma esa misma idea, que Cristo, tuvo que conocer por experiencia propia lo que era sufrir tentación para saber cómo ayudar al tentado, a ti y a mí. Otro texto clarificador es Hebreos 4:15 y 16: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna”.
Sin embargo, aunque experimentó desarrollo, no pecó. Es decir, afrontó todas y cada una de esas pruebas, sin haber pecado ni una sola vez. Por eso, porque pudo superar cada una de esas pruebas por experiencia propia, está en condiciones de ayudar a aquél que le pida ayuda para afrontar las tentaciones propias de cada uno.

Fue llamado Varón y Hombre.

Juan el Bautista y el propio apóstol Pedro hicieron referencia a Jesús llamándolo “Varón” (Juan 1:30; Hechos 2:22). Pablo, en Romanos 5:15 habla de “la gracia de un Hombre, Jesucristo”. En 1 Corintios 15:21 Jesús aparece como el Hombre que trajo “la resurrección de los muertos”. En 1 Timoteo 2:5 se nos habla del único mediador entre Dios y los hombres, “Jesucristo Hombre”.
Jesús se refirió a sí mismo como hombre, lo podemos leer en Juan 8:40: “Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios”.
Jesús se llamó a sí mismo en 77 ocasiones “Hijo del Hombre”. Cuando en la Biblia leemos que Jesús usa el título Hijo de Dios, debemos notar que se está enfocando en la relación del Verbo encarnado, de Jesucristo, con el resto de la Divinidad. Por otro lado, cuando se usa el término o título “Hijo del Hombre”, está claro que se hace énfasis o se enfoca en su solidaridad con la raza humana, gracias a su encarnación. Cristo se identifica con el ser humano, muestra su proximidad a través de ese título.

Sus características humanas.

Dios hizo al hombre poco menor que a los ángeles, como leemos en Salmo 8:5. De forma similar, y teniendo el texto anterior en mente, leamos Hebreos 2:9: “Pero vemos a aquel que fue hecho un poco inferior a los ángeles, es decir, a Jesús”. Su naturaleza humana fue “creada” y no poseía poderes sobrehumanos. Dios creó, engendró de forma única el Cuerpo de Cristo en María.
Cristo debía ser verdaderamente humano, como se suele decir, “hecho de nuestra misma pasta”. Esto formaba parte de su misión. Ser hecho hombre requería que poseyera las características esenciales de la naturaleza humana. Por eso, como dice Hebreos 2:14, “participó de carne y sangre”. Cristo fue hecho en todo semejante a sus hermanos (Hebreos 2:17). Su naturaleza poseía las mismas susceptibilidades que los seres humanos: Hambre, sed, y ansiedad. En otras palabras, Cristo tuvo las debilidades “inocentes” del pecado. No es pecado tener sed, no es pecado tener hambre, no es pecado cansarse, no es pecado abrumarse ante una prueba. Pecado es otra cosa. Esas son las consecuencias del pecado en nuestra carne, y esas sí que las compartió Cristo con nosotros.
Aquí comienza una parte apasionante acerca de la naturaleza de Cristo. ¿Hasta qué punto fue semejante en todo con nosotros? Hoy no nos da tiempo de seguir, y debemos dejarlo para el próximo tema, donde sí que entraremos en profundidad con este tema.

Resumen.

Resumiendo, hoy hemos visto que su nacimiento fue normal, como uno de nosotros, aunque su “concepción” es única, de ahí el término unigénito visto en temas anteriores.
A Cristo le fue preparada una naturaleza humana, original pero semejante a la nuestra, tuvo que nacer, crecer y aprender por experiencia lo que es pasar por tentaciones y sufrimiento para poder ayudarnos comprendiéndonos mejor.
También fue llamado “Varón” e “Hijo del Hombre” haciendo referencia a su humanidad. Cristo se llamó a sí mismo “hombre”, refiriéndose a su naturaleza como la nuestra, identificándose con la raza humana.
Por otro lado, vemos que fue hecho poco menor que los ángeles, es decir, semejante a nosotros, y que en ese cuerpo que se le preparó, venían incluidas las consecuencias “inocentes” del pecado, como tener sed, cansarse, tener hambre, etc. Eso es consecuencia de la naturaleza caída del hombre, pero no es pecado en sí. Eso sí que lo compartió Cristo con nosotros.
El próximo tema tocaremos más a fondo hasta qué punto se identificó con la raza humana, veremos por qué a Jesús se le llama el segundo Adán, así como, si da tiempo, a ver cuál fue su experiencia con las tentaciones. ¡Feliz sábado!
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