“El Héroe de la Navidad” (Jesucristo 2 de 11)


INTRODUCCIÓN:

Cada vez que llega la Navidad, las pantallas de cine y las jugueterías se llenan de “héroes” que encandilan a los niños, y a veces a los no tan niños. Es el momento de negocio, y por si no nos damos cuenta, es el momento en que nuestros hijos buscan un modelo “extra” en el que fijarse.
Lo cierto es que no puede haber un héroe si no hay personas en apuros. A eso se dedican estos personajes, a rescatar víctimas desvalidas. Puede sonar irónico, incluso peyorativo el hablar de héroes de navidad. Pero sabemos muy bien que hay héroes reales, que viven en el anonimato, personas que arriesgan su vida por la de otros, a veces de forma cotidiana. También hay héroes que han dado su vida por otro ser humano, o por varios.
La humanidad está metida en un gravísimo problema, que además quiere ignorar. Ese problema trae consigo muchísimos otros problemas, como enfermedad, guerra, desastres, sufrimiento, muerte, etc. ¿A qué problema nos referimos? Al pecado. Es esa enfermedad que nos lleva a ser lo que no deseamos, a hacer lo que no queremos (aunque cuando se está muerto en el pecado, es lo que más se desea). ¿Qué hace Dios para solucionar esto? ¿Nos ha dejado sin un Héroe para esta grave situación? Esta situación es mucho más grave que un tren a punto de descarrilarse, o un autobús a punto de caer por un puente. O incluso que una bomba bioquímica a punto de estallar sobre una ciudad. ¿Qué hace Dios? ¿Dónde está el Héroe para solucionar esto?

Predicciones acerca del Salvador.

Dios hizo algo, en el mismo momento que surgió el problema, prometió que el Salvador, el Mesías, el Ungido surgiría de la simiente de Eva. Así que nacería un Héroe de entre los hijos de Eva. Pero de ella desciende toda la raza humana, por lo que cualquiera que haya vivido sobre este mundo puede haber sido el Mesías. Esto incluiría a personajes como Buda, Mahoma, Gandhi, Confucio u otras personas pretendidamente “iluminadas”.
Pero Dios poco a poco fue cerrando el círculo para ir dando indicaciones para identificar al Mesías. La siguiente promesa que hay que tener en cuenta limita al linaje de Abraham la descendencia de donde vendría el Mesías. Dios le prometió a Abraham en Génesis 22:18 “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”.
Todos los que no sean hijos de Abraham quedan descartados como progenitores del Mesías. Las naciones que no descendiesen de Abraham no tendrían al Mesías en su seno. Excluye, entonces a otras religiones no cristianas ni judías, como el budismo, o el zoroastrismo, etc. Es curioso, porque en esas religiones, se celebra el nacimiento de sus “Héroes” o dioses, en las fechas navideñas, pero no son los verdaderos héroes de la navidad. Esto no quiere decir que estén fuera del alcance del perdón divino. El perdón es universal para todos. Estamos hablando de las indicaciones para identificar al auténtico Mesías, al Salvador prometido por Dios.
El dato es que Abraham nacería el Mesías. Pero Abraham fue el padre de dos grandes naciones o religiones. Abraham engendró a Ismael de Agar, la sierva egipcia. Ismael fue el padre de todo el mundo islámico. Por lo que algunos podrían decir que Mahoma, es descendiente de Abraham y podría ser el Mesías. Abraham tuvo otro hijo, esta vez de Sara, su esposa. Ese niño se llamó Isaac. La pregunta entonces es, ¿por cuál de los dos seguiría la promesa? ¿De quién nacería el Mesías, de Ismael o de Isaac?
En Génesis 26:3 – 4 encontramos la respuesta. Dios dice a Isaac: “A ti y a tu descendencia daré todas estas tierras, y confirmaré el juramento que hice a Abraham tu padre. Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y daré a tu descendencia todas estas tierras; y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu simiente”.
Dios confirma con Isaac el pacto hecho con Abraham. Es en la descendencia de Isaac, y no en la de Ismael, donde encontraremos al descendiente que será una bendición para todo el mundo. Con esto, sabemos que en el mundo Islámico no encontraremos al auténtico Mesías, al Salvador del mundo, al Héroe que va a salvar a la raza humana. Esto tampoco indica que los musulmanes estén desprovistos de misericordia, es decir, el perdón divino, como hemos dicho antes, está al alcance de ellos también.
Hemos de buscar al Mesías entre los descendientes de Isaac. Ahora, Isaac tuvo dos hijos. Esaú y Jacob. A Esaú también se le conoce como Edom. Fue el padre de los países árabes, al sur de Palestina. ¿Hemos de buscar el Mesías entre sus descendientes, o entre los descendientes de Jacob? Génesis 28:13 – 14 tiene la respuesta. Dijo Dios a Jacob: “Yo soy el SEÑOR, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en la que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia.También tu descendencia será como el polvo de la tierra, y te extenderás hacia el occidente y hacia el oriente, hacia el norte y hacia el sur; y en ti y en tu simiente serán bendecidas todas las familias de la tierra”.
Es Jacob quien recibe o hereda la promesa de Dios a Abraham e Isaac. Se le repite la frase “en tu simiente (o Descendiente) serán benditas todas las familias de la tierra”. Luego hemos de buscar al Mesías dentro de la descendencia de Jacob, o Israel, como fue llamado posteriormente por el propio Dios, y no entre los descendientes de Edom o Esaú, no hay ningún héroe a buscar de entre los árabes.
Dentro de Israel nacería el Mesías. Pero Israel (o Jacob) tuvo doce hijos. ¿Cuál de ellos recibiría la promesa? En Génesis 49:10 leemos “No será quitado el cetro de Judá ni el bastón de mando de entre sus pies, hasta que llegue Siloh; a él se congregarán los pueblos”. El Siloh, será Aquél a quien acudan todos los pueblos, familias o naciones. Queda claro que de Judá nacería el Siloh, que significa “el que existe”, recordando que Dios es el único que tiene vida o existencia en sí mismo. Otra posible traducción es “el que trae paz”, pues Siloh es de la misma raíz que la palabra Shalom, que significa “paz”.
Ahora el círculo de búsqueda del Mesías se ha reducido mucho, tendría que ser de la tribu de Judá, hijo de Israel, hijo de Isaac hijo de Abraham. Pero aún así, muchos son los que han nacido en la tribu de Judá. Así que se necesitan más datos específicos que identifiquen al auténtico Mesías, Salvador del mundo.
Isaías predijo que el Salvador vendría como un niño varón y que sería tanto humano como divino. En Isaías 9:6 leemos: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz”.
Según el versículo siguiente, sería hijo o descendiente del Rey David. Dios, a través del profeta Miqueas nos indicó que el lugar del nacimiento del Mesías sería Belén (Miqueas 5:2).
Hay otras religiones no cristianas que afirman el nacimiento milagroso de su líder espiritual, de su Dios-Hombre, como por ejemplo el Dios Tamúz, se dice que nació milagrosamente de su madre, antes de convertirse en la diosa Asera o Astarté, porque concibió de Baal, al estar tomando el sol. Es más, para ser exactos, el renacimiento del sol, festejo relacionado con esta trinidad pagana, tiene lugar en el solsticio de invierno. ¿Héroe navideño? Para los paganos lo era, pero no es el héroe correcto, no salva a nadie de nada.
Por otro lado, Jesucristo nació también de forma milagrosa. Isaías 7:14 nos indica: “El Señor mismo os dará una señal: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”.
Si ésta fuese la única prueba para identificar al Mesías, tendríamos dudas sobre cuál de todos los que afirman esto, tiene razón. Pero no es la única prueba, ni la concluyente, pues ni Tamúz ni su madre Astarté descienden de Abraham, y menos de Isaac y Jacob. Con lo cual, sólo hay un caso en que todos estos factores confluyan, en Jesús el Cristo, hijo de José, hijo de David, nacido en Belén de Judá. Por cierto, muy probablemente no nació en la época que consideramos navideña.
Por si hubiese lugar a alguna duda más, aún tenemos abundante prueba para asegurarnos de estar ante el auténtico Salvador. Por ejemplo, en Isaías 61:1 – 2 leemos: “El Espíritu de Yavé el Señor está sobre mí, porque me ungió Yavé; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Yavé”.
A pesar de tener esa misión, sería rechazado. Así lo vemos en Isaías 53:2 – 4 “Raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, Varón de dolores, experimentado en quebranto… y no lo estimamos”.
Salmo 41:9 nos adelanta que un amigo lo traicionaría. “Aun mi íntimo amigo en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, contra mí ha levantado su pie”. Además nos da el detalle del pan, tal cual hizo Judas en la última cena. En Zacarías 11:12 se nos anuncia hasta el precio exacto de la traición. Treinta piezas de plata.
En Isaías 50:6 se nos menciona la injusticia y el maltrato físico al que sería sometido el Mesías. “Entregué mi cuerpo a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba. No escondí mi cara de insultos y esputos”.
En Salmo 22:18 se nos anuncia con mil años de antelación, que sobre las ropas que vistiese el Salvador, se echarían suertes para ser repartidas entre los que le matasen. El Salmo 22 es todo un poema sobre los sufrimientos del Mesías. Otro Salmo, el 34:20 nos indica que ninguno de sus huesos sería quebrantado. Y en Zacarías 12:10 se nos menciona que su costado sería traspasado. Salmo 69:1 profetiza que en su sufrimiento le darían a beber vinagre. Respecto a sus manos y sus pies, ya fue anunciado que serían perforados, agujereados, como se puede leer en Salmo 22:16 “Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malhechores; me horadaron las manos y los pies”. Y su actitud dócil y sumisa en todo el proceso judicial, así como en su tortura y ejecución, fue anunciada por el profeta Isaías, en el capítulo 53 versículos 4 – 8, donde leemos: “Ciertamente él llevó nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores… Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curado… Yavé cargó en él el pecado de todos nosotros… Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido”. En el versículo siguiente, en Isaías 59:3 se hace una profecía que parece de cumplimiento difícil. Leemos: “Se dispuso con los impíos en su sepultura, pero con el rico fue en su muerte”.
Si hiciésemos una predicción acerca de un personaje público, afirmando que moriría como un criminal, pero que a la hora de enterrarlo recibiría honores, pocas personas creerían que eso es posible. Sin embargo, así sucedió con Cristo. Fue muerto como un criminal, entre ladrones. Pero a la hora de enterrarlo, recibió sepultura en la tumba de un rico, la de José de Arimatea, como nos indica Mateo 27:57 – 60.
En el pasaje paralelo de Marcos capítulo 15:43 ­– 46 leemos: “Vino José de Arimatea, miembro prominente del concilio, que también esperaba el reino de Dios; y llenándose de valor, entró adonde estaba Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto, y llamando al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. Y comprobando esto por medio del centurión, le concedió el cuerpo a José, quien compró un lienzo de lino, y bajándole de la cruz, le envolvió en el lienzo de lino y le puso en un sepulcro que había sido excavado en la roca; e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro”. Hay que notar que se le envuelve en una sábana de lino, material muy caro. Juan 19:38 nos aporta un dato más: “Vino también Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras”.
Jesús recibió una sepultura de lo más exquisita, con los mejores ungüentos, los más caros, y en gran cantidad. Siempre se habla de la crueldad de la muerte de Jesús, pero se suele pasar por alto que hay una profecía que indica cómo sería su entierro, y esto también se cumplió, como estamos viendo.

Resumen.

Sólo Jesucristo ha cumplido con todas esas profecías. Las Escrituras trazan su genealogía desde Abraham hasta él mismo, en Mateo 1:1 en adelante. Por otro lado, aunque el mensaje de Jesús causó una profunda huella en la historia, en aquel momento fue rechazado por los contemporáneos. Judas Iscariote traicionó a su Maestro a cambio de treinta piezas de plata. Durante las siguientes horas, fue azotado, escupido, insultado, condenado a muerte y crucificado. Los seguidores de Cristo reconocieron que su muerte constituía el único sacrificio sustitutivo que fuese válido para los pecadores. Pablo declaró en Romanos 5:8 “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. En otra ocasión, escribió: “Andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2).
Hemos encontrado el verdadero Héroe de la Humanidad. El que vino a rescatar a una raza entera en peligro de extinción. El que vino a desactivar una bomba de relojería que hay dentro de cada uno de nosotros llamada Pecado. Hoy hemos identificado de forma clara al Mesías, no hay duda de que Jesucristo es el único que cumple con todos los requisitos. Jesús es el único y verdadero héroe de la navidad, no porque haya nacido en estas fechas, sino porque en realidad es lo que estamos conmemorando, o al menos eso se supone que hacemos. Gálatas 4:4 nos lo recuerda: “Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer, sometido a la ley”. Poco importa si en estas semanas realmente nació Jesús o no. Lo que importa es que, al menos, compartamos y celebremos que nació nuestro Héroe, el que nos salvó, el que nos vendrá a buscar en breve. Jesús es el auténtico, único y gran Héroe de la Navidad.
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Dios el Espíritu Santo (3 de 3)

Dios el Espíritu Santo (y 3)

Introducción

En el tema anterior vimos que hemos sido creados para ser morada del Espíritu Santo, cuya presencia perdió la raza humana por naturaleza. Se nos prometió de nuevo la presencia, pero no pudo ser de forma plena hasta después de la muerte de Cristo en el Calvario, pudiendo ahora nacer de nuevo en el Espíritu, siendo nuevas criaturas. En el tema de hoy trataremos el Espíritu Santo y su misión a favor de los creyentes.

Misión del Espíritu Santo en el mundo

Una vez reconocida la promesa del Espíritu Santo, y su cumplimiento inicial, nos queda ver cuál es la misión del Espíritu. La podemos dividir en dos partes, la primera sería la misión en el mundo, y la segunda sería su misión a favor de los creyentes. El Espíritu Santo en el mundo, busca a aquellos seres humanos que están dispuestos a aceptar a Dios. Sólo por la obra del Espíritu Santo en este sentido, es como podemos llamar a Jesús “Señor”. Así lo afirma Pablo en 1 Corintios 12:3 “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo”. Por otro lado, según Juan 16:8, el Espíritu Santo nos convence de pecado, justicia y juicio. Es decir, el Espíritu Santo nos lleva a una profunda convicción de pecado, especialmente el de no aceptar a Cristo. Luego nos convence de “juicio”, es decir, si somos culpables de pecado, seremos condenados por el juicio divino. Esto nos lleva a la necesidad de confesión y arrepentimiento en Cristo. Es decir, sabemos que hay una nueva oportunidad si aceptamos a Cristo como nuestro salvador personal. El Espíritu Santo nos convence de ello y nos impele a confesar así nuestros pecados, arrepintiéndonos y aceptando el sacrificio vicario de Cristo. Esto nos lleva a la experiencia de la conversión, somos personas distintas después de este proceso. Esto es el nuevo nacimiento “de agua y del Espíritu”. Este nuevo nacimiento en el Espíritu Santo se manifiesta externamente a través del bautismo por inmersión, como muestra o demostración de ese cambio interior. Ya hemos llegado a ser de nuevo, morada, “templo” del Espíritu Santo.

La misión del Espíritu Santo a favor de los creyentes

La mayoría de los textos bíblicos que mencionan al Espíritu Santo, hacen referencia a su relación con el pueblo de Dios. Según 1 Pedro 1:2 el Espíritu santifica al pueblo de Dios. Eso es cierto, pero no indefinido. Hay quien piensa que una vez se ha aceptado a Cristo, no importa lo que hagamos, somos salvos. Esto no es correcto. Nadie continúa experimentando la presencia del Espíritu Santo y su obra sin cumplir ciertas condiciones. El apóstol Pedro afirmó en Hechos 5:32: “nosotros somos testigos de estas cosas; y también el Espíritu Santo, el cual Dios ha dado a los que le obedecen”. La obediencia no salva a nadie, esto queda más que claro en las Escrituras. Pero la Gracia de Cristo no me autoriza a continuar trasgrediendo la ley de Dios. Ejemplo: Si yo cometiese un delito, automáticamente iría a prisión. Si se me ofrece un indulto, quedo en libertad de nuevo, pero no me exime de continuar guardando la ley. Si de nuevo desobedezco, otra vez vengo a estar condenado. Lo mismo sucede con la Salvación. Cristo nos indulta pagando él la condena de muerte que pesa sobre nosotros. Esto no nos autoriza a de nuevo pecar, que es ir en contra de la ley de Dios, como dice el apóstol Juan en 1 Juan 3:4 “Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley”.
A los creyentes, por lo tanto, se nos amonesta a no desobedecer a Dios. En Hechos 7:51 leemos: “Vosotros, que sois duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, resistís siempre al Espíritu Santo; como hicieron vuestros padres, así también hacéis vosotros”. Por otro lado, el apóstol Pablo nos indica en Efesios 4:30: “Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. Luego la presencia del Espíritu Santo en nosotros no es perenne e incondicional. Y en 1 Tesalonicenses 5:19 se nos amonesta: “No apaguéis al Espíritu”.
¿Qué hace el Espíritu a favor de los creyentes?

1. Ayuda a los creyentes

Al presentar el Espíritu Santo en Juan 14:16 Cristo lo llamó “otro Consolador”. La palabra griega que es traducida como “Consolador” también significa “ayudador, consejero, intercesor, mediador o abogado”.
Aparte del Espíritu Santo, el único Mediador que menciona la Biblia, es Jesús mismo. Él es nuestro Abogado e Intercesor ante el Padre. Así lo leemos en 1 Juan 2:1 “Hijitos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Y si alguno peca, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”.
Como Intercesor, Mediador y Ayudador, Cristo nos presenta ante Dios y revela a Dios ante nosotros. Es el único mediador por ser Dios y Hombre, como vimos anteriormente. El Espíritu Santo es también Mediador, porque nos conduce a Cristo, como vimos en los dos temas anteriores, y por lo tanto, nos manifiesta o da a conocer su Gracia. Esto explica que en Hebreos 10:29 se le llame Espíritu de Gracia.
Por otro lado, el Espíritu Santo es quien hace efectivo en el creyente la gracia redentora de Cristo. El Espíritu Santo es el que cambia a las personas, a los creyentes. Ejemplo de este tipo de cambio del que habló Jesús a Nicodemo en Juan 3 lo tenemos en la propia vida de Pablo. En 1 Corintios 15:10 leemos: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo”. Es el Espíritu de Dios quien hace esto una realidad en nosotros.

2. Nos trae la verdad de Cristo

Como ya hemos visto en más de una ocasión, Cristo hizo referencia al Espíritu Santo como “el Espíritu de Verdad”, así lo podemos leer en 1 Juan 14:17; 15:26; 16:13. Las funciones del Espíritu Santo incluye la de hacernos recordar todo lo que Cristo enseñó. Así lo leemos en Juan 14:26 “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”. No sólo nos recordará lo que Cristo ha dicho, hay aún más, lo leemos en Juan 16:13 “ero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir”.
El mensaje del Espíritu Santo se centra en dar testimonio a los hombres acerca de Cristo. Así lo leemos en Juan 15:26 “Pero cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que yo os enviaré de parte del Padre, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí”.

3. Trae la presencia de Cristo

Según Juan 16:7 Jesús dijo: “Os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré”. El Espíritu Santo viene a nosotros, como vimos en el tema anterior, somos templo del Espíritu Santo. Con su presencia tenemos también la presencia de Cristo en nosotros. Si Cristo hubiese permanecido entre nosotros, por causa de su humanidad, no habría podido atender a todos los creyentes del mismo modo. Su humanidad lo limita en cuanto a su presencia física. Pero enviando a su Espíritu, el Espíritu Santo, puede estar en cada creyente. El Espíritu Santo es el representante de Cristo, pero con la “ventaja” de no estar atado a una humanidad física como Cristo, que lo limite.
En la encarnación, el Espíritu Santo trajo la presencia de Cristo a una persona, en este caso, a María. Pero en el Pentecostés, el Espíritu Santo trajo el Cristo resucitado y victorioso al mundo, de forma personal para cada uno de los que lo aceptan. Cristo prometió en Mateo 28:20 “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Esta promesa puede realizarse gracias a la venida y presencia del Espíritu Santo. Por este motivo se le da al Espíritu un título o nombre que no aparece en el Antiguo Testamento, pero sí en el Nuevo Testamento. En Filipenses 1:19 se le llama “el Espíritu de Cristo”. El único modo por el que tanto el Padre como el Hijo pueden permanecer en el creyente, es a través del Espíritu Santo. A la vez, por el único medio por el que el creyente puede permanecer en Cristo, es también a través del Espíritu.

4. Guía la operación de la Iglesia

Por todo lo visto hasta ahora, podemos afirmar que si el Espíritu Santo es el único que trae la verdadera presencia de Cristo, lógicamente es el único y verdadero Vicario de Cristo en la tierra. Esto es lo que distingue principalmente al protestantismo. Depender de otro Vicario o dirigente, sería poner lo humano a la altura de lo divino, o en lugar de lo divino.
El Espíritu Santo dirigía la iglesia primitiva de primera mano, como nos indica el caso de Hechos 13:2 “Mientras ellos ministraban al Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado”. El Espíritu Santo controlaba las actividades de los apóstoles, ejemplo tenemos en Hechos 16:6, 7 “Atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió”. Respecto a los ancianos u obispos, Pablo les recuerda, según Hechos 20:28, que el Espíritu Santo les ha puesto al cuidado de las ovejas. Por último, la resolución del primer concilio de la Iglesia comienza con las siguientes palabras: “Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hechos 15 28).

5. Equipa a la iglesia con dones especiales

Otra función del Espíritu Santo es otorgar a la iglesia dones especiales para el buen funcionamiento de la misma. En 1 Corintios 12:7―11 podemos leer: “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien de todos. A uno es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas, y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”.

6. Llena el corazón de los creyentes

Pablo hizo una pregunta a los creyentes de Éfeso que es crucial para cada creyente a lo largo de la historia. Esta pregunta la encontramos en Hechos 19:2 “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” Cuando se recibe el Espíritu Santo, viene una convicción del pecado que uno tiene en su vida. Recordemos que esa es una de las labores del Espíritu, convencer de pecado. Pero ser lleno del Espíritu es algo más, no es sólo el conocimiento y convencimiento del pecado.
La recepción del Espíritu Santo, que nos transforma a la imagen de Dios, comienza con el nuevo nacimiento, como hemos visto. Pero continúa más allá con la obra de la santificación, esto es, la obra de ir abandonando aquellas cosas que son viejas, comenzando a vivir conforme a la voluntad de Dios. E. G. W. comenta: “La ausencia del Espíritu es lo que hace tan importante el ministerio evangélico. Puede poseerse saber, talento, elocuencia, y todo don natural o adquirido; pero, sin la presencia del Espíritu de Dios, ningún corazón se conmoverá, ningún pecador será ganado para Cristo. Por otro lado, si sus discípulos más pobres y más ignorantes están vinculados con Cristo, y tienen los dones del Espíritu, tendrán un poder que se hará sentir sobre los corazones. Dios hará de ellos conductos para el derramamiento de la influencia más sublime del universo”.1
El Espíritu es vital. Todos los cambios que Jesús hace en nosotros, son a través del Espíritu que mora en nosotros. Como creyentes, deberíamos ser conscientes en todo momento que sin el Espíritu de Dios no podemos lograr nada. Hoy día, el Espíritu Santo dirige nuestra atención hacia el mayor don de Dios, su Hijo. Ruega para que no resistamos sus llamados, su voz en nuestra mente, nuestra conciencia, sino que aceptemos el único medio por el cual podemos ser reconciliados con nuestro amoroso y misericordioso Padre celestial.

Resumen

Hoy concluimos con la quinta creencia básica o fundamental que podemos encontrar en la Biblia, Dios el Espíritu Santo. Hemos visto que es necesaria la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, lo cual no se interrumpe mientras seamos obedientes a la voluntad de Dios tal cual está expresada en su Palabra.
Vimos que el Espíritu Santo ayuda a los creyentes de muchas maneras, es el mediador, el abogado, el ayudador, etc. Es quien opera en nosotros el cambio o la santificación. Es quien hace efectiva toda promesa y gracia de Dios en nosotros. Por otro lado nos traía la verdad de Cristo, nos ayuda a conocerlo y aceptarlo como nuestro Salvador. También trae la presencia de Cristo en nuestro ser, nos ayuda a participar de esa naturaleza divina para vencer el pecado.
El Espíritu Santo también guía a la iglesia. No sólo la guía, sino que la provee de dones especiales para que pueda cumplir de forma más eficaz su misión de predicar el Evangelio. Por último, llena el corazón de los creyentes, transformándolos así, llegando a reproducir en ellos la imagen de Dios. Es así como Cristo puede morar en nosotros y operar esos cambios que tanto necesitamos. El próximo tema comenzaremos a hablar de la creación. ¡Feliz Sábado!
1 3JT p. 212.
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Dios el Espíritu Santo (2 de 3)

Dios el Espíritu Santo (2).

Introducción

En el tema anterior iniciamos lo que sería la quinta creencia o enseñanza básica encontrada en la Biblia. Dios el Espíritu Santo. Vimos que la Biblia se refiere al Espíritu Santo con cualidades personales, capacidad de razonar, responder, decidir, aprobar, con voluntad propia. Tiene capacidad de actuar, bien glorificando, bien compartiendo cosas de Dios con los hombres. El Espíritu Santo lucha o contiende, enseña, convence, dirige, ayuda, intercede, inspira, santifica, etc. También comparte atributos divinos, pues es Dios, como el amor, la paciencia, ser la verdad, ser la vida, es omnipresente, omnisapiente. Hoy veremos el Espíritu prometido y el origen de su misión.

El Espíritu Santo prometido

El ser humano ha sido destinado para ser morada del Espíritu Santo. El apóstol Pablo, en 1 Corintios 3:16 hace una pregunta interesante: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” Efectivamente, nuestro cuerpo, nosotros, estamos destinados a ser la morada del Espíritu de Dios. ¿Por qué “destinados”? Esto no tiene nada que ver con la enseñanza de la predestinación, de la cual ya hemos hablado mostrando su falsa base bíblica. La cuestión es más sencilla. Cuando Adán y Eva pecaron en el jardín del Edén, fueron separados del jardín, pero eso no fue lo más grave. Lo peor fue su separación de Dios. De esto deducimos que el Espíritu de Dios ya moraba en ellos, pero a causa del pecado, se vio separado de Adán y Eva. Esa separación del Espíritu de Dios de los hombres continuó. Años antes del diluvio, Dios afirmó, en Génesis 6:3 “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre”. Vemos como el Espíritu de Dios “luchaba” con los seres humanos para que le dejasen entrar en ellos, pero éstos se negaban. Esto es lo que solemos llamar “conciencia”, de la que hablaremos más adelante. Esa separación continúa hoy día para muchos seres humanos. Por creación, fuimos “destinados” a ser morada del Espíritu de Dios, pero por el pecado, hemos dejado de ser morada del Espíritu Santo. Somos una casa “vacía”. Por eso, el ser humano tiene esa sensación de “vacío” cuando vive sin Dios. Pero aún se puede remediar. El Espíritu de Dios aún está deseando morar en el corazón de aquellos que se lo permitan.
En tiempos del Antiguo Testamento, el Espíritu Santo equipó a ciertos individuos, los capacitó para que pudiesen llevar a cabo ciertas tareas especiales. Profetas como Balaam y otros fueron receptores y recipientes del Espíritu Santo (cf. Números 24:2), o en ciertos momentos específicos y cruciales para el pueblo de Dios, alguien, como Gedeón en Jueces 6:34 recibieron el Espíritu Santo para hacer algo extraordinario (véase Saúl 1 Samuel 10:6).
En algunas ocasiones, en las Escrituras se nos presenta al Espíritu de Dios en ciertas personas. Así lo podemos leer en el caso de Bezaleel (orfebre para el santuario), en Éxodo 31:3. Se dice lo mismo de Moisés en Isaías 63:11 “ero se acordó de los días de la antigüedad, de Moisés su siervo. ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿Dónde está el que puso en él su Espíritu Santo?”
Los creyentes, a lo largo de la historia, han tenido un sentido de la presencia del Espíritu de Dios. Pero la profecía de Joel 2:28 nos anuncia un derramamiento del Espíritu de Dios sobre “toda carne”. Dice: “Sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones”. La época en que sucediese esto, inauguraría una “nueva era” para los creyentes.
El mundo ha permanecido en las manos de Lucifer. Ahora sigue controlando a la mayoría de la humanidad, sólo hay que ver un noticiero. Después de la muerte de Cristo en el calvario, se aseguró la victoria de Dios sobre Satanás. Desde ese momento, el Espíritu Divino fluye con mayor libertad. Es gracias a Jesús que podemos ser “bautizados”, es decir, sumergidos en el Espíritu Santo, llenos del Espíritu de Dios. Así lo decía Juan el Bautista en Mateo 3:11 “Yo a la verdad os bautizo con agua, pero, el que viene detrás de mí os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Esta afirmación es real, sin embargo, alguien podría hacer la siguiente observación: “Sí, pero en los evangelios no se ve a Jesús bautizando con el Espíritu Santo”. La pregunta entonces es: “¿Qué significado tiene?”
Cuando sólo faltaban unas pocas horas para la muerte de Cristo en la cruz, Jesús prometió a sus discípulos lo siguiente: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros” (Juan 14:16, 17).
Durante la muerte en la cruz, ¿descendió una paloma sobre los discípulos, como sucedió con Cristo en el momento de su Bautismo? No. Sólo había nubes negras, relámpagos, tristeza y desesperación por parte de los discípulos. No fue hasta después de la resurrección cuando Jesús “sopló” el Espíritu sobre sus discípulos. En Juan 20:22 tenemos este momento narrado: “Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. En Lucas 24:49 leemos: “Ciertamente, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”. Cuando se recibiese el Espíritu Santo, los creyentes recibirían “poder”, capacidad de ser testigos de Cristo hasta el último rincón de la tierra. Así lo leemos en Hechos 1:8 “Recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.
Todo esto no pudo ser una realidad hasta que el sacrificio de Cristo fuese aceptado por el Padre en el cielo. El apóstol Juan nos dice en Juan 7:39 “Pero Él [Cristo] decía esto del Espíritu, que los que habían creído en Él habían de recibir; porque el Espíritu no había sido dado todavía, pues Jesús aún no había sido glorificado”.
Por eso, esa “nueva era” de la que hablaba Joel, sólo puede venir después de la muerte de Cristo en la cruz. Sólo entonces podría venir el Espíritu Santo en su plenitud. El apóstol Pedro, en el momento del “Pentecostés” confirma lo mismo, como leemos en Hechos 2:33 “Así que, exaltado por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís”, sobre sus discípulos. Es en ese momento, en el Pentecostés, cincuenta días después de la muerte de Jesús en el Calvario, cuando la “nueva era” irrumpió en escena con el poder de la presencia del Espíritu Santo. Así se describe en Hechos 2:2―4 “De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde estaban sentados, y se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo”.
La misión de Cristo, y la misión del Espíritu Santo son interdependientes. Dependía la una de la otra. La plena presencia del Espíritu Santo no podía ser una realidad hasta que Jesús hubiese completado su misión. Por otro lado, Jesús fue concebido del Espíritu Santo. También fue bautizado con el Espíritu (Marcos 1:9, 10). Jesús fue guiado por el Espíritu (Lucas 4:1). Cristo realizó sus milagros por medio del Espíritu (Mateo 12:24―32). Jesús se ofreció a sí mismo en el Calvario por medio del Espíritu, como leemos en Hebreos 9:14 “¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” Con todo esto, vemos claramente que la primera parte también dependía del Espíritu.
Cristo, como humano, fue la primera persona que experimentó la plenitud del Espíritu Santo. Es una verdad y una realidad el hecho de que Dios está deseando derramar su Espíritu sobre todo aquél que lo desee.

La Misión del Espíritu Santo

La noche antes de la muerte de Jesús en la cruz, el anuncio de su partida entristeció y preocupó mucho a sus discípulos. De inmediato, Jesús les anunció que recibirían el Espíritu Santo como su representante personal. Jesús les dijo: “No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros”. Este es el origen de la misión del Espíritu Santo.

El origen de la misión

En el Nuevo Testamento, al Espíritu de Dios se le llama de varias maneras. En Gálatas 4:46 se le llama “el Espíritu del Hijo”. En Romanos 8:9 se le llama “el Espíritu de Dios” y “el Espíritu de Cristo”. En 1 Pedro 1:11 se le llama “el Espíritu de Cristo”. Ahora surge la pregunta: “¿Quién originó la misión del Espíritu Santo, el Padre o el Hijo?” El propio Jesucristo reveló el origen de la misión del Espíritu Santo. Cuando lo hizo, mencionó dos fuentes. Por un lado dijo, en Juan 14:16 “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”. En Juan 15:26 se nos afirma “Pero cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que yo os enviaré de parte del Padre, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí”. Según estos dos pasajes, es el Padre quien origina la misión, el envío del Espíritu Santo. El propio Jesús, en Hechos 1:4 afirma que la recepción del Espíritu Santo es una promesa del Padre.
Por otro lado, Cristo también hizo referencias a sí mismo. Leamos Juan 16:7 “Yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré”. De este modo, podemos afirmar que el Espíritu Santo procede tanto del Padre como del Hijo. No tenemos por qué ver en los versículos anteriores ninguna contradicción. El Padre es el que lo envía, efectivamente. Pero Cristo, en tanto que ruega al Padre para que lo envíe, también es el originador o causante de la misión del Espíritu Santo. Por eso puede decir “os lo enviaré”.

Resumen

Hemos sido creados para ser morada del Espíritu Santo, cuya presencia perdió la raza humana por naturaleza. Se nos prometió de nuevo la presencia, pero no pudo ser de forma plena hasta después de la muerte de Cristo en el Calvario, pudiendo ahora nacer de nuevo en el Espíritu, siendo nuevas criaturas. El próximo tema trataremos el Espíritu Santo y su misión a favor de los creyentes. ¡Feliz Sábado!
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Dios el Espíritu Santo (1 de 3)

Dios el Espíritu Santo (1).

Introducción

Hoy vamos a hablar sobre Dios el Espíritu Santo. Para ello nos situaremos poco después de la muerte de Jesús en la cruz. El hecho de ver a Cristo muerto hizo desesperar a los discípulos. Pero cuando fueron testigos de que Cristo había resucitado, algo sucedió en sus corazones. Hasta ese momento, habían estado discutiendo quién iba a ser el mayor en el Reino de Cristo. Ahora, tras el gran chasco y la inmensa alegría de la resurrección, todas aquellas disputas eran nimiedades.
Se comenzó una nueva etapa, empezaron a orar juntos como nunca antes, se confesaron sus faltas unos a otros y se pidieron perdón mutuamente. Esta era la nueva dinámica entre los discípulos. De repente, cincuenta días después de la muerte de Cristo, sucedió lo inesperado. Un enorme estruendo sonó en aquella habitación donde estaban reunidos. Como si toda la revolución que habían experimentado por dentro, se comenzase a manifestar externamente, de forma visible. Se dieron cuenta que tenían como lenguas de fuego, llamas sobre la cabeza de cada uno. Esto fue en el Aposento Alto, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos.
El gozo era tan grande, que no pudieron contenerse más, salieron a la calle y comenzaron a hablar a otros acerca de Cristo su Salvador. No habían cesado las sorpresas. La multitud que había en las calles, se congregaron ante las voces de los discípulos, para prestar atención. De nuevo sucedió algo extraordinario, gozo sobre gozo. Los peregrinos que allí habían, estaban escuchando a los discípulos hablar en su propia lengua nativa. Estaban oyendo el mensaje de salvación en su propio idioma, para que lo entendiesen de forma clara y sin errores. Algunos, que no entendían lo que se hablaba, probablemente porque era alguna lengua extranjera que sí entenderían los nativos de algún lejano país, comenzaron a rumorear que los discípulos estaban borrachos. Pero no era así, pues hablaban en otros idiomas reales, extranjeros. El apóstol Pedro salió al paso, aclaró que eran las 9 de la mañana, y que no era posible que estuviesen borrachos tan temprano. Y añadió: “Lo que acabáis de ver y oír está sucediendo porque el Cristo resucitado ha sido exaltado a la mano derecha de Dios y ahora nos ha concedido el Espíritu Santo”.

Quién es el Espíritu Santo

La pregunta ahora es, ¿quién es el Espíritu Santo? Si estudiamos el Espíritu Santo en la Palabra de Dios, veremos que tiene cualidades propias de una persona, y no es más bien una fuerza misteriosa o “influencia” como algunos la presentan.
Un ejemplo de aprobación personal está en Hechos 15:28 “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros”. Esto nos indica que los cristianos primitivos hablaban del Espíritu Santo como de una persona con raciocinio, y que expresa su propia voluntad.
Cristo también hizo referencias interesantes acerca del Espíritu Santo. Leamos Juan 16:14 “Él (el Espíritu Santo) me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”. Esta declaración separa la persona de Jesús de la del Espíritu Santo de forma clara. En la formula bautismal se nombra las tres personas de la divinidad, como en Mateo 28:19 “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo”. Otro texto donde se menciona la trinidad de forma individualizada es en 2 Corintios 13:14 “La Gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros, amén”.
El Espíritu Santo tiene personalidad. Así lo podemos ver en los siguientes ejemplos. El primero es Génesis 6:3, donde leemos que el Espíritu Santo contiende, lucha con el ser humano. Algo no puede luchar, alguien sí puede. Según Lucas 12:12 el Espíritu Santo nos enseñará lo que debemos decir. El Espíritu Santo también convence, así lo leemos en Juan 16:8. El Espíritu Santo dirige los asuntos de la Iglesia, como podemos leer en Hechos 13:2 “Ministrando estos al Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado”.” Otra función inteligente del Espíritu Santo se describe en Romanos 8:26 “De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercedepor nosotros con gemidos indecibles”. El Espíritu Santo también inspira a los profetas de Dios, así lo registra el apóstol Pedro en 2 Pedro 1:21 “Porque la profecía no fué en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados del Espíritu Santo”. El Espíritu Santo también santifica, así lo leemos en el saludo del apóstol en su primera epístola, 1 Pedro 1:1 y 2 “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados, de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, por laobrasantificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: Que la gracia y la paz os sean multiplicadas”.
Estas actividades no pueden ser llevadas a cabo por un simple “poder”, una “influencia” o un atributo de Dios solamente. Debe ser hecho por alguien consciente con voluntad propia y capacidad de decisión.

El Espíritu Santo es Verdaderamente Dios

La Biblia presenta al Espíritu Santo como Dios. Leamos la declaración de Pedro en Hechos 5:3 y 4 “Y Pedro dijo: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo y sustraer del precio del campo? Reteniéndolo, ¿acaso no seguía siendo tuyo? Y una vez vendido, ¿no estaba bajo tu autoridad? ¿Por qué propusiste en tu corazón hacer esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios.”
En otro contexto, Jesús explicó que el pecado imperdonable es “la blasfemia contra el Espíritu Santo”. Así lo leemos en Mateo 12:31 y 32 “Por esto os digo que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y a cualquiera que diga palabra contra el Hijo del Hombre le será perdonado; pero a cualquiera que hable contra el Espíritu Santo no le será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero.” Esto sólo puede ser cierto si el Espíritu Santoes Dios, no sólo una “fuerza” que emana de Dios.
Ya hemos estudiado los atributos divinos con anterioridad. La Escritura asocia estos atributos con el Espíritu Santo también. Por ejemplo, el apóstol Pablo en Romanos 8:2, al Espíritu Santo lo llama “Espíritu de Vida”. El Espíritu es Vida, cualidad divina. Conocemos que Jesús afirmó de sí mismo, “yo soy el camino, la verdad y la vida”. El mismo Jesucristo lo llamó “el Espíritu de Verdad” en Juan 16:13. Entonces, el Espíritu Santo es la Verdad. También podemos leer en Romanos 15:30 la expresión “el amor del Espíritu”. Y en Efesios 4:30 se le llama “Espíritu Santo de Dios”. Estas dos expresiones nos revelan que el amor y la santidad son parte de su naturaleza.
El Espíritu Santo también es omnipotente. Da dones espirituales “repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11). Puede hacer lo que quiere, y decide lo que quiere. También es omnipresente, un ejemplo es el texto de Juan 14:16 donde Jesús promete la presencia del Espíritu Santo con su pueblo “para siempre”. Un texto muy bonito sobre la omnipresencia del Espíritu Santo es el Salmo 139:7―10 “¿A dónde me iré de tu espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiera a los cielos, allí estás tú; y si en el seol hiciera mi estrado, allí tú estás. Si tomara las alas del alba y habitara en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra.”
1 Corintios 2:10 y 11 nos habla de la omnisapiencia de Dios: “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios, orque ¿quién de entre los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.”
Las obras de Dios también están relacionadas con el Espíritu Santo. Sin ir más lejos, en la Creación, en Génesis 1:2 leemos que “el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas”. Estaba presente y activo en la creación. Job afirmó, como leemos en Job 33:4 que “El espíritu de Dios me hizo y el soplo del Omnipotente me dio vida”. También va en la misma línea el Salmo 104:30: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra”. Este texto a la virtud de crear, añade la cualidad de renovar o recrear. Pablo habla aún más de esta última cualidad en Romanos 8:11 “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que está en vosotros”.

El Espíritu Santo y la Deidad

Tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo son coeternos. Aunque los tres están en condición de igualdad, vimos que existe la economía de función. Esto ya lo tratamos en la segunda creencia fundamental. Para poder comprender mejor al Espíritu Santo, hay que verlo a través de Jesucristo. Cristo vino a revelarnos la divinidad, esto no sólo es el Padre, también incluye al Espíritu Santo. Cuando el Espíritu desciende sobre los creyentes, lo hace como “el Espíritu de Cristo” (1 Pedro 1:11), no viene por su propia cuenta. Su actividad en la historia de este mundo está centrada en la misión salvadora de Cristo. Estuvo involucrado activamente en el nacimiento de Cristo (Lucas 1:35). Confirmó el ministerio público de Cristo cuando se bautizó (Mat. 3.16, 17). Y según Romanos 8:11 pone al alcance del ser humano los beneficios del sacrificio de Cristo y su resurrección. El Espíritu parece el que ejecuta los planes de Dios. Cuando el Padre dio a su Hijo (Juan 3:16) fue concebido del Espíritu Santo, haciendo realidad la voluntad del Padre. En la Creación participa “moviéndose”, como hemos visto. De él depende toda la vida. Dice Job 34:14, 15 “Si él pusiera sobre el hombre su corazón y retirara su espíritu y su aliento, todo ser humano perecería a un tiempo y el hombre volvería al polvo”.

Resumen

Hoy hemos iniciado lo que sería la quinta creencia o enseñanza básica encontrada en la Biblia. Dios el Espíritu Santo. Hemos visto que la Biblia se refiere al Espíritu Santo con cualidades personales, capacidad de razonar, responder, decidir, aprobar, con voluntad propia. Tiene capacidad de actuar, bien glorificando, bien compartiendo cosas de Dios con los hombres. El Espíritu Santo lucha o contiende, enseña, convence, dirige, ayuda, intercede, inspira, santifica, etc. También comparte atributos divinos, pues es Dios, como el amor, la paciencia, ser la verdad, ser la vida, es omnipresente, omnisapiente. El próximo tema, veremos el Espíritu prometido y la misión del Espíritu Santo. ¡Feliz Sábado!
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