El lenguaje de las ovejas

Spring Lamb

EL LENGUAJE DE LAS OVEJAS

Introducción.

Muy a menudo, ojalá de continuo, queremos hacer cosas por y para el Señor. Nos preguntamos cuál es la mejor manera de servir a Dios, y qué podemos nosotros hacer por el Señor. A veces pensamos que tal o cual labor en la iglesia es “demasiado poco” para mí. Otras veces u otras personas pueden pensar “esa labor es tediosa”. Es cierto que Dios ha dado dones a la iglesia, y que algunos hacen una labor o cometido mejor que otros. Por otro lado tampoco deja de ser cierto que a veces soñamos con “grandes cosas” o “grandes ideas”, y finalmente aparcamos lo que tenemos más a mano. Vamos a considerar hoy un personaje bíblico, para ver su ejemplo. Hoy quiero hablar del ejemplo que nos dio Moisés.

La lección de Moisés.

Todos sabemos que Moisés fue rescatado de las aguas del Nilo por la hija del Faraón. Los adventistas creemos que fue la faraona Hatsepsup, pues el heredero de ella la tuvo que odiar mucho como para borrar el nombre de ella de toda estatua y edificio oficial. Sólo así se comprende los celos de un “hermano menor” de Moisés. Aunque Moisés iba a quedar para la corte de faraón, bien sabemos que su cuidado, cría y primera educación fue a cargo de su propia madre, Jocabed. No fue sino hasta que el niño estuvo criado que fue a parar a la corte de Faraón. Moisés tenía sentadas las bases del carácter por su propia madre. Sobre esa base, recibió la siguiente educación en la corte como nieto de Faraón. Moisés era el heredero al trono. Moisés fue lo que hoy llamaríamos “heredero” al trono de la máxima potencia mundial (USA). Recibió la mejor formación intelectual, científica, militar y legal. Según entendían los egipcios la sabiduría, nada fue considerado en poca estima para la formación de Moisés. Moisés era la persona, en aquél momento, más preparada de todo el mundo, capaz de dirigir y gobernar una potencia mundial económica, política y militar.

El plan de Dios parecía obvio. Cuando Moisés ascendiese al trono, él mismo libertaría al pueblo de Israel. Se sentía perfectamente capacitado para llevar a cabo tal tarea, y aún gobernar si hiciera falta al pueblo de Israel. Pero… Dios no lo vio así. Dios en su providencia, hizo pasar a Moisés por un “cursillo” de preparación en el desierto que duró ¡40 años! Dios hizo que Moisés pasara por un curso de adiestramiento parapastores de ovejas. ¿Irónico, contradictorio, lógico? ¿Nos imaginamos al que iba a ser el próximo presidente de USA como pastor de ovejas en un lugar apartado, sin civilización?

La educación que Moisés recibió en Egipto, sin duda le sirvió en muchos aspectos, especialmente a la hora de organizar una nueva nación. Pero sin duda alguna, la preparación que más le aprovechó para esa labor, fue la que recibió mientras apacentaba el ganado en el desierto. Moisés conocía la lengua de los sabios, pero tenía que aprender el “lenguaje de las ovejas”.

Moisés era de carácter impetuoso, propio de los que están acostumbrados a que se les obedezca sin rechistar, especialmente cuando no se les hace caso. Eso es impaciencia. En Egipto, en calidad de heredero del trono, jefe militar, y aún más, como favorito del rey (faraón) y favorito del pueblo, estaba acostumbrado a recibir alabanzas y honores por doquier. Era muy popular, muy preparado y el pueblo lo sabía. Hoy estaría de forma constante en las portadas de los periódicos y de las revistas del corazón, siempre con buenas noticias, claro. Lo tenía todo aparentemente a su favor, poder, fama, conocimiento, etc. Y así quería llevar a cabo la liberación de Israel. Pero las lecciones que le quedaban por aprender eran muy distintas, especialmente para representar a Otro que era (y es) más grande que él.

Mientas Moisés deambulaba por los montes y por los valles verdes, pero “desiertos” (sin gente ni pueblos), aprendió a confiar en Dios, o lo que es lo mismo, a tener fe. Aprendió a ser manso, no le servía de nada ser impetuoso con las ovejas (a no ser correr más tiempo detrás de una de ellas porque se asustase). Aprendió a tener paciencia, se acostumbró y aprendió a ser humilde. Las ovejas a veces no pueden esperar, y si una se ponía de parto o se perdía, Moisés aprendió a olvidarsede sí mismo para atender aquellos seres débiles que le necesitaban. Aprendió a ser paciente con las ovejas revoltosas, a proteger a los corderos y a nutrir a los miembros del rebaño ya viejos y enclenques.

El supremo Pastor.

En esa labor que Moisés estaba haciendo, se iba acercando más y más a la figura del Supremo Pastor. Moisés llegó a unirse con Dios de forma muy estrecha. Poco a poco, Moisés dejó de proponerse hacer “cosas grandes” o “grandes obras”. Ahora sólo se proponía hacer fielmente su deber como si fuera para Dios. Reconocía la presencia de Dios en todo lo que le rodeaba (ojo, esto no es panteísmo). Estaba en la escuela de la naturaleza, bien distinta de las “universidades” de Egipto. Esta vez conocía a Dios, más que de forma teórica, de forma personal. Tenía tiempo para hablar con él en oración, para meditar en todo aquello que le enseñó Jocabed, su madre, cuando era pequeño. Jetró, su suegro era sacerdote de Madián, y seguramente también instruyó a Moisés en el “postgrado” de religión. En esas largas horas a solas con las ovejas, Moisés encontró refugio en los brazos del Eterno.

Moisés prefiguró el ejemplo de nuestro Salvador. Y ese debe ser también nuestro sentir. Así nos lo dice Pablo en Filipenses 2:5―8 “Haya en vosotros esta manera de pensar que hubo también en Cristo Jesús: el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” Nuestro Dios, quiso por voluntad propia venir a ser siervo. Así lo dijo él mismo en Mateo 20:25―28: “Entonces Jesús los llamó y les dijo: –Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellos. Entre vosotros no será así. Más bien, cualquiera que anhele ser grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que anhele ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo. De la misma manera, el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” En Romanos 15:8 leemos: “Os digo que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres”.

Nuestro propio Señor fue más allá que el propio Moisés. Dice en Hebreos 5:8―9 “Y, aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que lo obedecen”. Ese “habiendo sido perfeccionado” no quiere decir que Cristo fuese “imperfecto”, sino que fue “capacitado” por experiencia propia, sabiendo lo que es obedecer teniendo las cosas en contra. Cristo, vino, se humilló, fue hecho siervo para poder hacer algo más, comprendernos y auxiliarnos.

Moisés experimentó todo esto. Y sólo después de haber pasado por la universidad de la humildad, fue cuando recibió el llamado para cambiar el cayado de pastor, por el bastón de mando de una nación. Entonces dejó las ovejas para hacerse cargo del rebaño de Israel. Cuando Dios llamó a Moisés, éste desconfiaba de sí mismo, era tímido, y había perdido facilidad de oratoria. Realmente se sentía incapaz de ser el portavoz de Dios. Sin embargo, poniendo su confianza en Dios, aceptó la obra. Entonces, después de esa “preparación en el desierto”, después de haber aprendido el “lenguaje de las ovejas”, fue cuando Dios bendijo a Moisés, y fue elocuente, dueño de sí mismo. Dios bendijo a Moisés y fue capacitado para la mayor obra que se le pudiese encomendar jamás a hombre alguno.

En Deuteronomio 34:10 leemos: “Nunca más se levantó un profeta en Israel como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara”.

Nosotros.

De igual modo que sucedió con Moisés, debe suceder con nosotros. A veces hay entre nosotros quienes piensan que su trabajo no es bien apreciado y ansían un puesto de más responsabilidad. Deberíamos considerar y recordar lo que dice el salmista en Salmo 75:6, 7: “Porque ni de oriente ni de occidente, ni del desierto viene el enaltecimiento. Sino que Dios es el juez; a uno humilla y a otro ensalza”. Todos tenemos nuestro lugar en el plan del cielo. El que lo ocupemos o no dependerá de nuestra fidelidad en colaborar con Dios. (Cuña ADRA u otra). Jamás deberíamos permitirnos sentir que no se nos aprecia debidamente. Nunca deberíamos permitir que nuestra mente se espacie en pensamientos negativos, pensando que no se tienen en cuenta nuestros esfuerzos. Tampoco deberíamos pensar que nuestro trabajo, la parcela que se nos encomienda hoy en la iglesia es demasiado difícil. Pensemos en todo lo que Cristo hizo, todo lo que dejó para ser humillado, burlado, degradado; todo lo que sufrió por nosotros. ¿Acaso no podremos nosotros hacer algo por Él? ¿Si acaso un rato? (Cuña de nuevo). Jeremías 45:5 dice: “¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques”.

Dice la pluma inspirada “El Señor no tiene lugar en su obra para los que sienten mayor deseo de ganar la corona que de llevar la cruz. Necesita hombres [y mujeres] que piensen más en cumplir su deber que en recibir la recompensa; hombres [y mujeres] más solícitos por los principios que por su propio progreso. Los que son humildes y desempeñan su trabajo como para Dios, no aparentan quizás tanto como los presuntuosos y bulliciosos; pero su obra es mucho más valiosa”. 1

Muchas veces nos jactamos de tener grandes ideas, pero podemos fallar en cumplir el deber inmediato. Otras veces puede suceder que nos traicionamos sin querer a nosotros mismos, y “por bien” nos ponemos entre Dios y el resto de la Iglesia, llamando la atención sobre lo que hacemos o dejamos de hacer. Es Dios quien debe ser honrado por nuestras obras, no nosotros. Si procedemos de esta manera, el fracaso en lo que emprendamos es casi seguro. Es bueno recordar lo que dice el Sabio en Proverbios 4:7―8: “Lo principal es la sabiduría; adquiere sabiduría, y con todo lo que obtengas adquiere inteligencia. Apréciala, y ella te levantará; y cuando la hayas abrazado, te honrará”. Es mejor seguir adelante, cumpliendo con el deber inmediato, con lo que tenemos más a mano, y hacerlo como para el Señor, que tener a veces “grandes ideas” pero no hacer nada.

Es bueno tener ideas, por supuesto. Aún más, es necesario. Pero ¿nos exime eso del deber inmediato? Aún más, si no cumplimos con lo que nos viene a la mano para hacer, ¿tendremos autoridad moral para defender y llevar a cabo otros proyectos, ideas o planes que se nos ocurran?

Sigue diciendo la mensajera del Señor “Por no haberse resuelto a reformarse, muchos se obstinan en una conducta errónea. Pero no debe ser así. Pueden cultivar sus facultades para prestar el mejor servicio, y entonces siempre se les pedirá su cooperación. Se les apreciará en un todo por lo que valgan. Si hay quienes tengan aptitud para un puesto superior, el Señor se lo hará sentir, y no sólo a ellos, sino a los que los hayan probado, y conociendo su mérito puedan alentarlos comprensivamente a seguir adelante”.2

Hermanos, nosotros no pretendemos “ascender” de cargo en la iglesia local. Pero a veces sí que queremos ayudar a la obra, y esto es muy lícito. Si realmente queremos que se nos escuche, hay que cumplir día tras día la obra que nos es encomendada. Y quizás sólo unos pocos realmente se “quemen” por el Señor, en ADRA, en labor misionera, por los jóvenes, por los mayores, visitando, etc. Si a nivel local dejamos de hacer ciertas cosas como éstas, ¿con qué poder acompañaremos nuestro mensaje para otros?

Los pastorcillos de Belén nos dan un gran ejemplo. Ellos estaban allí, cumpliendo su labor diaria, algo que aparentemente a nadie importa. Fue a ellos a quienes aparecieron los ángeles para anunciar el nacimiento de Cristo. Ellos conocían el lenguaje de las ovejas.

No estima Dios a los hombres por su fortuna, su educación o su posición social. Dios nos aprecia por la pureza de nuestros motivos y por nuestro carácter. Hermano, ¿has tenido una idea brillante? ¿Tienes un nuevo método de hacer las cosas? ¿A fin de ayudar a la iglesia y su obra a prosperar? Perfecto. Pero si eso va acompañado de un menor compromiso personal con el trabajo que Dios nos encomienda, si con ese nuevo plan resulta que no es necesaria nuestra presencia física, a Dios no lo podemos engañar. Jesús mismo dijo en Mateo 23:23 “Esto era necesario hacer, sin dejar aquello”.

ILUSTRACIÓN: Hermanos, imaginemos que queremos construir un edificio. Muchos pensaremos a lo “grande” y eso está muy bien. Crecer es necesario. Pero cuanto más alto sea el edificio, más hondo habrá que cavar primero, para establecerlo sobre buenos cimientos, que soporten toda la estructura. Por eso, cuanto más “alto” pensemos, más profundo hay que cavar. Algunos pueden pensar que cuando se habla de “crecer” hacia arriba es mal recibido por otras personas, porque inmediatamente hablan de ahondar más “hacia abajo”. Aparentemente lo contrario, pero no es así. Más bien al contrario, se acepta la idea, pero es necesario tener una buena cimentación en el compromiso personal y en el desempeño de la labor diaria. Por eso el llamado que Dios hizo a Isaías sigue siendo el mismo hoy día: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí: Heme aquí; envíame a mí”. Amén.

Feliz sábado.
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1 Ministerio de la Curación, Pág. 378.
2 Íbidem.
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